Xavi Luján

Incendio en Burgohondo, visto desde el Valle del Tiétar. © Fotografía cedida por Carlos Luján
España vuelve a arder. Arde como cada verano. Y, como cada verano, el debate público se llena de las mismas palabras: limpieza de montes, mala gestión, falta de medios, cambio climático. No negaré que todas ellas son, en su medida, ciertas. Pero hay algo que casi nunca se nombra y que creo que, inmersos en esta rueda de hámster que ardiendo no deja de rodar, es la clave que nos falta. El antropólogo y cibernético Gregory Bateson decía que los grandes problemas del mundo surgen del conflicto entre cómo opera la naturaleza y la manera en que los seres humanos piensan. ¿Vienen estos incendios a decirnos algo a este respecto? ¿Son estos incendios, llamados de nueva generación, un hecho al que simple y llanamente hay que combatir? ¿O son quizás un síntoma con el que también convendría empezar a dialogar? Porque el crítico panorama ecológico que hemos creado nos está empujando a tener que mirar el mundo en otra clave, nos guste o no. Ahora.
Un bosque en su estado maduro no es una mera presencia de vegetación. Es un complejo sistema relacional y, para el caso que nos trae, una eficiente maquinaria hidrológica. Capta el agua, la retiene y recircula, sostiene la humedad en el suelo y en el sotobosque durante los meses secos, etc. Es precisamente esa capacidad —no la ausencia de vegetación— lo que hace a un bosque resistente al fuego; lo que convierte a la naturaleza, en su versión más evolucionada, en la mejor prevención del desastre. Asevera el investigador y agricultor suizo afincado en Brasil, Ernst Gotsch, que “no somos la parte inteligente del sistema, sino parte de un sistema inteligente”. Nuestra función debería empezar a alinearse en aplicar métodos que catalicen el proceso de escalada hacia esa madurez. Dejarnos de ese empeño arrogante en adueñarse de esa inteligencia y aprender a acompañarla, a hacerla florecer. Y es aquí cuando aparece una idea que creo central y que casi nunca ponemos sobre la mesa: la de aprender a confiar en que la vida sabe dirigir su camino hacia el lugar correcto. Adolecemos como sociedad de una completa falta de confianza en que es la vida quien nos lleva y quien, en último término, sabe lo que nos conviene. Darle la espalda a esta realidad, incluso enfrentarnos a ella —a ese conjunto de procesos que llevan millones de años funcionando sin nuestra intervención— es lo que nos enclaustra en la soledad más profunda. Una soledad en nuestros propios cuerpos, entre quienes nos rodean y en el sistema ecológico del que formamos parte. Ahí, en ese aislamiento, es donde de verdad quedamos indefensos, inflamables.
Hay un ejemplo, lejano en escala, pero muy fértil como imagen, que ayuda a entender hasta dónde puede llegar un ecosistema en su máxima expresión. La Amazonía no se limita a existir dentro del clima que le tocó, sino que genera buena parte de las condiciones que necesita para perpetuarse. A través de la transpiración de sus árboles, la selva libera cantidades colosales de vapor de agua que viajan por la atmósfera formando lo que se conoce como ríos voladores, corrientes de humedad que superan en caudal al propio río Amazonas y que llevan lluvia no solo a zonas lejanas de Sudamérica, sino también de vuelta a la propia selva, sosteniendo su ciclo. Salvando las distancias entre el Amazonas y el Mediterráneo, creo que esto ilustra algo que necesitamos empezar a asumir: un sistema ecológico maduro no solo resiste su entorno; en cierta medida, lo modela a su favor. ¿Es la domesticación del agua una característica del bosque ancestral, o es dicha domesticación uno de los fines últimos por los que la vida crea un bosque?
