La ambición de crecer hacia atrás

Marina Brotons

El proyecto Usança lo conforman un padre y una hija de Cocentaina, comarca del Comtat (Alacant), que pretenden acercar, con sus cuatro manos, la riqueza de los productos que da el territorio a su gente.

Usança nace de la convicción de transformar un estilo de vida ya vinculado a la tierra y a sus quehaceres en un medio de vida. Es la búsqueda ambiciosa de un posible nuevo equilibrio en el sector agrario, al menos a pequeña escala, donde se combina, por una parte, el respeto y la valoración de conceptos como la soberanía, la sostenibilidad y la salud, que creemos inherentes al sentido común de nuestros antepasados que se han dedicado a la tierra; y, por otra, las nuevas corrientes que las jóvenes agricultoras llevamos incorporadas por la generación a la que pertenecemos, como el conocimiento de la crisis existente en las sociedades actuales o los parámetros innovadores de medición y gestión de explotaciones agrarias y su rentabilidad.

 
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Fotos: Marina Brotons

La emoción de convertirse en circular

Pretendemos llevar a cabo un modelo de soberanía alimentaria en nuestro pueblo a partir de la pasión que nos despierta cultivar la tierra y todas las actividades que conlleva. Esta mezcla de sensibilidades conforma un proyecto agroecológico en el que caminamos buscando el equilibrio entre la rentabilidad económica, la riqueza sociocultural que la agricultura aporta al territorio, el cuidado del paisaje y, algo muy importante, la salud de las personas.

Empezamos durante el verano de 2024 con la venta directa en la plaza del mercado y en nuestro propio bancal de los productos hortícolas más protagonistas de nuestra gastronomía autóctona, como los tostons a base de maíz tierno, la pericana de pimiento rojo seco (bajoca d’enrastrar) y el tomate del terreno con diversas variedades autóctonas. Además, cultivamos almendros y tenemos nuestra propia marca de aceite de oliva virgen extra, ambos cultivos certificados en ecológico, fruto del cuidado y mantenimiento durante generaciones de los bancales que conforman nuestro paisaje.

 
   Somos calidad sin elitismo. Somos la admiración que despierta en la gente ver la tierra cultivada y cuidada.   
 

Con la venta directa, nos damos cuenta de que, más allá de ser nuestro producto, somos las reacciones de nuestras clientas al probarlo. Somos la sorpresa al saborear y recordar el pasado: «estos tomates son como los de antes, los que traía mi padre del huerto». Somos la alegría de los abuelos y las abuelas cuando vuelven al puesto semana tras semana para comprar esa hortaliza o fruta que tanto gusta a sus nietos. Somos el sentimiento de las personas mayores al saberse cuidadoras de la alimentación de niños y niñas. Somos la rabia y el inconformismo de aquellas consumidoras que encuentran la motivación para romper con parte de su consumo en supermercados y venir al mercado buscando manos productoras. Somos calidad sin elitismo. Somos la admiración que despierta en la gente ver la tierra cultivada y cuidada.

Queremos crecer hacia atrás. Sí, hacia atrás. Ampliar nuestro bancal incorporando la ganadería porque, al menos a pequeña escala, vemos que buscar el desperdicio cero es el camino. No pretendemos un crecimiento empresarial, sino abastecer de productos nutritivos a nuestra población dentro de su capacidad de mercado. Por eso, ampliar los productos dando paso a la ganadería, que siempre ha ido ligada a la agricultura, con el reciclaje de residuos vegetales hortícolas que sirven de alimento al ganado y, seguidamente, generan más alimento y más abono que impulsa el crecimiento de nuevos cultivos. Pensamos que es el sistema circular más emocionante que podremos conocer jamás, ¿no crees?

El capital está al otro lado

Somos pequeños productores, artesanos de la tierra. Nuestra supervivencia no sería posible sin la conciencia de las personas consumidoras que valoran la frescura y la calidad de nuestros productos, además del valor añadido de la proximidad.

