La memoria que inspira futuros
Lorena Escandell Carbonell

Parque Natural del Fondo d’Elx-Crevillent, refugio de anguilas en el sur del País Valencià. Foto: Lorena Escandell Carbonell
¿Podemos recuperar la soberanía alimentaria y ganar bienestar común sin la memoria de los demás? Abandonar el sistema alimentario actual, por insostenible, injusto y violento, requiere necesariamente recordar el pasado, no como un ejercicio de nostalgia, sino como una forma de resistencia que inspire el futuro. Por eso, en un contexto de crisis, sentarse y escuchar a las ancianas parece esencial para sobrevivir.
«Los hombres de la isla siguen pescando, pero las mujeres y los niños ya no bajan a la orilla, ya no recolectan, y es una verdadera lástima, me da mucha tristeza, porque lo de ahí abajo es muy nutritivo; las algas y los moluscos tienen muchos beneficios para ahuyentar enfermedades en la isla. Pero a mí nadie me hace caso. A una anciana como yo. Parloteando». Bean Uí Fhloinn, de 89 años y nacida en una isla remota de Irlanda, es la protagonista de La colonia, la novela de Audrey Magee sobre el colonialismo que menosprecia —y extermina— las voces y los saberes nativos. Pese a ser una ficción, su historia enlaza estrechamente con la de Maruja Boix Amorós, de 93 años, vecina de la Marina, en el Baix Vinalopó. Es hija de Diego el Angulero, un pescador sin barca de las comarcas del sur del País Valencià, conocido por recoger alimentos de la playa y pescar angulas en el río Segura: recursos y formas de vida ancestrales hoy prácticamente extinguidos.
Economía e identidad
Las angulas son anguilas jóvenes que, tras un viaje de entre uno y tres años por las corrientes marinas (desde el mar de los Sargazos, en el Atlántico) y miles de kilómetros recorridos, llegan a los estuarios y las lagunas costeras europeas y africanas, donde permanecen semanas o meses antes de adentrarse en los ríos en busca de alimento y refugio durante décadas; hasta que finalmente regresan a su lugar de origen para reproducirse y morir.
Translúcidas y alargadas, resultan gastronómicamente exquisitas para pueblos como el vasco y el valenciano, con el tradicional all i pebre. Su pesca ha sido, siglo tras siglo, una práctica económica e identitaria, tal como explica el periodista Patrik Svensson en El evangelio de las anguilas, que ha supuesto para las comunidades, además de ingresos, una transferencia de saberes y un legado cultural antiguo y valioso; aunque invisibilizado en el relato, según la pescadora e influencer Àgueda Vitòria, por el hecho de practicarse en la franja costera y no mar adentro.
Especie común en los sistemas de regadío de los ríos Segura y Vinalopó desde la Edad Media, hoy la angula se encuentra en peligro crítico de extinción a escala mundial. La sobrepesca, la contaminación, la construcción de presas o el cambio climático constituyen algunas de las causas del declive de su población, por lo que, con el fin de protegerla, se ha limitado su pesca. Según el Proyecto GePesAng, en el País Valencià y en Murcia las capturas anuales rondaban las cien toneladas hasta mediados del siglo xx. La popularidad de este pez en las comarcas del Baix Vinalopó y el Baix Segura (y, por tanto, la calidad ambiental del entorno) puede confirmarse también en la tradición oral. La expresión «había anguilas como brazos», hoy prácticamente en desuso, es un ejemplo. El relato de Maruja empieza aquí.
Luna nueva o luna llena
En los años de la primera posguerra, en la orilla norte de la desembocadura del río Segura, entre la Marina y Guardamar, a la finca del Ventorrillo, del tío Gasparo, acudían por la mañana carros de toda la comarca para abastecerse de agua «de un pozo, bastante afamado, del acuífero dunar», añade el ecólogo Carlos Martín Cantarino. De noche, en invierno, llegaba Diego el Angulero. Recorría unos siete kilómetros, a pie o en bicicleta, para garantizarse el alimento en tiempos de hambre y economías de subsistencia, con los recursos del territorio y las artes de pesca artesanal heredadas.
Así, preparaba e instalaba, en una acequia, a contracorriente, los salabres y otras trampas de elaboración casera. Llenaba los calderos durante horas, cuando las angulas, a montones, emergían a la superficie para cazar. Las noches de marea alta, de luna llena o luna nueva, eran las óptimas, en un ritual afinado por la experiencia, aunque no exento de dificultades: por un lado, por la resistencia de los animales (como recoge el dicho popular «escurrirse como una anguila»); y, por otro, por las condiciones del trabajo, que lo obligaban a estar en contacto con el agua constantemente y a bajas temperaturas. «Es un trabajo incómodo y se pasa mucho frío; a veces el esfuerzo no compensa», explicó Diego el Angulero al diario Información en 1956. Entonces recogían unos 25 kilos al día, según la noticia.
Una vez capturadas, remojaba las angulas con un preparado de agua dulce y polvo de tabaco. «Con la infusión tibia, se añadían las angulas, y bailaban», recuerda Maruja. Así, regurgitaban las mucosidades y se desprendían de la baba que las envolvía. Después las limpiaba con el agua de riego y las hervía en una caldera grande con sal. Más tarde, las escurría, las extendía, las secaba y finalmente las envasaba en cajas de madera de dos kilos para distribuirlas, ya por la mañana, en bicicleta, entre las familias de la zona y los restaurantes de Alicante. También las enviaba a los mercados de Madrid, en tren.
La familia del Angulero participó siempre en el proceso, especialmente cuando trasladaron la elaboración a casa, porque «él solo no daba abasto», cuenta la hija. Entonces, María, la madre, Maruja y sus dos hermanos, Juanito y Gaspar, así como sus parejas después, contribuyeron a la actividad; una muestra de lo que Leticia Urretabizaia y Mirene Begiristain señalan en Pikara Magazine sobre la lógica económica: «No incluye el trabajo colectivo, gratuito y falto de derechos llevado a cabo por familias extensas que desde las vidas urbanizadas nos cuesta recordar. Además, los trabajos invisibles materializados por las mujeres no son solo reproductivos, sino también productivos». De hecho, el artículo del diario Información centra la atención en la figura de Diego, a quien cita como «lobo de mar», y en ningún caso menciona la cooperación necesaria de la familia.
La emoción impregna el final del relato de Maruja. La pesca de la angula fue libre durante años; pero, al aumentar el número de pescadores, se delimitaron las zonas y se establecieron turnos, regulados por la Cofradía de Pescadores de Guardamar. Aun así, la sobreexplotación redujo la población y forzó su abandono entre las décadas de 1970 y 1980. El pescador de El Fondo d’Elx-Crevillent, José Pérez Terol, antiguo gestor de una piscifactoría de anguila en Santa Pola, cuenta que desde entonces apenas quedan ejemplares (debido, además, al furtivismo) y que la pesca tradicional está extinguida, lo cual lamenta, pues la anguila ha sido un elemento familiar y comunitario valioso.

Maruja con la foto de Diego el Angulero. Foto: Isa Valentín Boix

Taller d’Agüeles en la Marina, Elx. Foto: Lorena Escandell Carbonell
Un sistema finito, un conocimiento ancestral
Desde el enfoque ecofeminista, la historia de Maruja evidencia que las culturas y los territorios son ecodependientes: necesitan el entorno natural para sobrevivir. También, que disponen de alimentos de proximidad adecuados y seguros, así como de sistemas de producción propios y colectivos para abastecerse.
El relato de las angulas nos alerta igualmente de los límites: la sobreexplotación de los recursos naturales implica su desequilibrio.