El problema es que buena parte del monte mediterráneo español no está en ese estado maduro. Si nos ceñimos a la zona mediterránea —conviene matizar que España es un territorio enormemente diverso, con biomas y climas muy distintos, y cada zona tiene su propia trayectoria de madurez ecológica hacia la que tender—, gran parte de nuestra masa forestal, conformada generalmente por pino —carrasco, resinero—, no es un bosque consolidado: es una etapa regresiva, un paso intermedio hacia lo que en muchas zonas sería, si se le permitiera evolucionar, un encinar o un bosque mixto —encinas, alcornoques, pinos piñoneros, sabinas, etc.—, más denso, húmedo y estable. El pinar cumplió históricamente una función de repoblación rápida, pero un pinar denso, sin ese cortejo de vida diversa en su interior, es también uno de los sistemas con peor comportamiento ante el fuego: arde rápido y arde entero. Y aquí es donde surge la duda de si concentrando nuestras políticas en mantener esa etapa regresiva —conteniéndola, sosteniéndola año tras año, sin más horizonte que evitar que empeore— lo que estamos perpetuando es que nuestro techo sea siempre ese mismo estado regresivo. Y siendo lo más probable, con el cambio climático acelerando la presión, que ni siquiera lo sostengamos, sino que acabemos retrocediendo. Pero ¿y si miramos el pinar como un encinar en potencia y dirigiéramos ahí recursos e inversión? ¿Conseguiríamos cambiar ese techo que perseguimos? Afirmaba Einstein, después de la Segunda Guerra Mundial, preocupado por el rumbo del mundo, que “no podemos resolver los problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos”. Si seguimos mirando nuestros bosques desde el marco mental que nos ha traído hasta aquí, seguiremos rodando, una y otra vez, en esta rueda de hámster en llamas. Ya sea en el ámbito mediterráneo, el atlántico, el de montaña, el subtropical canario o en cualquier otra región climática planetaria, lo que no cambia es el principio: identificar cuál es el estado maduro propio de cada sistema y trabajar para elevarlo, en lugar de limitarnos a gestionar su versión degradada.
Si analizamos la relación entre inversión en políticas de extinción y superficie quemada, comprobamos que, en España, según ASEMFO y el Ministerio para la Transición Ecológica, el gasto en extinción se ha mantenido prácticamente estable, en torno a los 417 millones de euros anuales, desde 2009. Sin embargo, esta inversión continuada no ha evitado que la superficie quemada registre oscilaciones cada vez más drásticas, alcanzando picos que superan ampliamente las 300.000 hectáreas en las campañas más severas. Y en Estados Unidos, según datos de agencias federales, entre 2014 y 2023 el gasto en extinción se disparó un 268 % respecto a las tres décadas anteriores, mientras que la superficie quemada aumentó un 131 % en el mismo periodo. Tendencias que también se corroboran consultando datos de países como Portugal, Grecia o Australia. Sin embargo, al examinar la naturaleza de las masas forestales que sucumben a estos eventos en España y Estados Unidos, los datos revelan que la incidencia y la virulencia del fuego son drásticamente menores en los bosques maduros bien conservados. En el caso español, cruzando la Estadística General de Incendios Forestales (EGIF) con los datos del Inventario Forestal Nacional, se evidencia que la inmensa mayoría de la superficie afectada por grandes incendios forestales corresponde a repoblaciones homogéneas y matorrales de degradación, mientras que los bosques autóctonos maduros de frondosas apenas representan entre un 10 % y un 15 % del total quemado. Por otro lado, en cuanto a la prevención, conviene sopesar el efecto rebote que el bosque ejerce cuando se le aplican ‘tareas higienizadoras’, puesto que intervenciones destinadas a limpiar sin más el sistema desregulan los procesos internos del bosque. Con las lluvias, ese suelo desnudo desarrolla vegetación pionera de rápido crecimiento, lo que será combustible altamente inflamable en épocas de sequía. Al cortocircuitar el proceso de madurez, el sistema pierde su autonomía, obligando a repetir las acciones recurrentemente. Se arriesga, por tanto, a anclar en el tiempo, o incluso incrementar a largo plazo, los costes destinados a prevención.
