Michel Pimbert

Artículo originalmente publicado en Agroecology Now (en inglés)

En este extenso artículo, Michel Pimbert, profesor emérito de Agroecología y Política Alimentaria en el Centro para la Agroecología, Agua y Resiliencia, analiza cómo el militarismo moldea los sistemas alimentarios contemporáneos e influye en sus tecnologías, instituciones y repercusiones ecológicas. Expone cómo, para superar estas dinámicas, se requiere construir culturas de paz basadas en la cooperación, el cuidado y el control democrático de los sistemas alimentarios. Estas culturas exigen un profundo aprendizaje organizativo: la capacidad de desaprender hábitos militarizados de jerarquía y control y de cultivar prácticas de escucha, cocreación y transformación no violenta. Al destacar la agroecología y la soberanía alimentaria como vías hacia estos cambios, invita a organizaciones y movimientos a encarnar activamente ese futuro pacífico que buscan promover. ​​

Los informes y las imágenes retransmitidas en directo desde países como Myanmar, Palestina, Sudán y Ucrania no dejan lugar a dudas sobre la escalada de muerte, sufrimiento humano y destrucción causados por las guerras y los conflictos violentos actuales. Por ejemplo, un número inimaginable de mujeres y niños han sido asesinados en la guerra genocida de Israel contra el pueblo palestino en Gaza. El ecocidio —como estrategia militar contra la soberanía alimentaria— ha atacado tierras agrícolas, pozos, olivares y la pesca costera en Gaza, lo que ha provocado innumerables muertes por hambruna y desnutrición, cuyos efectos se dejarán sentir durante generaciones.​

La cultura del militarismo está hoy en todas partes y afecta profundamente a la alimentación, la agricultura y el uso de la tierra. ¿Cómo podrían quienes defienden la agroecología y la soberanía alimentaria rechazar explícitamente las formas abiertas y más sutiles de militarismo en sus propias organizaciones y en su trabajo cotidiano? ¿Qué papel pueden desempeñar —si es que tienen alguno— las organizaciones por la agroecología y la soberanía alimentaria en las transformaciones sistémicas hacia la paz?​

Tras describir brevemente el negocio de la guerra y sus impactos en los sistemas alimentarios, se identifican algunos de los valores culturales de la agroecología y la soberanía alimentaria que cuestionan el militarismo y pueden ayudar a construir culturas de paz. A continuación, se reflexiona sobre cómo estos valores —y las prácticas que generan— podrían fortalecerse mediante procesos de educación popular, reorientación profesional y transformación organizativa dentro de las instituciones y los movimientos que promueven la agroecología y la soberanía alimentaria.​

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Foto: Zaur Ibrahimov

El militarismo y la guerra socavan los sistemas alimentarios

Las guerras y los conflictos armados afectan directamente a la producción, distribución y acceso a los alimentos, ya que se destruyen granjas, mercados y redes de transporte. Las tierras agrícolas a menudo quedan contaminadas o inutilizables durante años: la guerra, literalmente, devasta el medio ambiente y deja un legado tóxico. El desplazamiento forzado por los conflictos aumenta la inseguridad alimentaria, ya que las poblaciones desplazadas suelen tener dificultades para acceder a comida y agua suficientes.

Las bases ecológicas de los sistemas alimentarios también resultan gravemente dañadas por los insumos de la industria armamentística, como los gases neurotóxicos utilizados como insecticidas o las reservas de amonio que, tras la Segunda Guerra Mundial, pasaron de emplearse para fabricar bombas a producir fertilizantes nitrogenados comerciales. A medida que se estrecha el vínculo entre la agricultura y el ejército, aumentan las nuevas tecnologías agrícolas derivadas de armas de destrucción masiva y ciberseguridad: por ejemplo, drones militares usados para pulverizar herbicidas tóxicos en agricultura de precisión, sistemas de vigilancia basados en inteligencia artificial para monitorizar y controlar a los trabajadores y trabajadoras agrícolas, y empresas agroquímicas como Bayer que producen pesticidas agrícolas y fósforo blanco para su uso militar por parte de Israel en Gaza. Las empresas de defensa y personal militar se diversifican activamente en el sector de la agrotecnología como parte de un creciente «complejo agromilitar». A su vez, este uso civil en alimentación y agricultura contribuye significativamente a la mejora y el perfeccionamiento continuo de la tecnología militar.​

 
   El militarismo crea escasez a partir de la abundancia.   
 