Actualmente, recibimos un bombardeo incesante de discursos sobre la sostenibilidad, que quieren hacernos creer que lo que compraremos a partir de ahora ya será eco-friendly, reutilizado, etc.; pero la gran mayoría de esos «ajustes» parten de ideales propios del mismo sistema que ha provocado inicialmente los problemas de sostenibilidad planetaria y desigualdad económica. Con el proyecto Usança, pretendemos actuar de manera local con la idea de que esa es precisamente una forma de solución global. Somos ambiciosos, lo sabemos.

Entendemos que la disminución y la inviabilidad del minifundismo y el trabajo artesanal a pequeña escala han sido dirigidas. Nos estamos quedando sin oficios, y las trabas en todos los ámbitos son intencionadas. El capital está del lado de la gran industria. Caiga quien caiga.

Además de las ofertas más competitivas en precios, la comodidad horaria de un supermercado y la diversidad de opciones entre las que elegir, debemos saber que hay falta de transparencia, medias verdades sobre la procedencia de la materia prima, la normalización del uso de conservantes y aditivos nefastos para la salud, la creación de modos de consumo, la comercialización de vegetales a base de plásticos de un solo uso y una omisión brutal de información sobre las consecuencias de determinadas explotaciones sobre el medio ambiente. Y, aun así, consiguen vendernos sus productos. Vender. Vender. Vender. ¿Y lo demás?

Se ha transformado el imaginario colectivo de la alimentación humana haciéndonos creer que la temporalidad de los cultivos no existe; es decir, que podemos tener de todo siempre o que es sostenible consumir boniatos importados de Egipto. Nos han convertido en consumidoras caprichosas y sin miramientos. Todo para vender más. Siempre más, sea cual sea el coste global. Que lo paguen otros. Volviéndonos ciegos es más fácil vendernos un producto, como la soja del tofu, y un discurso, como el veganismo.

 
    Ya que la cultura dominante nos arrastra hacia sus intereses potenciando las grandes industrias y explotaciones, nos toca unirnos y encontrar nuestras propias soluciones.   
 

Por eso, en proyectos locales y vinculados al territorio como Usança, reside la esperanza de revertir esta opacidad, desinformación o indiferencia que promueven estos modelos de consumo alimentario en la población. Porque sabemos que es a través de las prácticas validadas socialmente y de los discursos predominantes como generamos nuestras opiniones, esquemas mentales y sensibilidades. Es decir, las subjetividades se conforman a partir de los contextos en los que las personas participamos. Por tanto, ya que la cultura dominante nos arrastra hacia sus intereses potenciando las grandes industrias y explotaciones, nos toca unirnos y encontrar nuestras propias soluciones. De este modo, en el proyecto Usança pretendemos ofrecer una alternativa a las prácticas de consumo de hortalizas que capitalizan la salud y ahora más que nunca hacen negocio blanqueando la sostenibilidad. La concienciación es la mayor diana que vemos posible para romper con la muerte de los localismos que conocen y cuidan el territorio. Y para aportar nuestro granito de arena en la construcción de un nuevo sistema. Así pues, entendemos que, además del producto, ofrecemos la conversación que te conciencia y te hace entender por qué los tomates son de verano.

La revolución de la proximidad

Una cultura en la que transmitir que el sabor es posible. Resulta curioso porque es bien sabido que un gran problema de la alimentación actual y futura es la falta de interés y motivación por consumir fruta y verdura, sobre todo entre los más jóvenes. En cierta manera es normal: las hemos transformado y alienado hasta tal punto que ya no saben a lo que son. La frescura, la paciencia de esperar el tiempo que les corresponde en la tierra, el aporte de abonos orgánicos en lugar de químicos y hormonas aceleradoras del crecimiento. ¿Sabor? ¿Nutrición?… Rápido. Rápido. Rápido.

Apostamos por una red de consumo en la que la riqueza no consista únicamente en poder conseguirlo todo a la hora que quieras, sino en saber que no se emplean toneladas de plástico para que puedas llevártelo a casa envuelto cuando viene de otro continente, ni productos químicos que reducen la fertilidad de la tierra y amenazan la biodiversidad. Un consumo con el que no sean necesarias ocho horas de viaje para hacerte llegar un simple vegetal que puede cultivarse a metros de tu casa, que no explote a niños y mujeres al otro lado del mundo para obtener las nuevas variedades híbridas. Que no, que no hace falta todo este chiringuito que nos hemos montado.