Quiero detenerme ahora en algo que, desde mi propia experiencia profesional, me parece esencial. Y es que encuentro cierta similitud de enfoques entre el manejo de las plagas agrícolas y el manejo del monte regresivo. Cuando un cultivo o un agrosistema se desequilibra, desde la visión convencional, la reacción es la de restar, limpiar, quitar: Detecto la plaga, ergo la elimino. Con ese patrón de comportamiento se acaba consolidando un sistema ficticio, con una aparente biomasa —la de nuestros cultivos—, pero con una simplicidad ecológica casi desértica: sin insectos, sin animales ni otras plantas, y una microbiota empobrecida. Sucede que la simplificación del sistema deriva en el desequilibrio, que vuelve a estimular en el sistema la proliferación, entre otros seres, de la plaga, puesto que la tendencia de la vida es la de acumular más vida, escalando hacia la madurez ecológica en dirección al bosque. Si estos procesos se encaran desde la confrontación, creedme que la vida se convierte en un suplicio. Porque nunca ganaremos ese pulso. Apuesto a que cualquier agricultor o agricultora de este país ha sentido la tensión de estar sometido a este círculo vicioso. En eso sí somos una gran hermandad. En los últimos tiempos se han venido generando diferentes corrientes agronómicas (agricultura regenerativa, agrofloresta sintrópica) donde la clave ha sido incorporar en su mirada el patrón bosque a fin de salir de su particular rueda de hámster, y asumiendo que la introducción de vida es lo que deriva en resiliencia y estabilidad. Una plaga no eliminada atraerá con el tiempo a su depredador, que a su vez atraerá a otras formas de vida que entren en relación con ellos, engrosando la biodiversidad y abundancia. Si bien es cierto que los métodos de aplicación son más complejos y no se basan en el ‘dejar hacer’, la lectura de fondo sigue siendo la misma. Pues bien, algo parecido viene ocurriendo con los incendios y los bosques regresivos. De la misma forma que la plaga, el incendio viene a darnos una información concreta, y es que el sistema quemado, tal y como estaba, no era funcional para sostener las condiciones ecológicas ni sus objetivos de maduración. Si hay fuego, no es tanto una cuestión de cuánta masa vegetal hay acumulada, sino de lo simple o compleja que es esa masa. Un pinar denso y continuo puede acumular mucha biomasa, pero es estructuralmente simple: un solo estrato, suelos degradados que no filtran ni retienen, poca diversidad de especies, sin discontinuidades de humedad que rompan la propagación. Un encinar maduro puede acumular igual biomasa, pero su complejidad —distintos estratos, distintas especies, parches de humedad, suelo vivo— es precisamente lo que frena el fuego en vez de alimentarlo. No es la cantidad lo que decide si un sistema arde con facilidad, es el grado de diversidad y complejidad estructural. Si el bosque maduro es la abundancia en armonía, conformada a partir de una acumulación pautada y diversa, no es, en definitiva, la limpieza sistemática ni la simple reducción de masa la manera de acercarse a él. Llegados a este punto, no está de más recordar que ninguna complejidad es una garantía absoluta. Bajo sequías y vientos suficientemente extremos, hasta los sistemas más maduros y complejos pueden arder con severidad. La clave radica en que, ante el mismo escenario de sequía y viento, un sistema simple y homogéneo arde con muchísima más facilidad, rapidez y virulencia que uno complejo y diverso, y eso es justamente lo que está en nuestra mano cambiar.
Lo interesante —y esto lo digo desde la trayectoria de 17 años cultivando en policultivo orgánico y 6 años en regenerativo— es que el propio proceso de elevar la madurez ecológica de un sistema es en sí mismo un aprendizaje relacional. No solo entre personas, también con las fuerzas de la naturaleza, que tienden de forma natural hacia esos estados de mayor complejidad. Ese impulso ascendente hacia el bosque maduro se convierte en un proceso que en su avance se autoimpulsa: cuanto más lo habitamos, más nos alineamos con él, y menos recursos externos necesitamos con el tiempo para sostenerlo. Depende de nosotros que nademos a contracorriente o que aprovechemos la marea a nuestro favor. Y ahí está el dato que más debería interpelarnos en cuanto a políticas públicas: no hacen falta tantos recursos como pensamos, no cuando se entiende bien el proceso ecológico que se quiere acompañar. La sociedad que se involucra en ello no solo gasta menos con el tiempo, también descubre sus propios vínculos y su propia capacidad de ser funcional dentro de la naturaleza, y eso —lejos de ser un añadido sentimental— es lo que sostiene estas políticas en el tiempo, porque genera comunidad, arraigo alrededor del territorio y significación dentro de los procesos vivos. El antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, haciendo referencia a la visión del mundo de ciertos pueblos ancestrales con profundos lazos con la naturaleza, defiende que lo visible y lo invisible depende de las capacidades de quien percibe. Deberíamos preguntarnos cuánta capacidad de percepción, propia de nuestra condición humana, permanece atrofiada por nuestro modo de vida, y hasta qué punto, inmersos en estos procesos ecológicos, podría estimularse para comunicarnos mejor con el mundo.
