La Muyadila
Cuando hablamos de crisis ecológica, tendemos a percibirla como un problema, pero frecuentemente experimentamos una extraña desconexión entre la preocupación y la responsabilidad personal. Se repite constantemente que nuestras acciones individuales tienen poco impacto frente a las grandes estructuras económicas y políticas que destruyen el planeta, lo que genera una sensación de impotencia. Sin embargo, pocas veces nos cuestionamos cómo nuestras creencias y raíces espirituales moldean nuestra relación con la naturaleza. Este artículo explora precisamente esa intersección.

Foto: Serhat Aktepe
El islam es una de las tres religiones monoteístas que concibe la naturaleza como creación divina que debe ser cuidada. Nuestro gran desconocimiento de esta cosmovisión puede fomentar los clichés, mantener la distancia con la comunidad musulmana e incluso fomentar el odio hacia las personas que profesamos esta manera de estar en el mundo. El islam es una tradición que ha mantenido una relación profunda entre lo sagrado y la tierra. A diferencia de visiones que separan lo material de lo divino, el islam construye su ética precisamente en la intersección entre lo espiritual, las prácticas de adoración y la política. Entender esta conexión es fundamental para repensar cómo enfrentamos los desafíos ambientales y sociales que afronta la humanidad hoy.
El monoteísmo islámico
Primero y fundamental, vamos a abordar el concepto que estructura todos los demás: el tawhid, la unicidad de Dios. Afirmar que Dios es uno significa reconocer que toda la realidad proviene de una única fuente divina y, por tanto, constituye un todo coherente e interconectado. Esta es la implicación más profunda del monoteísmo islámico.
La naturaleza, las decisiones políticas, la economía y la vida espiritual forman parte de un único tejido interconectado.
No existe un mundo «divino» separado del mundo «material»: la naturaleza, las decisiones políticas, la economía y la vida espiritual forman parte de un único tejido interconectado. La tierra no es un escenario neutral donde la política y la espiritualidad coexisten de manera independiente, sino un espacio donde ambas dimensiones son inseparables: son facetas distintas de una realidad única.
Los teólogos musulmanes clásicos desarrollaron una idea profunda sobre la espiritualidad de la creación. Siglos atrás, proponían la idea de que Dios comunicó Su mensaje de dos formas distintas: a través de la revelación textual, que es el Corán, libro sagrado para los musulmanes; y a través de la creación misma. Esto significa que la naturaleza en su totalidad constituye un segundo mensaje divino.
Estas dos maneras en las que Dios transmitió el mensaje los eruditos del islam las distinguían como dos tipos de signos divinos: los signos coránicos y los signos del cosmos. La naturaleza entera, entonces, es un mensaje que comunica la presencia de Dios. Los cielos, los ríos, los animales, los ciclos diarios no son meramente decoración o recursos para la explotación humana. Su creación nos invita a reflexionar y reconocer la sabiduría que los sustenta.
Los cielos, los ríos, los animales, los ciclos diarios no son meramente decoración o recursos para la explotación humana.
Para estos teólogos, describir la creación como teofanía, es decir, esta manifestación directa de lo divino, implicaba que cada elemento natural refleja uno o varios de los atributos divinos: por ejemplo, una montaña puede reflejar majestuosidad, el océano podría entenderse como manifestación de generosidad infinita, etc. En toda la creación podemos observar diferentes atributos divinos y por ello es importante que el musulmán acuda a la naturaleza para observarla y relacionarse con ella porque es un espejo en el que puede contemplar la divinidad.
La humanidad como custodia de la tierra
Pero si toda la creación comunica la presencia divina, ¿qué responsabilidad tiene el ser humano frente a este mensaje? ¿Acaso somos apenas espectadores, o participantes activos en su preservación? Aquí emerge el concepto de khalifa. El Corán describe a la humanidad como «administradora» o «custodia» en la tierra, nunca como propietaria absoluta. El mundo pertenece a Dios; las personas simplemente lo gestionan en Su nombre. Esto, como podemos imaginar, implica una paradoja fundamental: simultáneamente, libertad para usar los recursos y responsabilidad absoluta por las consecuencias de ese uso.
El daño ecológico trasciende lo técnico y se convierte en algo profundamente moral: es el incumplimiento de un pacto sagrado adquirido ante Dios.
En la tradición islámica, estos recursos constituyen una amanah, literalmente, una confianza que Dios deposita en la humanidad. Pero es una prueba, un examen por el cual será cuestionada el día del Juicio. Por eso el ser humano debe actuar con responsabilidad respecto a lo que le ha sido confiado. Aceptar la amanah islámicamente es asumir una carga moral ineludible.
