A cinco generaciones de distancia de casa
Yaffa
Vengo de los huertos de naranjos regados por el mar, de los olivos rodeados de campos de trigo que abarcan generaciones, de un destino escrito una y otra vez con la sangre de mi pueblo, de un genocidio que levanta fronteras sin nombre que separan la aceituna del árbol, la naranja del mar, el viento de su hogar.

Yaffa, el autor, en una sesión fotográfica. Foto: Andrea Ramos Campos
Contemplo cada día la puesta de sol sobre esta frontera invisible, con los olivos meciéndose en un viento que no sabe adónde ir. Mi hogar está a pocos kilómetros de distancia, un kilómetro por cada generación desplazada que no ha vuelto a pisar la tierra donde yacen nuestros antepasados, donde soñamos con ser enterrados.
Ser de Palestina, como de tantos otros pueblos afectados por el imperialismo, es anhelar: anhelar un hogar, anhelar seguridad, anhelar estabilidad, anhelar comunidad. La tierra se despliega bajo mis pies y, sin embargo, me pregunto por qué la tierra puede sostenerme cuando la mayoría de la gente no puede. Soy cuir como palestine y soy cuir al robar el más leve de los roces con mi pareja en público; todo es público. El norte global se deleita con mi amor como los buitres, mientras el sur global me observa como una consecuencia del colonialismo de asentamiento que nos está exterminando. Soy cuir en un género que nunca se conoció a sí mismo, entre la islamofobia, el capacitismo y la heteronormatividad.
Cuando intentas sobrevivir día a día ante otras amenazas constantes, las etiquetas de «cuir» y «trans» no son una prioridad.
He sabido que soy cuir y trans toda mi vida, con la misma certeza con la que he sabido que soy palestine y con la que he conocido el imperialismo supremacista blanco. El mundo también lo ha sabido siempre, pero ninguno de los dos podía nombrar aquello que me hacía diferente. No pude poner nombre a mi identidad cuir y trans hasta que cumplí los veinte años. Cuando intentas sobrevivir día a día ante otras amenazas constantes, las etiquetas de «cuir» y «trans» no son una prioridad, o al menos no para mí. No fue el hecho de ser cuir y trans lo que me dejó sin hogar a los dieciséis años, ni lo que me llevó a tener pensamientos suicidas ni lo que me convirtió en una persona sin hogar al otro lado de una frontera invisible.
Durante las dos primeras décadas de mi vida, no fueron la identidad cuir ni la trans lo que me asfixiaba. Estoy agradecide, porque no es el caso de muchas personas cuir y trans. Tuve suerte: crecí en una comunidad que se cuidaba mutuamente bajo una práctica espiritual del islam centrada en la liberación y el cuidado de quienes sufren más marginación entre las personas más marginadas. Al igual que muchas otras comunidades sometidas a enormes amenazas externas, no podíamos permitirnos devorarnos entre nosotros.
No crecí odiando lo cuir o lo trans. Crecí odiando la blanquitud y el patriarcado. Para cuando cumplí doce años, aquella práctica y la comunidad que me acogía ya solo existían en mis recuerdos; ni realidad ni ficción, solo aquello que hago de ellas. Siempre he tenido una hermosa capacidad para recordar las prácticas liberadoras, reconocer el daño dentro de la comunidad y aprender de todo ello. Aprendí el cuidado comunitario. Aprendí un profundo sentido de la justicia. También lo que ocurre cuando partes de la comunidad se asimilan. Y la manipulación del FBI. Fui testigo de cómo comunidades construidas sobre el amor se volvían depredadoras de la noche a la mañana; parecían haberse vuelto tránsfobas, homófobas, capacitistas… y tantas otras cosas que iban en contra de su propia humanidad.
Para mí, la cuiridad es la incapacidad de asimilarme a los sistemas de opresión.
He vivido en diez países durante los últimos veinte años y cada uno de ellos me ha expulsado al poco tiempo. Para mí, la cuiridad es la incapacidad de asimilarme a los sistemas de opresión. No soy cuir por mi atracción sexual hacia todos los géneros; soy cuir porque nací musulmane, palestine, ciudadane del sur global y autista. La cuiridad tiene que ver con la marginación; es política independientemente de nuestro interés por la política, porque nuestras vidas como personas cuir son políticas con o sin nuestro consentimiento. Soy cuir y anhelo construir un mundo en el que pueda ser gay. En un mundo liberado sin heteronormatividad, podemos ser gais sin ser marginados; ya no seríamos cuir.
Mi cuiridad me permite reivindicar mis otras identidades marginadas, que, a su vez, me permiten reivindicar mi cuiridad. Soy mejor musulmane porque soy cuir y solo entiendo mi cuiridad gracias al islam. Entiendo mi cuiridad porque soy autista y entiendo quién soy como persona autista a través de mi cuiridad. Todo está entrelazado: lo cuir me recuerda que mis identidades existen de manera diferente en un mundo liberado.
Quizás lo que más me hace cuir es mi creencia en un mundo liberado. Es fácil creer en el apocalipsis, en la distopía. Creer en la utopía es, en el mejor de los casos, ingenuo y absurdo. Aun así, creo que el destino de los seres humanos es vivir vidas libres. Miles de años de historia demuestran que el imperialismo supremacista blanco no lo es todo. Mi identidad trans lo demuestra cada día. Vivo al margen de los límites hacia los que la sociedad me empuja. Vivo una vida llena de alegría, cariño y bienestar, todo ello porque en mi comunidad trans reivindicamos nuestras vidas plenamente cada día. Mi trabajo representa esta realidad. Mientras el resto del mundo nos devasta, nos cuidamos y nos amamos mutuamente.
Actualmente, me centro en apoyar a las personas trans afectadas por el genocidio en Gaza, Sudán, Cachemira y tantas otras zonas. Les brindo recursos para sobrevivir, compartir sus historias y sanar, pues la mayoría de nuestras heridas cuando sufrimos un genocidio no se deben a nuestra identidad trans. Soy consciente del genocidio que se está gestando contra las personas trans en Estados Unidos. Tenemos mucho trabajo por delante, pero han estado intentando borrarnos desde siempre y seguimos existiendo.
Mi trabajo es, ante todo, el de organizadore. Después, soy trabajadore cultural y utilizo mis artes visuales y la escritura para apoyar la construcción de un mundo mejor. He escrito nueve libros, muchos de los cuales han sido traducidos a varios idiomas. Recientemente, Naranja Sangre se publicó en español en todo el mundo. El trabajo continúa, nosotres continuamos. Somos eternes.
Escritore y dinamizadore