Los sistemas alimentarios se ven cada vez más alterados por los impactos ambientales a gran escala del militarismo. La producción y el uso de armas, incluidos los sistemas basados en inteligencia artificial, contribuyen considerablemente al cambio climático, a la pérdida de biodiversidad y a la superación de varios de los límites planetarios seguros para la producción agrícola y la supervivencia de humanos y no humanos. Por ejemplo, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de la industria militar representan aproximadamente el 5,5 % de las emisiones globales. Si se contabilizaran como una sola nación, los ejércitos globales ocuparían el cuarto puesto en el listado de mayores emisores de carbono del planeta. El militarismo depende sistemáticamente de la explotación implacable de la naturaleza para extraer minerales, tierras raras, petróleo y gas, así como tierra y agua, lo que genera una enorme destrucción y contaminación ambiental.​

Pero el negocio de la guerra hoy está en alza: toda esta muerte y destrucción es un excelente indicador para el complejo militar-industrial y sus accionistas. Por ejemplo, los datos muestran que las empresas de defensa británicas han superado a otros sectores, e incluso a sus homólogas en Estados Unidos, particularmente durante la guerra en curso en Ucrania y la guerra de Israel en Gaza. En Estados Unidos, los cinco principales fabricantes de armas —Lockheed Martin, Boeing, Raytheon, General Dynamics y Northrop Grumman— recibieron más de 116.000 millones de dólares en contratos del Pentágono mientras pagaban a sus docenas de ejecutivos principales un total de 287 millones de dólares, según los datos más recientes disponibles. Las universidades se están ‘militarizando’ a medida que nuevas fuentes de financiación vinculan estrechamente el mundo académico y la defensa para aportar conocimiento especializado en tecnología y estrategia militar.

El militarismo crea escasez a partir de la abundancia: vacía las arcas públicas mientras crea desiertos y guerras eternas. En la actualidad, hay más conflictos activos que en ningún otro momento desde la Segunda Guerra Mundial, financiados y abastecidos por un complejo militar-industrial alineado con la agrotecnología. Según las diez principales empresas de gestión de inversiones del mundo —que controlan una enorme parte de la riqueza global (cerca de 50 billones de dólares)—, financiar el complejo militar-industrial-académico es hoy en día la actividad más rentable y lucrativa. Actualmente, se destinan cantidades sin precedentes de fondos públicos y privados a la militarización (preparativos para la guerra, la guerra misma y la reconstrucción posterior al conflicto). La ideología del militarismo, que legitima y glorifica la guerra y la violencia, también se promueve mediante una generosa financiación. El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) estimó el gasto militar global en 2,443 billones de dólares en 2024. Este es el nivel más alto jamás registrado por SIPRI y el mayor aumento anual desde 2009.​

Cada vez más jóvenes y adultos por la paz reclaman desinvertir en la fabricación de armas, así como aplicar boicots y sanciones penales a estados e individuos responsables de genocidios y crímenes de guerra. Dejar de financiar el complejo militar-industrial-académico y redirigir los recursos a producciones socialmente útiles y ambientalmente sostenibles es una idea que gana terreno y constituye un elemento clave para construir culturas de paz.

Sin embargo, el militarismo no puede ««curarse»» simplemente reduciendo la producción y el uso de armas. El militarismo está estrechamente ligado a la historia colonial e imperial, así como a la mentalidad fronteriza del capitalismo y las masculinidades tóxicas. El desarrollo y el uso del poder militar fueron esenciales para la expansión agresiva, la adquisición y el mantenimiento de los imperios coloniales. El militarismo es crucial para justificar y posibilitar el saqueo global de recursos materiales (combustibles fósiles, minerales, tierras raras, biomasa…) cuya extracción se prevé que aumente casi un 60 % respecto a los niveles de 2020 para 2060, pasando de 100 000 a 160 000 millones de toneladas.

Aunque es esencial, el desarme por sí solo no es suficiente. También hay que cambiar la economía política y la mentalidad cultural que generan la guerra y los conflictos violentos, que destruyen la vida y los ecosistemas vitales de tantas personas para enriquecer a unas pocas. Esto exige una transformación holística de estructuras, culturas, instituciones y sistemas de producción en toda la sociedad para construir sistemas sociales de paz.​

¿Qué papel pueden desempeñar las organizaciones y personas que trabajan por la agroecología y la soberanía alimentaria en esta transformación sistémica hacia la paz, si es que tienen alguno?

Cultivar valores decoloniales y no patriarcales

El militarismo es un discurso que glorifica la guerra y la violencia, y que justifica sus medios presentándolos como una batalla justa de la civilización contra la barbarie, mediante narrativas que relacionan colonialismo, patriarcado, racismo y deshumanización del otro. La hegemonía cultural del militarismo impregna la mayoría de las instituciones y organizaciones actuales, incluidas muchas relacionadas con la alimentación, la agricultura y el uso de la tierra.

 
   Aunque es esencial, el desarme por sí solo no es suficiente. También hay que cambiar la economía política y la mentalidad cultural que generan la guerra y los conflictos violentos.   
 

Quienes practican la agroecología y defienden la soberanía alimentaria pueden señalar y rechazar conscientemente los valores y prácticas que favorecen el militarismo y la dominación. Las actitudes, los comportamientos, los saberes y valores que apoyan activamente la paz pueden cultivarse cotidianamente en las universidades, en procesos de formación liderados por el campesinado, en los movimientos sociales y en lo que Grazia Borrini-Feyerabend denomina «territorios de vida». Dos ámbitos destacan especialmente:

1. Erradicar los valores patriarcales y las masculinidades tóxicas

La ideología omnipresente del militarismo puede fomentar de manera insidiosa prácticas patriarcales en la alimentación, la agricultura y el uso de la tierra. Por ejemplo, las masculinidades tóxicas que alimentan el militarismo suelen asociar la identidad masculina con la agresión, la dominación, la fuerza, la autoridad y el poder. Estas actitudes y comportamientos pueden terminar excluyendo enfoques más empáticos y colaborativos, percibidos como menos «masculinos». A su vez, esto puede fomentar culturas de violencia de género y agresión sexual, especialmente cuando las dinámicas de poder se refuerzan mediante la dominación y la agresividad.

El movimiento por la agroecología y la soberanía alimentaria reconoce abiertamente la urgente necesidad de erradicar los valores patriarcales y las masculinidades tóxicas. «Si no erradicamos la violencia hacia las mujeres dentro del movimiento, no avanzaremos en nuestras luchas, y si no creamos nuevas relaciones de género, no podremos construir una nueva sociedad» (La Vía Campesina, 2008). En el movimiento por la soberanía alimentaria, los debates se centran cada vez más en las actitudes, los comportamientos y las prácticas necesarias para fomentar un campo más diverso, no violento e inclusivo, así como en la protección de los derechos LGTBIQ+ en las zonas rurales, con el fin de garantizar un enfoque más inclusivo y no binario frente a la discriminación basada en el sexo y el género.

Del mismo modo, muchas voces académicas y activistas buscan desarraigar el privilegio masculino en sus propios espacios de trabajo, movilizándose contra las siguientes formas de violencia silenciosa:

    • Las mujeres, así como las personas negras, indígenas y racializadas (BIPOC, por sus siglas en inglés),[1] suelen experimentar todo tipo de microagresiones y discriminaciones en la investigación y la docencia universitarias, así como en organizaciones no gubernamentales que trabajan en agroecología y soberanía alimentaria.
    • Los salarios y las oportunidades de progresión profesional de las mujeres y de las personas BIPOC suelen ser significativamente inferiores a los de colegas hombres blancos que desempeñan trabajos similares. Además, pese a algunas excepciones notables, existe una llamativa ausencia de mujeres en posiciones de liderazgo en institutos de investigación y formación en agroecología y soberanía alimentaria, que se acentúa aún más cuando se trata de mujeres BIPOC.
    • Masculinidades islamófobas y racistas que marginan y excluyen a las personas BIPOC y musulmanas al convertirlas en «otras», calificándolas de «bárbaras», «irracionales» o presentándolas como «amenazas» para la civilización occidental.
    • La investigación y la educación popular en agroecología y soberanía alimentaria aún no han adoptado de forma explícita un enfoque de género que permita problematizar las relaciones sociales en contextos patriarcales, pese a la existencia de algunas perspectivas críticas. Tampoco la investigación y la docencia valoran adecuadamente el papel de las mujeres campesinas, ni hacen suficientemente visible la relación entre el trabajo de las mujeres y de los cuidados con la sostenibilidad socioambiental.

