Entrevista a Débora Oliveira
Milena Silvester Quadros
Débora Stefany Epifania de Oliveira lleva consigo 31 años y la herencia de una lucha ancestral que recorre las venas del estado de Minas Gerais (Brasil). Madre de Miguel y Alice, Débora es hoy una voz fundamental en la comunidad Carrapatos da Tabatinga, en Bom Despacho y en las organizaciones de defensa de la soberanía alimentaria en las que participa.

Foto: Bizilur
El camino militante de Débora se enmarca en la resistencia de los pueblos quilombolas. Los quilombolas son grupos étnico-raciales cuyos antepasados históricos se remontan al tráfico de personas africanas esclavizadas y que actualmente se autodefinen y son reconocidos por el Estado de Minas Gerais a partir de sus relaciones específicas con la tierra, el parentesco, el territorio y la ancestralidad, así como de sus propias tradiciones y prácticas culturales. Débora se presenta también como umbandista, practicante de la Umbanda, una religión genuinamente brasileña que sintetiza elementos de las tradiciones indígenas y africanas, además del catolicismo y del espiritismo.
Como parte de la CONAQ (Coordinación Nacional de Articulación de las Comunidades Negras Rurales Quilombolas), Débora lucha por el reconocimiento de los derechos de más de 6.000 quilombos en Brasil, enfrentando el racismo estructural que intenta invisibilizar su papel como productores de vida y de alimento.
Recientemente, nos ha visitado en el marco de una delegación más amplia de mujeres de La Vía Campesina organizada por la asociación vasca Bizilur para compartir experiencias con organizaciones agrarias e instituciones y cómo conciben las políticas públicas o la agroecología en sus contextos desde el feminismo campesino y popular.
Su labor en el Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria (CONSEA) y su militancia en La Vía Campesina parecen marcadas por el destino de una estirpe que se niega a ser borrada. En realidad, su trayectoria comenzó mucho antes de nacer, cuando su abuela, tras perder su territorio original, peregrinó por el estado hasta echar raíces en Bom Despacho, un nodo ferroviario y militar donde fundó con muchas dificultades, hace 69 años, la Casa Espírita Mártir San Sebastián.
Débora recogió ese testigo para asegurar que ocho décadas de resistencia no hayan sido en vano. Su militancia, asegura, «es una manera de preservar la esencia de la comunidad y sostener ese vínculo ancestral que atraviesa generaciones». Conversamos con ella sobre su historia y la realidad actual del quilombo que la vio crecer.
El «quilombo urbano» no existe por naturaleza; fue la civilización la que engulló e invadió nuestros territorios.
¿Vuestra comunidad se encuentra hoy en un entorno rural o urbano?
Fuimos urbanizados a la fuerza. Solemos decir que el «quilombo urbano» no existe por naturaleza; fue la civilización la que engulló e invadió nuestros territorios. Hoy estamos rodeados de grandes industrias. En medio de ese asfalto, intentamos preservar nuestra cultura: cultivamos hierbas medicinales y condimentos en pequeños patios para no perder la tradición. Mantenemos vivo el Mozambique de San Benedito, nuestra danza afro, y seguimos cosiendo nuestras propias vestimentas. Es una resistencia cotidiana desde lo doméstico.
Aunque tu comunidad esté urbanizada, ¿cómo influye el acceso a la tierra en tu visión política, especialmente ahora que estás en la secretaría de La Vía Campesina?
Yo creo que la lucha te elige a ti. Estar en La Vía Campesina es un desafío porque me permite apreciar la invisibilidad de la cuestión quilombola. Nosotros entramos en este espacio a través de la CONAQ (Coordinación Nacional de Articulación de las Comunidades Negras Rurales Quilombolas) para poner sobre la mesa la cuestión racial, pero a menudo se olvida que somos agricultores. Hay más de cinco mil comunidades quilombolas rurales en Brasil. Es contradictorio: se nos llama para hablar de racismo, que es crucial, pero hablar solo de racismo es un discurso vacío si no se habla también de cómo producimos y de nuestra soberanía alimentaria.
Las personas esclavizadas traían semillas escondidas en el cabello, un «tráfico de vida» para garantizar su supervivencia.
Durante la pandemia, las comunidades sobrevivieron intercambiando sus propios productos. Nuestra libertad siempre ha estado ligada a la semilla; las personas esclavizadas traían semillas escondidas en el cabello, un «tráfico de vida» para garantizar su supervivencia. Estoy en La Vía Campesina por esa soberanía, para demostrar que nuestra agricultura es una herramienta política contra el hambre y el exterminio.
Formas parte del CONSEA (Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria). ¿Cuál es tu crítica sobre las políticas públicas actuales?
El CONSEA es vital para dialogar directamente con el gobierno, pero el desafío es enorme tras el desmantelamiento de los últimos años, tras el gobierno de Bolsonaro. La soberanía alimentaria no es solo «dar comida», es respetar lo que cada región consume y la diversidad que tiene. No puedes enviarle lo mismo a una comunidad del norte que a una del sudeste; uno consume cuscús y el otro, harina de mandioca.
