Resistencia negra y cuir en la cocina
Alessia Paola Sciacca
Entre el olor del campo gaditano, las manos que amasan y las historias que se comparten alrededor de una mesa, la cocina forma parte de un escenario en el que la memoria encuentra un refugio antirracista. Desde ahí nace Cuchara Queer, una performance que convierte la pasta en un lenguaje para conversar sobre las raíces afroindígenas, de una identidad marcada por el racismo y la disidencia.
Todo empieza con Juani y nuestros paseos que huelen a tabaco de liar, azahar y abono por los campos gaditanos, entre Barbate y Tarifa.
Ella, mi mejor amiga, que a sus 67 años me enseña que no hay carrera que compre la inteligencia emocional, que un corazón puro vale más que mil másteres y que no hace falta haber nacido en una gran metrópoli para tener una mente abierta.
En nuestras charlas-terapia, un día empieza a contarme cómo las mujeres de su barrio campero se encontraban en la cocina para guisar, amasar y luchar.
Las cocinas, en aquel entonces, eran espacios seguros para estas mujeres.
Un lugar donde, a través del acto de cocinar, se compartían rabias, alegrías, risas, llantos y vulnerabilidades.
La cocina como ritual de sanación. La cocina como resistencia.
Cuando volví a pisar «mi cocina» trabajando como chef privada, me di cuenta de que, aunque en mis platos había mucha abundancia de producto de calidad, al mismo tiempo había mucha pobreza en su mensaje.
Una comida orgánica y gourmet para gente blanca y privilegiada, en la que, además, yo, mujer cuir y afroindígena descendiente, no me veía representada en absoluto.
Mis primeros pasos en la cocina comenzaron en un proyecto de permacultura en Vejer de la Frontera, donde tuve el privilegio de crear platos a partir de lo que nos ofrecía la huerta ecológica del proyecto.
Me enamoré de esta forma de cocinar: una cocina conectada con el territorio, con las estaciones y con la consciencia. Una cocina que no empieza en una receta, sino en la tierra; en observar, escuchar y dejarse guiar por lo que cada momento del año tiene para ofrecer.
Pero también descubrí que la cocina está profundamente conectada con la comunidad. No solo alimenta nuestros cuerpos: alimenta nuestras redes, nuestros espacios compartidos, nuestras conversaciones y nuestros presentes.
El privilegio de cocinar
Cocinar juntas y juntos ha sido, durante siglos, una manera de encontrarnos, de cuidarnos, de transmitir conocimientos, de compartir historias y de construir comunidad.
Entonces, ¿cómo podía ser que un acto tan completo, tan orgánico y tan antiguo, hubiera ido perdiendo su lugar en una actualidad cada vez más individualista y, a veces, tan triste?
Y ahí nació la gran pregunta:
¿Cómo puedo transformar algo que se ha convertido en un privilegio, como cocinar, en algo comunitario y disidente para personas cuir y racializadas?
Me da mucha tristeza tener que utilizar las palabras cocinar y privilegio juntas.
Pero es la realidad en la que vivimos.
Las personas que sufrimos las consecuencias de un sistema capitalista y de la explotación laboral muchas veces no tenemos ni el tiempo ni los recursos económicos para procesar nuestra propia comida, y mucho menos para acceder a productos ecológicos y libres de venenos.
Yo misma, siendo profesional de la cocina, me encuentro con que mi situación como madre de familia monomarental no siempre me permite acceder a aquello que defiendo. Y es muy triste comprobar que alimentarse de forma saludable, consciente y respetuosa se ha convertido en un lujo para unas pocas personas.
Amasar la propia historia
Aquella pregunta se transformó en una necesidad. Y aquella necesidad cogió cuerpo en el proyecto Cuchara Queer. Elegí la performance como lenguaje artístico y decidí mezclarla con la cocina, haciendo honor a mi tierra natal, Italia, a través de la creación de pasta fresca y honrando mis raíces afroindígenas brasileñas al rescatar elementos del chamanismo de mi abuela y sus lenguajes para definir los detalles de la performance.
Quise crear algo que representara mi propia manera de estar en la cocina: un espacio donde, entre amasar y estirar, mis pensamientos fueran construyendo un mapa de mi vida sobre la masa.
El arte me parece una forma muy potente de comunicación porque se abre a los lenguajes de todes. No necesita seguir una única regla para llegar a alguien. Puede atravesarnos desde nuestra propia historia, desde aquello que sentimos, desde aquello que somos.
La creación de la pasta fresca se une entonces a la vida y crea un hilo conductor entre manos que amasan y corazones que sienten. Llevo a la mesa mi historia personal. La historia de cómo una niña negra creció en un mundo de supremacía blanca sin apenas referencias afro a su alrededor, y de cómo esa ausencia también construyó una parte de la relación con su propia identidad.
Hablo de cómo una niña lesbiana creció en un mundo heteronormativo y homófobo, y de cómo eso también dejó huella. Hablo de la gran mentira de que el racismo ya no existe. Y hablo de cómo esa mentira sigue afectando a mi vida.
Rescatar la memoria robada
Las referencias afroindígenas que atraviesan esta performance no están pensadas como folclore.
Porque, para mí, llamar «folclore» a determinadas expresiones de los pueblos indígenas y afrodescendientes puede convertirse en una forma de borrar todo lo que existe detrás: historia, memoria, espiritualidad, conocimiento, resistencia y lucha.
Una vestimenta indígena no es un disfraz.
Un ritual no es un show.
Un canto no es entretenimiento.
Un baile no es un espectáculo.
Son lenguajes vivos. Son memoria. Son formas de conocimiento que han sobrevivido a siglos de violencia, colonización y despojo.
Por eso no quiero utilizar estas referencias para decorar una performance ni para construir una estética «exótica». Quiero acercarme a ellas desde el respeto, la conciencia y el reconocimiento de las historias que contienen.
Quiero rescatar aquello que se me ha robado y ocultado por parte de mi familia blanca.
Durante demasiado tiempo, muchas de estas prácticas fueron arrancadas de sus contextos, convertidas en espectáculo y consumidas como algo pintoresco por una mirada blanca y colonial.
Y ahí es donde para mí está la diferencia:
No quiero representar una cultura.
Quiero reconocer una memoria.
No quiero disfrazarme de una historia que no me pertenece.
Quiero honrar las raíces que forman parte de la mía.