Revertir estas discriminaciones contra las mujeres y los distintos grupos étnicos puede contribuir a cuestionar el militarismo y a construir culturas de paz. Las mujeres en posiciones de liderazgo a menudo pueden reducir la probabilidad de conflictos violentos y aumentar las posibilidades de una resolución pacífica de los conflictos existentes. Asimismo, pueden aportar perspectivas distintas sobre lo que significan en la práctica la paz y la sanación del planeta.

2. Cultivar valores para la justicia cognitiva y la descolonización

Las soluciones en agroecología y soberanía alimentaria no se imponen desde arriba como supuestos de superioridad. Se desarrollan a través de diálogos interculturales respetuosos y se construyen a partir de los saberes, las prioridades y la capacidad de innovación de los pueblos. Las personas implicadas en procesos de coinvestigación se consideran sujetos activos y conocedores, con capacidad para producir y validar conocimiento. En la práctica, esto significa que, cuando las y los científicos en agroecología cocrean conocimiento junto con los pueblos indígenas y campesinos, se preocupan de pasar de un modelo de investigación y desarrollo basado en la transferencia de tecnología —que pretende sustituir una forma de conocimiento por otra— a un proceso descentralizado, de abajo hacia arriba y participativo, que valora la cocreación de saberes adaptados a contextos locales singulares.

Las prácticas de la agroecología y la soberanía alimentaria se fundamentan así en la idea de justicia cognitiva: reconocen la existencia de distintos sistemas de conocimiento y su derecho fundamental a existir junto con las ecologías y los territorios de los que dependen para su renovación. Se trata de facilitar un diálogo respetuoso entre saberes plurales, en lugar de negar o imponer un sistema de conocimiento sobre otro.

Sin embargo, muchas actitudes y comportamientos profesionales aprendidos por investigadores y por actores externos con poder suelen perjudicar los procesos de cocreación de conocimiento con pueblos indígenas y campesinos. Por ejemplo, la justicia cognitiva se socava sistemáticamente mediante conductas dominantes y de superioridad, actitudes coloniales y racistas, sexismo y discriminación de género, sesgos elitistas, prácticas de tomar sin dar, la prisa y los enfoques extractivistas. Los prejuicios eurocéntricos —tanto sutiles como explícitos— contra los pueblos árabe-islámicos, así como la deshumanización de los «otros» indígenas por parte de proyectos y Estados coloniales europeos basados en el acaparamiento de tierras (Australia, Israel, América del Norte y Nueva Zelanda), destruyen aún más la posibilidad de una justicia cognitiva entre distintos sistemas de conocimiento. Además, diversas formas de «orientalismo ambiental» y de narrativas de crisis neomalthusianas continúan representando el mundo africano, árabe y asiático como degradado por «nativos ignorantes» y «salvajes ecológicos» incapaces de cuidar la tierra, o incluso como territorios vacíos. En estas lógicas coloniales, los saberes de las mujeres y de otras sexualidades y géneros suelen quedar doblemente invisibilizados.

 
   Las prácticas de la agroecología y la soberanía alimentaria se fundamentan así en la idea de justicia cognitiva: reconocen la existencia de distintos sistemas de conocimiento y su derecho fundamental a existir junto con las ecologías y los territorios de los que dependen para su renovación.   
 

Con demasiada frecuencia, las agroecologías campesinas y los sistemas alimentarios viables se malinterpretan y descuidan porque la comunidad científica y otros profesionales consideran que los conocimientos que los sustentan son infantiles e irracionales. Esto es particularmente evidente allí donde el abastecimiento alimentario y el cuidado de la tierra se basan en una sofisticada ecología centrada en el parentesco, en la que los pueblos indígenas se conciben a sí mismos y a la naturaleza como parte de una familia ecológica extensa que comparte ancestros y orígenes. Las comunidades indígenas sostienen y garantizan su alimentación mediante interacciones culturalmente específicas con sus parientes —que incluyen plantas, animales, el agua y todos los elementos naturales de un ecosistema—. Los juicios de valor polarizantes del supremacismo blanco suelen desacreditar estas cosmovisiones basadas en conocimientos que han permitido a los pueblos indígenas, verdaderos «arquitectos de la abundancia», sostener agroecologías altamente complejas y ricas en biodiversidad en bosques, pastizales, humedales y regiones semiáridas.