Conocemos con todo detalle la velocidad con la que avanza un incendio, las hectáreas que consume y su recurrencia. Pero ¿qué capacidad tenemos nosotros de regenerarlo? ¿A qué ritmo? Como sociedad no hemos generado —o conservado— una cultura popular para dar respuesta a estas preguntas; un conjunto de saberes independientes de la burocracia, de partidas presupuestarias o del color político de quien gobierna. Y es que la posición desde donde observamos lo que acontece es clave. No es lo mismo interpretar un incendio como una relación de fuerzas, donde entran en juego el avance del fuego frente a nuestra capacidad de regenerarlo, que contemplar el mismo proceso, donde entran en juego el avance del incendio frente a nuestra incapacidad de reacción y total desorientación. La diferencia es sustancial, sin con esto restar un ápice siquiera al drama que supone un incendio en cualquier caso. Nos sorprendería la fluidez con la que un sistema degradado puede regenerarse cuando se aplican buenas prácticas, o simplemente cuando se le retira presión. Algo que he ido aprendiendo en mis encuentros con gente dedicada a la regeneración natural y sintrópica es la serenidad y la confianza que estas experiencias aportan a cada cual, al sentir en carne propia la certeza del potencial con la que cualquier espacio degradado puede escalar hacia su madurez. El proceso es en sí mismo un potente generador de autoconocimiento, optimismo y amor propio. Por eso, no hay nada perdido, todo está latente, a la espera.
Si alguien puede ver en estas palabras ideas simplistas y alejadas de la realidad, acentuadas por la actual situación tan alarmante con las emociones a flor de piel, es porque seguramente no haya reparado en tantos casos corroborados de procesos de regeneración natural. Y es que no vivimos precisamente en una cultura mediática de la regeneración. Por mucho que proliferen, no llegarán a nosotros desde una actitud pasiva. Son muchas las experiencias que desde este ámbito trabajan todos los años, con todos sus meses y días. Quizás, en este contexto, es cuando se les otorgue una cuota de atención.
En el Altiplano Estepario que comparten Almería, Granada y Murcia, una de las zonas de España con mayor riesgo de desertificación, la asociación AlVelAl lleva desde 2015 trabajando exactamente en esta dirección de incorporación: siembra de bellotas y plantación de cientos de miles de árboles y arbustos, construcción de charcas y majanos para retener agua en el paisaje e implantación de sistemas agroforestales como la Almendrehesa, que combina almendros con cubierta vegetal diversa en lugar de monocultivo desnudo. Más de cuatrocientas explotaciones agrícolas y once mil hectáreas están hoy en transición hacia una agricultura regenerativa que no limpia el territorio, sino que lo llena de árboles, de agua retenida, de estratos vegetales que antes no existían. El resultado, después de una década, es un paisaje que empieza a comportarse de otra manera frente a la sequía y frente al riesgo de incendio, no porque se le haya quitado nada, sino porque se le ha devuelto lo que le faltaba.
Al otro lado del Atlántico, en el oeste de Estados Unidos, decenas de proyectos de restauración están aplicando el mismo principio con una herramienta sorprendentemente sencilla: los diques de castor artificiales, simples postes de madera entretejidos con ramas de sauce que imitan las presas naturales de los castores. Aquí tampoco se retira nada; se incorpora una estructura que el propio paisaje había perdido. Estas construcciones de bajo coste ralentizan el agua, elevan el nivel freático y mantienen húmedos los corredores riparios durante todo el verano. Estudios con imágenes satelitales han comprobado que estos corredores permanecen verdes en pleno incendio mientras el resto del paisaje arde. Y en varios casos documentados, el fuego se ha detenido literalmente al llegar a estas zonas húmedas.
Chernóbil, la zona de exclusión nuclear más extensa de Europa, se ha convertido en cuatro décadas en un denso bosque lleno de lobos, linces, bisontes europeos y osos, simplemente porque el ser humano dejó de pisarlo. Allí, en los propios muros del reactor destruido, los científicos encontraron algo todavía más asombroso: comunidades de hongos que no solo toleran la radiación, sino que crecen mejor cuanto más expuestos están a ella, orientando incluso su desarrollo hacia la fuente radiactiva, absorbiendo la radiación y transformándola en energía aprovechable. Procesos que, sin nuestra intervención, de manera autónoma y gratuita, se orientaron para reequilibrar el sistema y madurarlo. Como tampoco olvidar aquellos primeros meses de confinamiento, cuando bastó con que nos quedáramos en casa unas semanas para que la vegetación empezara a resquebrajar el asfalto de calles vacías, la fauna silvestre se acercara a los núcleos urbanos y aparecieran nidos en los retrovisores de coches aparcados. No siempre reparamos en la presión constante que nuestro modo de vida ejerce sobre los procesos naturales de bosquificación. Ni tampoco en lo rápido que esos procesos responden en cuanto esa presión se levanta.

