Comunidad rural y escuela de vida
Cal Cases

Auzolan (trabajo comunitario) de plantación de olivos en Cal Cases. Foto: Clara Bertran
El viernes tendremos una tregua en este invierno lluvioso. La lluvia habrá hecho su trabajo y la tierra estará en sazón. Hace días, una compañera fue a por unos frutales y estamos esperando el momento adecuado para plantarlos. Hoy hemos recibido un aviso de la comisión que lo organiza. El viernes, todas las personas que puedan venir están convocadas.
Es la segunda fase de un proyecto que iniciamos hace cuatro años, cuando comenzaba la que acabaría siendo una de las sequías más brutales que hemos vivido. Decidimos dar un paso más por el uso responsable y adecuado del agua: una balsa de depuración de aguas grises y negras que regará un campo de frutales.
Para llegar aquí han pasado muchas cosas que, de una forma u otra, nos han implicado a todas. Jornadas de curro abiertas a compañeras y vecinas. La inestimable ayuda del vecino con su excavadora. Tiempo para leer, formarnos y adquirir conocimientos que no teníamos. Probar. Equivocarnos. Aprender y mejorar. Hemos aprendido que los jabalíes también destrozan las balsas de depuración y que hay que vallarlas. Hemos aprendido que es fundamental hacer un buen cálculo del recorrido de las balsas y hemos tenido que ampliarlas. Manos, muchas manos, grandes y pequeñas: todas hemos colaborado como hemos podido. Y también quienes, mientras tanto, han cocinado, han cuidado de las criaturas o atendían otros frentes que, en paralelo, tenemos en casa. Un entramado de personas organizadas para sacar adelante proyectos como este. Este viernes daremos un paso más.
Un sueño que empezó en un ateneo del barrio de Gràcia
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cada una de nosotras tiene su trayectoria vital, que la ha llevado hasta donde está ahora. El grupo que soñó este proyecto comunitario y tuvo la locura de hacerlo realidad se gestó en el movimiento antiglobalización de la Barcelona de los años noventa y principios de los 2000 y que, entre muchas otras cosas, dio un fruto en el barrio de Gràcia: el Ateneu Rosa de Foc. Entre cajas de verduras de la cooperativa de consumo, acciones de calle del grupo de acción local o en el mercado mensual de la red de intercambio, empezaron las primeras conversaciones: ¿cómo podemos ir más allá? Qué potencia tiene sentir la fuerza colectiva para crear e imaginar nuevas vidas. Y de eso pronto hará diecinueve años.
Estamos construyendo vidas libres que, al juntarse, son capaces de ir desplazando al capitalismo.
Durante los primeros años, la energía del grupo se dedicó principalmente a la construcción y rehabilitación de los espacios para acoger a todas las integrantes, con una gran apuesta por la bioconstrucción. Mientras tanto, y sobre todo después, se fue avanzando en la autogestión rural, trabajando la soberanía alimentaria y energética. Sin dejar de lado todo ello, en los últimos años hemos puesto el foco en el ámbito organizativo y relacional. El trabajo nunca se acaba.

Fotos: Cal Cases
Comunales rurales o barbarie
Estamos construyendo vidas libres que, al juntarse, son capaces de ir desplazando al capitalismo. Para nosotras, eso es la libertad. Y para hacerlo hay muchos caminos. En nuestro caso hemos apostado por la vida rural, que nos ofrece la posibilidad de practicar el autoabastecimiento y la soberanía: el poder de producir parte de lo que comemos en casa. La apuesta política es conocer y vincularnos con las campesinas que producen los alimentos que compramos, apoyando proyectos agroecológicos y de proximidad; calentarnos con la leña que obtenemos en nuestra finca, gestionando los bosques cercanos y contribuyendo a la prevención del riesgo de incendios.
No hemos dejado del todo los trabajos que tenemos dentro del sistema y a veces hemos sentido que llevamos una doble vida.
Ahora bien, en un mundo capitalista, generar vidas y prácticas al margen es un ejercicio lleno de complejidades y contradicciones. No las ocultamos. No hemos dejado del todo los trabajos que tenemos dentro del sistema y a veces hemos sentido que llevamos una doble vida, viviendo cada una la tensión de buscar el equilibrio imposible entre dentro y fuera del sistema. Precisamente con el objetivo de que cada cual encontrara su propio equilibrio, hace años creamos un modelo económico propio. Todas aportamos el mismo número de horas al proyecto, pero una parte la aportamos en horas de trabajos comunitarios y otra en dinero o moneda social. Calculamos la aportación económica según el precio por hora que se nos paga en el mercado laboral, para compensar las desigualdades salariales que produce el mercado. Cada cual escoge qué parte aporta en horas y qué parte en dinero, pero todas aportamos ambas cosas. Hace meses iniciamos un proceso interno para replantear este sistema. Queremos promover que el ámbito colectivo gane todavía más peso en nuestro proyecto y en nuestras vidas. Mientras tanto, de forma transitoria, probaremos a aportar un mismo porcentaje de los ingresos que tiene cada una. Esto es un laboratorio de prácticas comunitarias en movimiento constante.
¿El autoabastecimiento rural no es también cuidado? Sí, es un tema que sigue generándonos preguntas. Y a veces también tensiones.