El daño ecológico trasciende lo técnico y se convierte en algo profundamente moral: es el incumplimiento de un pacto sagrado adquirido ante Dios. Aquí radica una diferencia fundamental: Mientras que desde una perspectiva secular la crisis ambiental es un problema técnico, desde la cosmovisión islámica adquiere dimensión moral, ya que no es solo falla de política pública, sino incumplimiento de la responsabilidad del khalifah con Dios y el resto de la creación. Esto último cobra una especial relevancia cuando dirigimos la mirada hacia las generaciones futuras. Las decisiones que tomamos hoy en materia de clima, biodiversidad, contaminación del agua y degradación del suelo afectarán a quienes aún no han nacido. En la cosmovisión islámica, esa responsabilidad hacia el futuro adquiere una profundidad adicional: se conecta directamente con la rendición de cuentas ante Dios.
La tradición profética de Muhammad —PyB— estableció normas sobre el respeto a los árboles, al agua y a los animales siglos antes de que existieran las legislaciones contemporáneas sobre bienestar animal o sostenibilidad. Aunque cada época debe responder con las herramientas de que dispone, lo que resulta innegable es que la tradición islámica revela una responsabilidad profunda hacia los animales y el conjunto de la creación. Lo que constituye el núcleo de una ética ecológica reconoce en cada ser viviente un valor intrínseco, no meramente instrumental. Esto contrasta radicalmente con perspectivas antropocéntricas que reducen la naturaleza a un simple recurso, a un medio sin valor propio más allá de su utilidad para los seres humanos.
Esta responsabilidad del khalifah se fundamenta en un concepto coránico crucial: el mizan, el equilibrio. Dios ha creado el universo en perfecto equilibrio. El Corán subraya que este balance no debe ser transgredido. Cuando la actividad humana lo rompe, se habla de fasad, corrupción, que es violación de la amanah.
La crisis ecológica es una crisis de alma
Un elemento central que vincula la espiritualidad con la práctica cotidiana es la creencia de que «toda la tierra es un masjid», una mezquita. Esto significa que un musulmán puede dirigirse a Dios en cualquier lugar, sin necesidad de espacios sagrados construidos. Pero hay más: en el islam, cuando una persona desea realizar la oración, debe purificarse mediante la ablución, es decir, lavarse ciertas partes del cuerpo. Sin embargo, si no tiene acceso al agua, existe una alternativa prescrita en la ley islámica: el tayammum, frotar las manos con tierra, piedra, árbol, etc. como acto purificador.
Entonces, para la persona musulmana, la tierra misma purifica y, con este reconocimiento teológico, sabemos que la creación es un agente activo en el encuentro espiritual. Y es precisamente en este espacio donde los musulmanes cumplimos con la oración, el pilar central de la práctica espiritual.
Sin embargo, aquí el discurso no se queda en lo individual. La tradición islámica también inscribe estas ideas en la vida colectiva. La ummah, la comunidad, tiene responsabilidad compartida sobre el uso de la tierra. Esto significa que la política forma parte del campo donde se juega la fidelidad a estos principios. Si la tierra es lugar de oración, las leyes que permiten o frenan su destrucción tienen un peso que trasciende lo técnico o económico, entran en territorio moral y espiritual. De tal forma, la tradición diferencia entre lo que se puede poseer como propiedad privada y aquellos recursos considerados, bienes comunes. El agua, ciertos pastos, espacios necesarios para la vida colectiva no pueden ser apropiados de forma que se prive a otros de su acceso básico. Esto cuestiona directamente modelos económicos que convierten todo en mercancía, desde el agua hasta las semillas. Una política que privatiza completamente un recurso imprescindible, impidiendo acceso a los más vulnerables, se percibe desde la perspectiva islámica como injusta, aunque sea legal según marcos normativos contemporáneos.
Algunos de los mayores productores de emisiones de carbono y degradación ambiental se encuentran precisamente en países de mayoría islámica.
La ética islámica propone un estilo de vida moderado. Frente al paradigma materialista y consumista que domina el mundo moderno, ofrece una visión donde proteger la naturaleza responde a una obligación moral y espiritual profunda, una obligación hacia el Creador y Su creación.
Lamentablemente, existe una contradicción profunda en el mundo musulmán contemporáneo. Muchos musulmanes no logran escapar de la trampa del consumismo, y algunos de los mayores productores de emisiones de carbono y degradación ambiental se encuentran precisamente en países de mayoría islámica.
Nuestros rituales brillan en las mezquitas, pero ¿transforman realmente cómo vivimos fuera de ellas? ¿Cuestionamos nuestros hábitos de consumo, la huella que dejamos? Uno de los maestros más grandes de la tradición islámica es Al-Ghazali y advertía que no se conoce a alguien por su devoción formal, sino por cómo actúa en lo mundano, cuando nadie mira y el interés material tienta.
La crisis ecológica desde el punto de vista de una persona musulmana es una crisis de alma; hemos olvidado que el universo es un texto divino. Reintegrar esta mirada significa reconocer tres verdades: primero, la tierra no nos pertenece; somos custodios de ella; segundo, somos responsables ante la ley divina que juzga a través del tiempo; tercero, cada decisión es adoración o traición. Cuidar la tierra no es algo opcional, sino una obligación y el corazón de la espiritualidad islámica.
Instagram: @lamuyadila
Este artículo cuenta con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo