«Actúan como instituciones financieras en la sombra»
Amal El Mohammadiane Tarbift
Detrás del pan de cada día hay un laberinto de poder que poco o nada podemos ver. Cinco corporaciones, Cargill, ADM, Bunge, Louis Dreyfus y COFCO, mueven con impunidad y en la sombra entre el 70 y el 80 % del comercio mundial de cereales y semillas oleaginosas. Acumulan reservas en almacenes opacos, especulan con el hambre ajena cuando los mercados tiemblan y manejan datos que ni los propios gobiernos logran ver. Verónica Villa (Ciudad de México), etnóloga, investigadora del Grupo ETC y defensora de la agricultura campesina, disecciona el informe Codicia y Oligopolios y nos muestra cómo este puñado de gigantes agroindustriales ha convertido el alimento, lo más antiguo y sagrado de la humanidad, en una mercancía más al servicio de sus beneficios, amenazando el derecho a la alimentación de millones de personas en todo el mundo. Son capaces, incluso, de condicionar qué se siembra y a qué precio se vende.
El informe señala que cinco empresas controlan casi el 80 % del comercio mundial de granos y aceite de semillas. ¿Qué consecuencias concretas tiene esta concentración para la soberanía alimentaria de los territorios y para las comunidades campesinas?
El control que las empresas tienen del mercado de granos y semillas les da poder para imponer sus condiciones de producción y distribución de estas mercancías.
Según el informe, Cargill, ADM, Bunge, Louis Dreyfus Company (LDC) y COFCO controlan entre el 70 % y el 80 % del comercio mundial de cereales y semillas oleaginosas.
Esto significa que están acaparando los recursos necesarios para la agricultura (tierra, agua, energía). Para ello, extienden sus brazos políticos y económicos para cabildear a los gobiernos y obtener condiciones que les favorezcan, tipo subsidios, laxitud para usar agrotóxicos, incidir en las leyes sobre la tenencia de la tierra y más. Como son cada vez más enormes, su capacidad de almacenaje les permite especular con los precios al acumular las materias primas que producen, aprovechando los vaivenes normales del mercado, pero especialmente las crisis; algunos estudios explican que su capacidad de especulación las coloca como «instituciones financieras opacas». (Respuesta de este punto ampliada abajo)
Para entender este comportamiento de las corporaciones, tengamos presente que para ellas la producción de granos y semillas no tiene nada que ver con el derecho a la alimentación. Se trata únicamente de la producción de mercancías con las que se puedan obtener enormes ganancias.
Si bien los movimientos para la soberanía alimentaria no están disputando este tipo de control, porque no están pensando en producir materias primas, sino cosechas que se conviertan en el sustento de los pueblos, las corporaciones sí tienen la intención de desaparecer cualquier otra “competencia”. Con el tipo de poder que tienen, intentan desmantelar la producción independiente de alimentos, las economías locales, para aumentar su poder. Se expanden con violencia sobre los territorios para adquirir más espacios, además de que presionan a los Estados para que les autoricen abrir nuevas fronteras agrícolas a costa de selvas, bosques y tierras comunitarias, por ejemplo, para siembra de soja en el Cono Sur o palma de aceite en el sudeste asiático.
Su forma de producir (monocultivos) requiere uso masivo de agrotóxicos, lo que extingue la fertilidad de los suelos y contamina las cuencas y mantos freáticos con las escorrentías. Como generalmente están asociadas entre ellas, las empresas de granos, semillas, fertilizantes, maquinaria, etc., fijan los precios tanto de los insumos como de las ventas de las cosechas, y la otra producción agrícola se va quedando sin voz y a merced de lo que decidan las oligopólicas.
Estos grandes comerciantes agrícolas los describís como «instituciones financieras en la sombra». ¿Cómo operan en la práctica estos mecanismos de especulación con alimentos y por qué pueden hacerlo con tan poca supervisión y tanta impunidad?
Se llaman «instituciones financieras en la sombra» porque inventan instrumentos financieros sin tenerlo permitido ni mucho menos reportarlo. Como acumulan las materias primas en sus almacenes y nadie las obliga a decir qué es, cuánto es o dónde está, tampoco nadie prevé que, en tiempos de escasez, las empresas salgan al mercado cuando los precios suban. O pueden incluso acaparar para provocar escasez artificial. Igualmente, debido a su influencia política y económica, obtienen tipos de cambio favorables, los códigos fiscales con los que deben cumplir son laxos, logran aranceles bajos con sus socios comerciales transfronterizos.
Su capacidad para operar simultáneamente en los mercados físicos de materias primas y en los derivados financieros les permite convertir la volatilidad en un motor de ganancias.