¿Y cómo integramos los cuidados? Esta es otra de las complejidades y uno de los ámbitos de reflexión permanente. Procuramos que los cuidados ocupen un lugar central en el proyecto. Somos una red de apoyo mutuo que funciona diariamente. Pero ¿cómo se concreta esto? En el plano organizativo hay dos tareas que tienen un lugar central y son obligatorias para todas las integrantes de Cal Cases: cocinar y limpiar los espacios comunes. El resto se elige según lo que motiva a cada una. Entre otras, tenemos tareas vinculadas al autoabastecimiento rural, pero también a los cuidados. De hecho, ¿el autoabastecimiento rural no es también cuidado? Sí, es un tema que sigue generándonos preguntas. Y a veces también tensiones.
A pesar del convencimiento feminista de que todas las tareas son necesarias y no debería haber jerarquías entre ellas, seguimos notando que algunas parecen tener más reconocimiento que otras y que aún tenemos que dar pasos para que la corresponsabilidad sea plena y no haya desequilibrios de género. Y muchas de estas tareas son físicas: seguimos dándole vueltas a cómo incluir la diversidad de capacidades y la fragilidad de nuestros cuerpos.
No hay común sin comunidad
Cuando vinimos a vivir a Cal Cases, en general lo que más nos preocupaba era adaptarnos a la vida rural y aprender un montón de cosas sobre el bosque, la leña, el huerto, los frutales o el pan. La mayoría procedíamos de entornos urbanos y había muchísimo que aprender. Y sí, hemos tenido que aprender muchas cosas y seguimos haciéndolo; pero, sin ninguna duda, el ámbito que nos plantea los aprendizajes y retos más grandes ha sido el relacional y emocional. La convivencia hace que las fricciones habituales en cualquier interacción humana sean un poco más intensas. Por eso le dedicamos recursos, tiempo y energía, y también recibimos acompañamiento externo. Los aprendizajes que hemos hecho en este sentido son infinitos.
El ámbito que nos plantea los aprendizajes y retos más grandes ha sido el relacional y emocional.
Con los años también hemos mejorado en organización y estructura interna para poder llevar adelante todo lo que contamos en este texto. Tomamos las decisiones conjuntamente en las asambleas, pero con el tiempo hemos incorporado aspectos de la sociocracia: hemos creado grupos de trabajo por ámbitos que tienen cierta autonomía de decisión. Cuando decidimos cambiar el modelo organizativo, una libélula se quedó suspendida en el centro del círculo de la asamblea y, sin saberlo, bautizó nuestra organización. Tenemos cuatro alas (que funcionan como comisiones): Hábitat se encarga del cuidado y mejora de los espacios que habitamos; Biòtop, del territorio; Vida en comú, de la parte relacional y emocional; y Xarxes, del vínculo con el exterior. También tenemos un espacio de articulación, cuerpo, donde hay una persona representante de cada ala. Y, finalmente, los espacios de trabajo y toma de decisiones que nos implican a todas, que realizamos cada mes: auzolan (el término en euskera para referirse al trabajo comunitario), asamblea emocional, asamblea logística y un espacio monográfico para profundizar en un tema. Y dejamos para el final —aunque no son menos importantes— los espacios de celebración. Un engranaje ambicioso e imprescindible para sacar adelante todo lo que nos proponemos.
Fotos: Cal Cases
Mirando hacia delante
Es muy sencillo. Y, al mismo tiempo, tal como está el mundo, profundamente revolucionario. Vivir una vida en armonía con nuestro entorno y con las demás personas. Reconocernos ecodependientes e interdependientes y vivir unas vidas coherentes con ello. Desmarcarnos de las grandes creencias que nos ha inculcado el sistema capitalista: el crecimiento infinito, la arrogancia antropocentrista y el individualismo. Declararnos insumisas ante la destrucción del planeta y la desposesión de otras vidas humanas. Reconocernos como nada más que pequeñas partes de un ecosistema donde todo está interrelacionado en un entramado maravilloso, pero frágil: la Vida. Comprometernos con una gran tarea: custodiar y cuidar este trozo de territorio del que formamos parte y al que debemos nada menos que la vida. Hacerlo juntas, construyendo comunidad codo con codo. Y no quedarnos solo en nuestro proyecto, sino tejer complicidades con todas las personas, colectivos y organizaciones que apuestan por construir un mundo en el que todas las vidas merezcan ser vividas. Los retos que tenemos por delante son enormes. Nos necesitamos a todas.
Reconocernos como nada más que pequeñas partes de un ecosistema donde todo está interrelacionado en un entramado maravilloso, pero frágil: la Vida.
Finalmente, hoy, el día en que terminamos de escribir este texto, ha sido el día en que hemos plantado los frutales. En paralelo, las jóvenes y algún peque, que estaban en casa porque hoy no tenían escuela, se han encargado de hacer una hornada de pan y galletas en el horno de leña. Hemos terminado el día cenando juntas y celebrando todo lo que hemos hecho hoy. Es emocionante ver que Cal Cases es una escuela de vida para todas, grandes y pequeñas, que formamos parte de ella. A pesar de las dificultades y de que a veces nos cuesta ver los frutos y el potencial de lo que estamos haciendo, seguimos convencidas de que la construcción de comunidad es la base para transformar el mundo. Sentir la fuerza de todo lo que somos capaces de hacer cuando estamos juntas nos empuja a continuar. Esperamos que este espíritu trascienda nuestra casa.