En distintos grados, estos valores coloniales y racistas persistentes forman parte de la cultura dominante de las organizaciones que trabajan en medio ambiente y desarrollo; están impregnados en los supuestos de superioridad del ambientalismo y del desarrollismo.

En este contexto, quienes practican la agroecología y defienden la soberanía alimentaria se ven constantemente interpelados a cultivar la empatía, el respeto y la solidaridad en su trabajo y en sus organizaciones, así como en sus relaciones con otros seres humanos y con la naturaleza no humana. Estos son requisitos fundamentales para la justicia cognitiva. Es más, sin estos valores, los prejuicios no solo seguirán socavando la posibilidad de reconocer a la gente común como sujetos conocedores capaces de resolver problemas complejos, sino que continuarán destruyendo el respeto mutuo y la confianza necesarios para construir una paz duradera.

Transformar las organizaciones y aprender para el cambio

¿Cómo pueden promoverse con más fuerza los valores decoloniales y no patriarcales en las organizaciones vinculadas a la agroecología y la soberanía alimentaria? ¿Qué podemos hacer para desaprender actitudes, comportamientos y creencias que se alimentan de estereotipos y del miedo a un «otro irracional» para sostener el militarismo y debilitar las culturas de paz? ¿Cómo pueden estos cambios culturales potenciar las transformaciones estructurales más amplias que impulsan nuestros movimientos?

Cambiar actitudes y patrones de comportamiento arraigados implica, en primer lugar, reconocerlos y admitirlos, y luego abandonarlos mediante procesos de desaprendizaje.

En la práctica, esto significa fortalecer nuestras capacidades en las habilidades participativas, actitudes y comportamientos necesarios para aprender de las personas y trabajar con ellas (escucha mutua, respeto, sensibilidad de género, cooperación, empatía, etc.), descolonizar las metodologías de investigación y participar en procesos horizontales de autoorganización basados en la justicia cognitiva.

 
   Las estructuras verticales pueden considerarse una raíz del militarismo y de la guerra, ya que facilitan el mantenimiento del poder de las élites y reprimen formas no jerárquicas y autosuficientes de interacción humana.   
 

Ejemplos de procesos de aprendizaje que transforman actitudes y comportamientos:

    • Desmontar las mentalidades patriarcales en los hombres. Los movimientos de liberación de las mujeres en la sociedad kurda subrayan la necesidad de reeducar a los hombres. Más allá de simples demandas de mayor igualdad, las mujeres kurdas en el Kurdistán liberado organizan regularmente experiencias formativas dirigidas a hombres, centradas en 5.000 años de hegemonía masculina. Se imparten clases durante semanas, o incluso meses, para quienes se comprometen seriamente con la tarea de «matar y transformar al hombre dominante».
    • Formación práctica en métodos de aprendizaje y acción participativos, con especial atención en transformar las actitudes y comportamientos dominantes de científicos y otros profesionales.
    • Programas de educación popular para desmantelar el racismo, diseñados para garantizar la transmisión intergeneracional de saberes y fortalecer los movimientos por la soberanía alimentaria.
    • Aprendizajes experienciales situados y transformadores mediante investigación-acción participativa (IAP) y diálogos interculturales respetuosos entre pueblos indígenas y científicos.

 

En términos más generales, la experiencia y los aportes de la psicología humanista radical también ofrecen enfoques y métodos para abordar las cuestiones difíciles —y a menudo tabú— del cambio en la orientación vital individual, las actitudes y los comportamientos, así como para el desarrollo de una comprensión empática y la preocupación por las demás personas.

Sin embargo, la reorientación y la formación profesional deben entenderse como parte de un proceso de transformación mucho más amplio, en el que las organizaciones examinen y reconfiguren todos o la mayoría de los aspectos de sus programas y procedimientos para contribuir activamente a la construcción de culturas de paz. Esto es necesario, al menos, por dos razones.

En primer lugar, las estructuras verticales pueden considerarse una raíz del militarismo y de la guerra, ya que facilitan el mantenimiento del poder de las élites y reprimen formas no jerárquicas y autosuficientes de interacción humana. En muchos sentidos, el ejército es, de hecho, un modelo de burocracia.