Además, acceden a información privilegiada de las tendencias en los mercados globales, antes incluso que los funcionarios de los gobiernos. En esto, las herramientas digitales son muy importantes. Sus operaciones son prácticamente secretas debido al torcimiento de las leyes de competencia, y nadie las supervisa. Esto ha sido denunciado por el Centro de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo.
El valor de los mercados mundiales de materias primas agrícolas, que sería un punto de partida para que las autoridades controlaran la especulación, es difícil de estimar porque gran parte de la información es «comercialmente confidencial».
Otro factor que influye en la opacidad es que las empresas propiedad de los Estados tampoco tienen que reportar sus operaciones financieras al detalle porque se trata de «fondos soberanos».
ADM, Bunge, Cargill, COFCO y Wilmar tienen juntas más de 3.300 filiales que les hacen el servicio, distribuidas en todo el planeta.
La organización de sus subsidiarias es también muy compleja, como si hubiera un laberinto inescrutable por el que circulan las ganancias. ADM, Bunge, Cargill, COFCO y Wilmar tienen juntas más de 3.300 filiales que les hacen el servicio, distribuidas en todo el planeta.
Ejemplo del informe: Tres de los principales comerciantes de materias primas agrícolas del mundo son de propiedad privada y uno es de propiedad estatal.
Estas empresas pueden acumular y retener granos esperando que suban los precios. ¿Esta práctica puede agravar o incluso provocar crisis alimentarias?
La impunidad con que especulan con sus inventarios proviene del enorme poder político y económico acumulado previamente, porque además no se trata de actores individuales, sino del tejido de corporaciones frente al que los Estados pueden hacer poco. Entonces, si hubiera escasez, nadie las obligaría a participar en la solución, porque precisamente sería el momento en que sus ganancias se multiplicarían.
Ejemplo del informe: La capacidad combinada de almacenamiento de grano de tan solo tres comerciantes de cereales —ADM, Bunge y COFCO— es comparable con el consumo anual combinado de trigo de Estados Unidos, Reino Unido y Turquía.
La llegada de las corporaciones digitales a la agroindustria
La asociación entre corporaciones digitales y de la agroindustria es más o menos reciente (con Agricultura 4.0, hace aproximadamente 15 años) y, durante la pandemia, las empresas de digitalización se colocaron como las más poderosas de todas. Entre las agroindustrias, las de maquinaria se digitalizaron para volverse más precisas y automatizadas; las de insumos y granos se vincularon a las grandes tecnológicas para que tipos de semillas, agrotóxicos y cuidados pudieran ser prescritos y vigilados automáticamente desde las plataformas corporativas, desde sus centros de datos, satélites y nubes.
Es importante resaltar que las empresas de tecnología digital son recientes en los sistemas alimentarios industriales, proceden con el mero interés de obtener información (porque ese es su capital) y ganancias. Es un fenómeno reciente en la historia de la alimentación que empresas totalmente distintas y distantes de la agricultura y la alimentación tengan hoy una influencia tan grande y puedan dirigir su curso.
El control digital es ahora tan estratégico como el control físico sobre las mercancías alimentarias. Desde plataformas digitales, las agroindustrias oligopólicas pueden acceder a información financiera, tendencias de compra y venta, cálculo de riesgos (ambientales, geopolíticos), seguimiento de las transacciones mediante cadenas de bloques (blockchains). Esto no es solamente para las materias primas (granos o insumos), sino que también pueden vigilar el desarrollo de la siembra y cosecha, el procesamiento y conversión de las materias en abarrotes* para venta al público en los supermercados. Pueden calcular incluso las tendencias de consumo e influir en ellas.
Esta inteligencia comercial exclusiva, inaccesible para los gobiernos o los organismos multilaterales, proporciona a los comerciantes de granos oligopólicos enormes ventajas al tiempo que permanecen al margen del escrutinio público.
* abarrotes: mercancías en conserva para distribuirse al menudeo (latitas de aceites, sopas empacadas, fiambres en bolsitas al vacío, botellas de jugos de frutas...).
En el contexto actual de guerra y de tensiones en el suroeste de Asia y del cierre del estrecho de Ormuz que ya está afectando a envíos de fertilizantes, arroz y granos, ¿qué nos dice esta situación sobre la fragilidad de las cadenas alimentarias globales?
En el caso del cierre del estrecho de Ormuz, la fragilidad de la cadena alimentaria puede verse en tres aspectos:
- El alza en los precios de los combustibles fósiles que pasan por allí (se ha dicho que una cuarta parte del petróleo del mundo), que se usan en todo el sistema industrial de producción de alimentos, desde gasolina para las máquinas y los sistemas de riego al transporte y procesamiento en fábricas, la refrigeración, el empaque en plásticos y la distribución.