«Nos recuerda que fuimos soberanas, alimentariamente hablando, no hace mucho tiempo y por qué dejamos de serlo; nos enseña cómo alimentarnos y hasta dónde podemos consumir de este sistema finito», observa la socióloga y técnica de CERAI Sarai Fariñas Ausina. En este sentido, el relato de las angulas nos alerta igualmente de los límites: la sobreexplotación de los recursos naturales implica su desequilibrio, reduce la capacidad de autogestión y fuerza la exclusividad en el acceso.
«La angula fue un alimento popular, barato y abundante. La gente salía de casa, cogía un puñado del río y se lo comía. Ahora, precisamente porque ya no hay, es un producto de lujo», señala el investigador del EBD-CSIC Miguel Clavero en Climática. De hecho, según el experto, el consumo actual en el Estado español proviene de Francia, además de capturas legales, en menor cantidad, del río Miño, el Cantábrico, el río Ebro y la Albufera de Valencia, así como de las pesquerías de Asturias, Galicia y el País Vasco.
«El futuro de la alimentación depende de que recordemos que la red de la vida es una red trófica, porque olvidar la ecología de la comida es la receta del hambre y la extinción», escribe la filósofa y activista Vandana Shiva en el ensayo ¿Quién alimenta realmente al mundo? Así, la voz de la hija del Angulero muestra, por un lado, que recordar es crucial para los pueblos que quieren proteger sus riquezas naturales y proponer una producción alimentaria sostenible; y, por otro, que las comunidades son también interdependientes: necesitan a los demás para existir. La transferencia de conocimiento, en este sentido, es una expresión de afecto comunitario para aprender y crear posibilidades de futuro. El problema, señala la autora, es la pérdida del conocimiento ancestral, especialmente el de las mujeres.
Los relatos de las abuelas
«Las abuelas muestran cómo desenterrar raíces y abrir semillas». La afirmación de la ingeniera agrónoma y escritora Maria Josep Payà i Valdés alude a formas de vida y de hacer que, si no se recuperan, desaparecerán a medida que la gente mayor, y más sabia, enferme y fallezca. «Si no protegemos esa sabiduría, habrá una brecha profunda entre generaciones y perderemos el conocimiento acumulado de siglos de historia, basado en la práctica y la experiencia junto a la naturaleza y en los hogares», advierte Natàlia Castellanos Ayala, experta en bioconstrucción de Arrelaires.
No es tracta de retornar al passat, ni de romantitzar-lo, sinó d’aprofitar els aprenentatges i les experiències que han estat eficaces per a la supervivència i afegir-hi tot el nou que siga possible imaginar.
Parece una tarea urgente, aunque no nueva ni extraña. «La memoria ha permitido a los seres humanos, a partir de la experiencia previa, crear colectivamente entornos más seguros y menos inciertos», explica la antropóloga Yayo Herrero en Ctxt. Sin embargo, la tecnología y el alejamiento de la naturaleza, entre otros factores, han provocado, según la experta, un gran borrado de información y conocimiento que ahora es necesario rescatar. «Recuperar los recuerdos que nos devuelvan la identidad de seres de la tierra es un acto de resistencia que abre paso a la imaginación», afirma. En otras palabras, no se trata de volver al pasado ni de romantizarlo, sino de aprovechar los aprendizajes y experiencias que han sido eficaces para la supervivencia y sumar todo lo nuevo que sea posible imaginar; algo clave para crear futuros deseables frente al relato de la desesperanza.
«Las cicatrices y las arrugas son también depósitos de memoria que se graban en el cuerpo». Herrero señala el conocimiento que, afortunadamente, sobrevive en las personas mayores que se criaron en entornos rurales. Es el caso de Maruja. Afectada por alzhéimer, aún recuerda las angulas que bailan; una historia que cuenta, con la ayuda de unas notas y el apoyo de una foto de su padre, en el taller «Relats d’Agüeles», con el que damos a conocer y reconocemos las voces de las mujeres del Camp d’Elx. No obstante, su memoria es frágil. Ojalá este texto no llegue tarde y sirva para que su saber, inestimable, perdure.
Hija de Merce, nieta de Filo. Periodista social, ecofeminista y autora del proyecto «Relats d’Agüeles»