Ignacio Abella

Casa de la familia García de Eulate. Ilustración de Alfonso María Abella
Mi padre nos contó que durante las guerras carlistas, los combatientes de uno y otro bando se escondieron más de una vez en la casa familiar de Eulate (Navarra) e incluso, en alguna ocasión, llegaron a convivir soldados «enemigos» mientras se aclaraban los términos de la contienda.
En toda época y lugar, los paisanos tienen sus propias ideas y creencias. Sin embargo, el vínculo con la familia y la tierra impone la vida como prioridad absoluta. En la mentalidad de nuestros abuelos y abuelas campesinas, la gestión de los bienes y montes comunales era una cuestión de pura supervivencia. Había una necesidad de acuerdo, entendimiento y ayuda mutua, y una perspectiva de futuro que obligaba a repoblar y pensar en el bienestar de las generaciones venideras. En esta conciencia del paisaje que nos alimenta, contiene y sostiene, se diría que nuestros ancestros practicaban todas las formas posibles de mutualismo, entre ellos mismos y respecto al mundo biodiverso en el que vivían.
Se diría que nuestros ancestros practicaban todas las formas posibles de mutualismo, entre ellos mismos y respecto al mundo biodiverso en el que vivían.
Sin embargo, los cultivadores y sostenedores de la paz y el patrimonio común son obviados en los libros de historia que glorifican la ambición ilimitada de los psicópatas, de los generadores de conflictos en nombre de patrias, imperios y religiones... Las armas ejercen su labor de exterminio de un modo cada vez más perverso, más eficaz, más inhumano y atroz. El negocio de la guerra impone su discurso por encima de cualquier argumento o sentido humanitario. Por otra parte, los conquistadores han encontrado nuevos modos de saquear la tierra y sus riquezas mediante la ocupación y explotación industrial de montes y tierras de cultivo y el acaparamiento del agua y las semillas.
Vastas regiones de todo el planeta son invadidas por ese ejército de ocupación de miles de millones de eucaliptos que desplaza toda actividad tradicional, dilapidando en una generación la fertilidad atesorada por siglos de buen hacer; desintegrando la cultura milenaria y la trama vital que unía país, paisaje y paisanaje. Esta conquista, orquestada por corporaciones sin escrúpulos que cotizan en bolsa, vacía y esquilma países que terminarán siendo pasto de las llamas o de los bulldozers. Monopolios forestales, turísticos o cinegéticos, energéticos, agrícolas… se apoderan de montes y campos, mientras los campesinos y campesinas que viven cerca de la tierra disminuyen en número e influencia. La política ejerce su vasallaje incondicional a la economía depredadora que usurpa las riquezas de comarcas y países enteros.
Para salir de este bucle de la destrucción, es necesario tomar como referente la cultura digna y pacífica del campesinado, frente al modelo belicista del saqueo y la especulación que conduce a la humanidad y su planeta-hogar a la involución y la absoluta ruina. En estos tiempos confusos es preciso diagnosticar y denunciar las estrategias del odio y los intereses ocultos que las propagan, para estar más cerca que nunca de la tierra y de quienes cuidan y cultivan. Es posible que el mejor modo de resistencia sea continuar con nuestro oficio y defender los espacios de entendimiento entre nosotras, las cuidadoras y cultivadoras de la vida y la sociedad. En el simple gesto de cultivar a escala humana y con los pies en la tierra radica nuestra esperanza y apuesta de futuro y el incontestable ejemplo para quienes, a pesar de todo, aún albergan dudas.