El bosque primario de Białowieża, en la frontera entre Polonia y Bielorrusia. Foto: Xavi Luján
Y luego está el ejemplo que mejor ilustra, para mí, el punto de partida de todo este artículo, y que he tenido la fortuna de visitar y estudiar personalmente: el bosque de Białowieża, en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, uno de los últimos retazos de bosque primario de llanura que quedan en Europa. Recibe entre 620 y 640 mm de lluvia al año, un volumen perfectamente comparable al de buena parte del interior peninsular español. Y sin embargo, su núcleo mejor conservado, con siglos de continuidad como bosque primario y protegido de la intervención humana desde hace más de un siglo, se mantiene extraordinariamente al margen de los grandes incendios. Los propios registros paleoecológicos, tanto en Białowieża como en la Península Ibérica, cuentan una historia coherente con todo esto: cuando se analizan los carbones sedimentarios y el polen fósil de nuestros paisajes a lo largo del Holoceno, se observa que la frecuencia de incendios se dispara precisamente a partir del momento en que el ser humano empieza a simplificar el territorio —abriendo claros, reduciendo estratos, sustituyendo bosque diverso por pasto o cultivo—. Primero de forma incipiente entre cazadores-recolectores hace unos once mil años, y de manera ya intensa y generalizada desde el Neolítico, hace unos siete mil años, cuando la apertura sistemática del paisaje se convierte en la norma. No es que el fuego no existiera antes, es que su frecuencia e intensidad crecen de la mano de la pérdida de complejidad estructural, no de forma independiente a ella.
Puesto que la crisis global que estamos viviendo no tiene parangón en el pasado histórico más cercano, empieza a no ser descabellado buscar puntos de referencia —y quizás de inspiración— no ya en el contexto de las últimas décadas o siglos, sino en el de los últimos milenios. Quizá ha llegado el momento de reconectar nuestra manera de pensar el territorio con procesos mucho más lejanos en el tiempo. Traer la lluvia del paleolítico y recibirla con la madurez que se merece.
Es imposible negar que en la inmensidad de nuestro territorio proliferan casos de extrema gravedad, con suelos prácticamente inexistentes o directamente con la roca madre aflorando, y donde afrontar cualquier proceso revitalizador parezca —o resulte— tarea imposible. Por eso ninguno de estos ejemplos es una solución milagrosa ni gratuita. Pero todos apuntan en la misma dirección: cuando entendemos y acompañamos los procesos naturales de maduración incorporando vida, en vez de limitarnos a contener su versión más frágil y regresiva, el resultado es un paisaje y una comunidad más arraigada y resiliente, y un gasto público que con el tiempo tiende a la baja. Lejos de mi intención está restar valor al trabajo de quienes, cada verano, se juegan literalmente la vida combatiendo estos incendios, ahogados por los limitados recursos y la impotencia. Ni la de tantos profesionales de la gestión forestal que sostienen lo que hoy tenemos. No pretendo invalidar ese trabajo imprescindible, sino abrir el marco e invitar a incorporar, junto a él, algo que casi nunca se nombra o que deberíamos empezar a nombrar más. Necesitamos, por supuesto, seguir invirtiendo en prevención, en extinción, y prestar especial atención a las zonas forestales abandonadas que hoy son extremadamente vulnerables al fuego.
Pero si toda la inversión y toda la energía colectiva se agotan ahí, estaremos condenados a repetir este verano, año tras año. Concluyo consciente de haberme dejado en el tintero tantos otros factores de influencia capital, como el despoblamiento rural, la titularidad de los montes o la omnipresente regulación. Pero es que arde la tierra y, tras la humareda, la nada nos vuelve a esperar indiferente.
Sentencia un proverbio chino que «el mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años; el segundo mejor momento es ahora». El verdadero cambio de paradigma empieza por preguntarnos, en cada hectárea concreta de nuestro territorio o de nuestro entorno más cercano, hacia qué madurez ecológica queremos que evolucione, y qué estamos incorporando hoy para acompañarla en su máxima expresión. No somos pocos los que estamos convirtiendo este camino en brújula existencial. Ojalá este país acabe ensalzándolo como hito de emancipación y orgullo colectivo.
Xavi Luján
Ingeniero de montes y agroecólogo en el proyecto Vorasenda