El gobierno anterior (Bolsonaro) nos trataba como animales, entregaba cestas básicas de alimentos ultraprocesados de pésima calidad. La soberanía alimentaria requiere una política que, además de garantizar las condiciones de acceso al alimento, sepa cuál es el alimento adecuado y cómo hacerlo llegar a las comunidades. El CONSEA sufrió y sufre mucho porque tenemos que reconstruir toda esa estructura de las políticas públicas para que se entienda que el alimento es cultura y se respeten las perspectivas de cada región.
Aprovechando tu análisis sobre la gestión pública: ante el escenario electoral en Brasil y la reorganización de una extrema derecha que cuenta incluso con respaldo internacional de los EE. UU., ¿cómo ves la capacidad de articulación de los movimientos de base para frenar esta ofensiva y garantizar la continuidad de un proyecto progresista que asegure un mínimo de dignidad para vuestras luchas?
La derecha ganó mucha fuerza y está bien articulada, pero hay un Brasil que resiste. Resistimos cuatro años a un gobierno de extrema derecha y ahora defendemos la democracia y la justicia racial. El gobierno actual es «agridulce»; enfrentamos dificultades porque la bancada en el Congreso es de extrema derecha e impide avances. Pero si está mal con el presidente Lula, sin él sería mucho peor.
Las balas tienen un objetivo claro: apuntan a los cuerpos de las periferias, a las quilombolas y a los más vulnerables.
Durante el gobierno anterior, el asesinato de muchos militantes quedó en el silencio, sin ninguna divulgación. Hoy, masacres recientes como la de Río demuestran que las balas tienen un objetivo claro: apuntan a los cuerpos de las periferias, a las quilombolas y a los más vulnerables. Quieren exterminarnos porque saben que, cuando nos unimos, tenemos voz y fuerza.
Sigo en la lucha para dejar un futuro mejor para mis hijos; quiero que cuando crezcan no necesiten luchar tanto. Hoy, de las 7.600 comunidades quilombolas, apenas 495 tienen título de tierra. La lucha se extenderá por muchos años porque esos «desgobiernos» no priorizan la regularización; quieren callarnos. Por eso, nuestro dilema es existir para resistir.
Como una mujer joven y lideresa, ¿cómo ves el relevo generacional en esta lucha por el reconocimiento de la cultura, por el acceso a la tierra y por la soberanía alimentaria?
Decimos que los jóvenes son el futuro, pero nos cuesta involucrarlos. A diferencia de los pueblos indígenas, que integran a los niños en todo, en los quilombos solemos apartarlos de las reuniones por protección, por miedo a la violencia que sufrimos. Pero eso nos aleja del relevo.
Yo lucho para que mis hijos no tengan que desgastarse tanto como yo.
Necesitamos impulsar y animar a la juventud porque las personas mayores se están enfermando o nos están dejando. Yo lucho para que mis hijos no tengan que desgastarse tanto como yo. Si tuviésemos políticas públicas que garantizasen nuestra dignidad y territorio, no estaríamos tan desgastadas. El reto sigue siendo fortalecer alianzas para combatir el racismo estructural.
¿Cuáles son las reivindicaciones específicas de las mujeres quilombolas y cómo enfrentáis esa carga doble de la que hablas?
Históricamente, los hombres estaban en la primera línea, pero hoy las mujeres tenemos nuestro propio colectivo porque necesitamos voz propia. Estamos en la vanguardia, luchando contra el racismo, el machismo y por la autonomía económica, que es mucho más precaria para nosotras.
En la CONAQ, la pauta de la maternidad es central porque las mujeres negras somos las que más sufrimos la violencia obstétrica. Creen que somos «más resistentes» y por eso nos niegan la anestesia, dejándonos horas gestionando nuestro parto sin atención; muchas mueren o pierden a sus hijos por ello. Somos el blanco principal de violencia en salud porque no hay políticas específicas para enfermedades que nos afectan, como la anemia o la hepatitis; cuando se detectan, ya es tarde porque no hubo prevención. Hablo de esto con conocimiento de causa, por casos reales en mi familia.
La titulación de nuestras tierras es nuestra única protección real.
Sabemos que el sistema entra en contradicción con nosotras: a veces nos ven fuertes, otras veces débiles, y nunca sabemos en qué lado nos van a poner. Pero nosotras sabemos que somos las más vulnerables y por eso tenemos que resistir contra el sistema, el machismo y el fascismo. Las mujeres, además de estar en la línea de frente, aún cumplimos con el deber de casa, de madre, esposa, hija, sobrina y nieta; esa carga la llevamos día y noche.
El 25 de noviembre marchamos 350.000 mujeres negras en Brasilia para exigir reparación y «buen vivir». Es uno de los espacios para denunciar la violencia mental y física que cada una sufre en su territorio. Este año se cumplen dos años del asesinato de Madre Bernadette, ejecutada con 20 tiros por defender su tierra. Seguimos pidiendo justicia por ella; la titulación de nuestras tierras es nuestra única protección real.
Milena Silvester Quadros