En segundo lugar, múltiples restricciones socavan la equidad y las relaciones de cuidado dentro de las organizaciones —incluidas las universidades, los departamentos gubernamentales, las organizaciones campesinas y las ONG—. Por ejemplo, tanto las mujeres como las personas negras, indígenas y racializadas suelen encontrarse con que las reglas del juego y sus burocracias están fuertemente sesgadas en su contra, ya que estas se han estructurado históricamente en torno a las necesidades físicas, las capacidades y los intereses políticos de los hombres que las diseñaron en primer lugar.

Fomentar valores no patriarcales y decoloniales, junto con actitudes y comportamientos centrados en las personas, suele implicar cambios fundamentales en los procedimientos operativos, los sistemas de recompensa e incentivos, la cultura organizacional, las trayectorias profesionales y el uso del tiempo y del espacio dentro de las organizaciones que promueven la agroecología y la soberanía alimentaria. Esto supone cambios en:

    • Estilos de liderazgo y gestión: pasar de modelos verticales y centrados en la eficiencia a estilos consultivos y de cuidados. Promover liderazgos participativos en lugar de jerárquicos, masculinistas y basados en el mando y control, así como en culturas de la culpa. Garantizar que los altos cargos directivos y de gestión intermedia estén ocupados por personas facilitadoras competentes del cambio organizacional, con visión, compromiso y capacidad para revertir sesgos discriminatorios presentes en las ideologías, disciplinas y prácticas de la organización.
    • Cultura organizacional y sistemas de valores: transitar de lo orientado a metas y competitivo hacia lo orientado a la calidad y la cooperación. Poner el acento en culturas y valores que reviertan las actitudes coloniales, el racismo, las discriminaciones de género y las narrativas neomalthusianas de crisis ambiental presentes en las ideologías y disciplinas que inspiran a las organizaciones y sus proyectos.
    • Estructuras organizacionales: promover el paso de estructuras jerárquicas y rígidamente burocráticas a organizaciones «planas», autoorganizadas, flexibles y sensibles al contexto.
    • Disposiciones prácticas y uso del espacio y del tiempo: rediseñar los lugares de trabajo para responder a las necesidades diversas de mujeres, hombres, personas BIPOC, personas con discapacidad y personal de mayor edad, y para facilitar el cumplimiento de sus responsabilidades laborales con empatía y cercanía con el campesinado y la ciudadanía (horarios, trayectorias profesionales, jornadas laborales, permisos de paternidad y maternidad, comedores, servicios sanitarios y de cuidado infantil, etc.).
    • Sistemas de incentivos y rendición de cuentas: establecer sistemas equitativos para mujeres y hombres, que no discriminen por raza, etnia, edad, discapacidad u orientación sexual.
    • Gobernanza: diversificar los órganos de gobernanza y los comités de asignación presupuestaria para incluir representantes de diversos grupos ciudadanos y ejes de diferencia en las organizaciones.

El contexto más amplio de la transformación sistémica

Contrarrestar el régimen agroalimentario dominante y la violencia que genera ya es un objetivo de la agroecología emancipadora y transformadora, así como de los movimientos por la soberanía alimentaria con una fuerte dimensión anticolonial y feminista. Sin embargo, si se movilizaran para rechazar de forma consciente y explícita los valores patriarcales, coloniales y capitalistas del militarismo en sus propios espacios de trabajo, podrían contribuir mucho más a la construcción de culturas de paz.

Construir una paz duradera a través de la agroecología y la soberanía alimentaria

Las culturas y prácticas organizativas que cuestionan de manera sistemática los valores del militarismo pueden ampliar enormemente el potencial de construcción de paz de la agroecología y la soberanía alimentaria. Pueden llevar a un nivel radicalmente nuevo en los siguientes ámbitos:

Justicia cognitiva, de género e interseccional: desarrollar y profundizar formas de conocimiento, pedagogías, nuevos saberes, organizaciones, instituciones, políticas y prácticas capaces de cuestionar y revertir la colonialidad, la homofobia, el patriarcado, el orientalismo ambiental y el racismo en sus intersecciones.

Ecologías para la sanación planetaria: reorganizar la base material de los sistemas agroalimentarios a imagen de la naturaleza para reflejar los procesos ecológicos, manteniéndose dentro de los límites planetarios mediante el decrecimiento del consumo de recursos materiales (combustibles fósiles, metales…) en las cadenas de producción y suministro, y regenerando la biodiversidad (genética, de especies y ecológica), la resiliencia y la sostenibilidad, desde las parcelas agrícolas hasta los paisajes.