- En esa parte del mundo se producen un tercio de los fertilizantes sintéticos. Amoníaco, fosfatos y azufre provienen en gran medida de países del Golfo, y casi la mitad de la urea comercializada a nivel mundial, el fertilizante nitrogenado más utilizado, se produce en esta región. Las variedades comerciales de los cultivos, a diferencia de las variedades campesinas, simplemente no pueden lograrse sin los fertilizantes sintéticos. Como decíamos arriba, los suelos no sirven por sí mismos y las semillas son «adictas» a la aplicación de agrotóxicos externos.
- El estrecho de Ormuz es un ejemplo de cómo se atrofia el paso de mercancías; en este caso, la alarma es porque se detiene el paso de fertilizantes y combustibles, pero las mercancías alimentarias pueden sufrir bloqueos igualmente en rutas marítimas clave, en puertos y rutas terrestres. Durante los confinamientos por covid-19, los canales de distribución de materias primas y comestibles procesados demostraron su inutilidad para llegar a sitios donde estaba experimentándose escasez. Muchos productos tuvieron que tirarse al mar por caducidad; incluso fue imposible reempacar en pequeño la comida para que tuviera salida en los supermercados, porque se paralizó gran parte de la fuerza del trabajo en barcos, puertos, fábricas, carreteras…
En 2024, los comerciantes de materias primas experimentaron cuellos de botella en tres rutas de transporte primordiales:
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- Una grave y prolongada sequía en Centroamérica que agotó los niveles de agua y ahogó el tránsito por el Canal de Panamá.
- Los ataques de los rebeldes hutíes a los buques que cruzaban el Mar Rojo, lo que colapsó el canal de Suez.
- La guerra en Ucrania que tapó las principales rutas de transporte de cereales en el mar Negro.
Los monocultivos, extremadamente vulnerables por su homogeneidad genética y la falta de competencia que otras especies les presenten y las fortalezcan, pueden ser arrasados por plagas como incendio de yerba seca. Un fenómeno climático extremo (heladas, sequías, huracanes) puede terminar con la plantación por lo mismo, por su debilidad. Y el número tan reducido de especies y variedades comerciales en que se enfoca el mercado es en sí mismo un riesgo. No es lo mismo depender de tres cereales en sus variedades de más alto rendimiento que cultivar cientos de especies con sus miles de variedades, como hacen los sistemas alimentarios campesinos.
Además de fortalecer sistemas descentralizados de producción de alimentos, debe restringirse el poder inmenso que tienen las corporaciones agroindustriales.
Frente a este poder oligopólico, proponéis medidas como mayor regulación, transparencia en las reservas de granos y excluir a las corporaciones de los espacios de gobernanza alimentaria. ¿Qué pasos concretos deberían dar los gobiernos para empezar a cambiar este sistema? ¿Cómo las organizaciones y movimientos pueden ejercer presión?
Sin duda, es urgente fortalecer sistemas alimentarios locales basados en la soberanía alimentaria y la agroecología, que reduzcan la dependencia de insumos externos y de mercados globales volátiles, y que permitan construir formas de producción y abastecimiento de alimentos más justas, restaurando los vínculos entre campo y ciudad, reconstituyendo economías locales, la relación entre quienes producen y quienes consumen las cosechas. La soberanía alimentaria se ha vuelto una urgencia ante los giros geopolíticos inesperados y el exacerbamiento del caos climático.
Pero, además de fortalecer sistemas descentralizados de producción de alimentos, debe restringirse el poder inmenso que tienen las corporaciones agroindustriales. Actúan sin freno en la búsqueda de ganancias y violan los derechos humanos desde lo más fundamental, como sería dificultar el derecho a la alimentación, hasta promover agresiones directas en los territorios para expandir sus monocultivos, sometimiento de trabajadores y trabajadoras estacionales y en el procesamiento de las materias primas; violación del derecho al ambiente sano, contaminación de aire, agua y suelos que causa directa mortandad entre la gente que tiene la desgracia de estar cerca de los campos de cultivo de las grandes corporaciones. Es decir, los comerciantes de materias primas agrícolas y empresas asociadas deberían someterse a un marco de responsabilidad corporativa vinculante con respecto a las Naciones Unidas, cobijado en el Consejo de Derechos Humanos, un componente clave que ayudaría a frenar la especulación de las empresas y a hacerlas responsables de los impactos de sus actividades.
También sería importante que las autoridades nacionales e internacionales evitaran que las empresas con intereses creados en la agricultura y la alimentación participen de las negociaciones sobre políticas y gobernanza en materia de alimentación y clima.
Revista SABC

