
Imagen del festival Serrana Cuir de 2025. Foto: Raquel Fontanal
Hay números que llegan después de mucho tiempo rondándonos la cabeza. Este es uno de ellos. Sin embargo, mientras preparábamos estas páginas, nos dimos cuenta de que, de alguna manera, las disidencias sexuales, afectivas y de género han aparecido una y otra vez en la revista, aunque no ocuparan el centro del relato. Estaban en las comunidades que defienden el territorio, en quienes recuperan saberes rurales, en quienes sostienen la vida cultural de los pueblos, en quienes regresan al campo y en toda la memoria campesina.
Durante estos años, hemos conocido a personas que desafían la idea de que el mundo rural es un espacio uniforme o cerrado. Hemos visto cómo, incluso en contextos difíciles, se crean redes de apoyo, encuentros, fiestas y proyectos culturales que amplían lo posible. Son tantas las experiencias que este número apenas puede recoger una pequeña parte y seguir la conversación.
Las disidencias sexuales y de género existieron y resistieron siempre entre los pueblos de la Tierra, con nombres propios y con un lugar en la comunidad. Las muxes en el Istmo de Tehuantepec, reconocidas en las comunidades zapotecas desde antes de la colonización. «Las mujeres» de pantalón, botas de trabajo, camisa y pelo corto que atravesaron las sierras andaluzas. «Los hombres» que vivían apartados cuidando cabras. Formas de vida que el colonialismo patriarcal (en África, en América, en Palestina y también en nuestro rural) persiguió y trató de borrar, despreciando las culturas que no obedecían el molde y llamándolas atrasadas o bárbaras.
No es casualidad que muchas manifestaciones artísticas y culturales que mantienen vivo el legado de los territorios hayan sido sostenidas por personas disidentes. Muchas personas encontraron así una forma de cuidar la belleza compartida.
La historia rural conoce bien esa violencia. La conoce en la desaparición de semillas campesinas, en la pérdida de conocimientos transmitidos entre generaciones y en el desprecio hacia modos de vida que no respondían a la lógica dominante. Como explica eco del rocío en las siguientes páginas, «la infinita diversidad de género y sexualidad no cabe en ningún armario, de la misma forma en la que no se pueden poner puertas al campo». Por eso nos resuena la confluencia que encuentra Teresa Maestre entre lo cuir y la agroecología; ambas tienen un carácter subversivo. La vida se mezcla, muta, se adapta y desborda continuamente las categorías que intentan contenerla. Ningún ecosistema prospera gracias a la uniformidad. Tampoco las sociedades. La diversidad cultural, sexogenérica y la propia biodiversidad deben reconocerse como parte de la defensa de la vida. Entre estas páginas encontramos infinitas formas de vida. Las tejedoras de Chelva cosiendo las banderas del SerranaCuir. El festival Fada Fornida trasladándose del parque a la plaza del pueblo. El Cameros Cuir celebrando la pluma rural entre montañas riojanas. Las personas que vuelven. Las que deciden quedarse. Las que crean espacios para que otras puedan llegar después.
Celebrar es resistir; este es uno de los lemas que pensamos.. No es casualidad que muchas manifestaciones artísticas y culturales que mantienen vivo el legado de los territorios hayan sido sostenidas por personas disidentes. Muchas personas encontraron así una forma de cuidar la belleza compartida.
«Todo habla, solo que no todos los lenguajes tienen letras», como dice Mariana Matija en la reseña que escribe Bernabé Naharro de su libro. Quizá esta sea una invitación a escuchar algunos de esos lenguajes. Los que sobreviven en las fiestas populares, en las huertas, en los cuerpos, en las canciones y en las historias que pasan de una generación a otra.
Por eso hacemos este número, para celebrar la persistencia de todo aquello que continúa vivo, y lo hacemos pensando también en las infancias. En quienes todavía buscan palabras para nombrarse y merecen crecer en un mundo donde nadie tenga que abandonar su tierra para poder ser quien es. Un mundo donde quepan muchas maneras de habitar la tierra y de relacionarse con ella.
Porque la vida nunca ha sido una sola cosa.
El término cuir
El término queer, cuyo significado puede traducirse como ‘raro’, es una expresión de la lengua anglosajona que se empleaba como insulto para referirse a las lesbianas, maricas, bisexuales, travestis y todas aquellas personas que no encajaban en la norma sexual y de género imperante. El insulto fue reapropiado por estas mismas personas durante la histórica revuelta callejera de Stonewall (Nueva York), liderada por personas trans y racializadas. Posteriormente, su uso fue extendiéndose y, en los países de habla hispana, se adaptó tomando la forma cuir, que es la que empleamos en este número por ser una de las más aceptadas por la comunidad actualmente. Con esto no pretendemos reducir las diversidades a una sola palabra, ni imponer ninguna terminología, sino emplear aquella que mejor engloba todas esas formas posibles de nombrarse desde las identidades disidentes.
CRUDI, un proyecto para celebrar las diversidades rurales
La pasada primavera acogió un taller que en la revista Soberanía Alimentaria llevábamos mucho tiempo preparando. Queríamos trabajar las disidencias sexoafectivas y de género en el medio rural europeo. ¿Cómo conviven? ¿Cómo celebran, resisten y transforman? Fue una semana de visitas, reflexión y conversaciones que dio lugar a innumerables aprendizajes personales y colectivos que, en buena parte, han nutrido este número de verano 2026. En esta crónica os lo contamos.
Revista SABC