 
    Dejemos de participar en contextos en los que se pelean multinacionales para hacerlo en un entorno personal, propio, y con quien se ensucia las botas y las manos de tierra.   
 

Recortemos distancias, acerquemos intereses, apoyémonos y generemos un cambio a partir de nuestro tipo de consumo. La experiencia de vincularnos con productoras de proximidad puede ser toda una revolución. Son pequeños gestos con los que, posiblemente, podremos generar un circuito de economía circular. Démonos cuenta de que hemos sustituido la proximidad y la confianza mutua entre productores y consumidores por infinitas auditorías, interminables condicionantes burocráticos, a menudo repetitivos y absurdos para los productores, por la exportación de nuestra materia prima de calidad mientras importamos producto extranjero «más barato».

Participemos, pues, en las iniciativas soberanas de nuestros territorios. Dejemos de participar en contextos en los que se pelean multinacionales para hacerlo en un entorno personal, propio, y con quien se ensucia las botas y las manos de tierra. Así cultivamos también la conformación de nuevas subjetividades que rompen con el modelo autodestructivo de los territorios.

Disfrutar del trabajo

Sabemos que la situación del relevo generacional en el campo y, en general, del sector primario de pequeñas fincas y negocios es preocupante. Pero debemos poder sobrevivir. Los pequeños debemos poder mantenernos. Nos sobran motivos. Y, si contamos con el apoyo del resto de la comunidad, podremos llevar a cabo la querida agricultura como un medio de vida digno.

Por otra parte, también es cierto que la situación laboral a escala global en cualquier otro sector tampoco es especialmente fácil. Con ello no pretendemos hacer comparaciones; siempre resultan desagradables. Cada persona debe encontrar su manera de estar en equilibrio. Solo digo que el trabajo en el campo, en una pequeña finca, si el consumidor acompaña, no es tan feo como nos lo han pintado. Muchos productores compartimos que las tareas que exige el cultivo de la tierra abarcan tantas dimensiones que llegas a tocar la satisfacción personal en diversas áreas. Pones en práctica la capacidad de planificar a largo plazo, organizando la rotación de cultivos, escalonando las épocas de siembra y recolección, etc. Te adentras en el reto de gestionar y prever la sanidad de los cultivos, cada uno con sus peculiaridades. Procuras, como en la vida misma, mantener el equilibrio para que el cultivo pueda desarrollarse y convertirse en alimento. También se encuentra la vertiente comunitaria, con el trato directo con las personas consumidoras de tus productos, una parte muy satisfactoria. Y también una parte más solitaria cuando estás en los campos sembrando, rastrillando, arando, colocando tutores, desbrozando o desbrotando, donde debes saber estar contigo misma y disfrutar de tus ritmos y del trabajo. ¡Disfrutar del trabajo! ¿Disfrutar? ¿Del trabajo? En definitiva, son tareas que pueden resultar gratificantes para millones de personalidades que estamos en el mundo y que quizá ni siquiera nos lo hemos planteado.

De entre todas estas variables e intenciones surge la viabilidad del proyecto Usança, que va trazando sus líneas a través de una nueva mirada hacia la agricultura, sin vergüenza de ser pequeños. Poco a poco podemos construir redes de productoras que, entre todas, podamos abastecer de una gran variedad de alimentos a nuestra población, haciéndola rica de nuevo gracias a la soberanía. Construyamos redes participativas de un consumo alimentario más consciente y transformador. Hagamos grande la comunidad a partir de la tierra y sus frutos.


El original en valenciano de este artículo forma parte del libro colectivo Soberanía alimentaria y economía feminista (Ed. Catarata 2026).
https://www.catarata.org/libro/soberania-alimentaria-y-economia-feminista_184492/


Marina Brotons
Usança

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