Economías del cuidado: adoptar formas plurales de intercambio económico (por ejemplo, mercados con y sin dinero, renta básica garantizada) para garantizar el cuidado de la naturaleza humana y no humana, la seguridad material, los medios de vida sostenibles, la solidaridad y el bienestar en sistemas agroalimentarios relocalizados en territorios donde la economía revierte en la sociedad.

Gobernanza democrática: ampliar la participación directa, la voz y la agencia de la población en la gobernanza de los sistemas agroalimentarios. Apoyar activamente procesos deliberativos y arquitecturas de gobernanza diversas en términos de género y etnicidad, que operen de abajo arriba y sitúen a las personas en el centro de la toma de decisiones y de las opciones institucionales, desde lo local hasta lo global.

 

No obstante, los cambios organizacionales a gran escala y los programas de formación aquí propuestos requerirán nuevas fuentes sustanciales de financiación. La agroecología y la soberanía alimentaria continúan estando gravemente infrafinanciadas, pese a la abundancia de recursos disponibles. Acceder a esta financiación implicará: (i) redirigir fondos, subsidios e investigación que hoy se destinan mayoritariamente a los sistemas agroalimentarios industriales; y (ii) utilizar la política fiscal para movilizar recursos hasta ahora desaprovechados, lo que incluye gravar la riqueza global y las ganancias extraordinarias corporativas, abolir los paraísos fiscales y otras vías de evasión fiscal, reducir el gasto militar y cancelar las deudas de los países con ingresos bajos.

 
   Hay que utilizar la política fiscal para movilizar recursos hasta ahora no aprovechados —incluida la tributación de la riqueza global, la abolición de los paraísos fiscales, la reducción del gasto militar y la cancelación de las deudas de los países de bajos ingresos.   
 

Las luchas pasadas y presentes que tratan de reconvertir la producción militar hacia fines pacíficos pueden inspirar a una nueva generación de activistas de la agroecología y la soberanía alimentaria. Por ejemplo, el plan de los trabajadores de Lucas Aerospace para una producción socialmente útil es un ejemplo emblemático de cómo las y los trabajadores han intentado erradicar el militarismo en sus lugares de trabajo recuperando el control sobre la producción de conocimiento y sus formas de trabajar. Las ideas subyacentes a este plan hoy siguen plenamente vigentes para construir culturas de paz.

Inevitablemente, las transformaciones organizacionales y los esfuerzos que subvierten el militarismo, las pirámides de poder y la economía de guerra encontrarán una resistencia considerable. Los cambios significativos dependerán de que los movimientos por la agroecología y la soberanía alimentaria desarrollen alianzas más amplias y un fuerte contrapoder frente a las plutocracias.

¡Construir la paz ya!

Las alianzas entre ciudadanía, organizaciones campesinas, la academia y el sector educativo están bien posicionadas para elaborar poderosas contranarrativas frente a la economía de guerra y el militarismo. Académicas, activistas, campesinado, movimientos juveniles y y movimientos sociales que luchan por la agroecología y la soberanía alimentaria pueden cultivar y movilizar intencionalmente valores para la paz en sus propias organizaciones y formas de trabajo. En muchos sentidos, se trata de predicar con el ejemplo de la empatía, el amor radical y la solidaridad con la naturaleza humana y no humana.

«La paz debe construirse; hay que tejer redes de convivencia, humanizar allí donde ha habido deshumanización y despolarizar allí donde ha habido polarización» (Galtung, 2011).


Referencias

Galtung, J. (2011). Peace and Conflict Studies as Political Activity. En T. Matyók, J. Senehi y S. Byrne (eds.). Critical Issues in Peace and Conflict Studies. Theory, Practice, and Pedagogy. Lexington Books.

La Vía Campesina. (2008, 18 de octubre). Declaración de la III Asamblea de las Mujeres de La Vía Campesina. Maputo, Mozambique. https://viacampesina.org/es/declaracie-la-iii-asamblea-de-las-mujeres-lvc/

Michel Pimbert

Profesor emérito de Agroecología y Política Alimentaria
Centre for Agroecology, Water and Resilience | Coventry University, Reino Unido
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[1]    El acrónimo BIPOC se ha popularizado sobre todo en EE. UU. gracias al BIPOC Project.

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