Maria Sanz
En el Estado español, el sexilio se entiende como un éxodo rural, de los pueblos hacia las ciudades, motivado por la orientación sexual o la identidad de género. En la práctica, sin embargo, la idea del sexilio tiene matices y zonas grises, y escapa a la dicotomía campo-ciudad. Personas y colectivos disidentes repartidos por todo el territorio se organizan para reivindicar los pueblos como espacios habitables para las personas cuir, sin perder de vista los desafíos que plantean.

Espectáculo en el Serrana Cuir de Chelva de 2025. Foto: Raquel Fontanal
Hablar de sexilio es hablar de destierro, de pérdida, de desplazamiento. Implica, también, hacerse muchas preguntas sobre qué significan conceptos como «origen» o «pertenencia». ¿Es algo que tiene que ver con nuestro lugar de nacimiento, con el territorio en el que crecimos o la lengua que hablamos? ¿O tiene que ver con quienes consideramos nuestros pares, con quienes podemos expresarnos plenamente, con los códigos que manejamos o los espacios en los que nos encontramos? ¿O tal vez la pertenencia sea un lugar al que no se llega nunca, como una aspiración o un espejismo?
La propuesta, en este texto, es huir de las dicotomías para explorar las intersecciones. Como el binarismo de género, que constriñe nuestras posibilidades de ser a solo dos categorías —opuestas, irreales y mutuamente excluyentes—, los binomios campo-ciudad o rural-urbano ni reflejan la diversidad ni nos permiten dudar, cuestionar, asomarnos a las grietas y a las posibilidades.
En el Estado español, el sexilio se entiende como un movimiento desde un pueblo a una ciudad mediana o grande, motivado por la identidad de género o por la orientación sexual. Según esta definición, la persona sexiliada decide trasladarse desde su lugar de origen debido al rechazo que sufre por no encajar en una norma cisgénero o heterosexual.
La realidad devuelve una foto más compleja. «La motivación de la migración (en personas LGTBIQA+ que se mueven hacia poblaciones más grandes) es multifactorial. En la mayor parte de los casos, es una combinación de factores: por estudios, por trabajo… Menos del 1 % de la gente se traslada solo porque sufre LGTBIfobia», expresa Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz, investigadore y docente en la Universidade de Santiago de Compostela.
Domínguez Ruiz es coautore —junto con la consultora Fresno— del informe «Sexilio en España», publicado en 2025 por el Ministerio de Igualdad. A través de este estudio, se propuso analizar el fenómeno del sexilio y averiguar si era una posible causa de despoblación rural.
Uno de los primeros hallazgos de este estudio fue que la satisfacción de las personas LGTBIQA+ no cambia con respecto al lugar de residencia —excepto en el caso del ocio, en el que se perciben menos alternativas en contextos rurales. Tampoco se observa que haya entornos que sean más violentos que otros. «Vemos que cambia el tipo de violencias que se reciben. Por ejemplo, en ciudades medianas o grandes hay más casos de violencia física, mientras que en poblaciones más pequeñas es más frecuente el acoso», explica le investigadore.
Añade que, en lugares menos poblados, pueden darse dinámicas de «mayor control social», mientras que en núcleos más grandes prevalece «el anonimato». «No hemos encontrado que una opción sea mejor que la otra. Todo depende del encaje con la persona y con sus necesidades y prioridades vitales, que van cambiando», observa Domínguez Ruiz.
El anonimato es positivo para quien tiene privilegios, pero las personas migrantes ven que es inhumano.
Para Jordi Coch, geógrafo e investigador, «el anonimato es positivo para quien tiene privilegios, pero las personas migrantes ven que es inhumano». Opina que las ciudades se han caracterizado como «espacios de libertad» para personas LGTBIQA+ «blancas y europeas», pero muchas veces se convierten en «un mar de tiburones» que encierra «precarización, falta de trabajo y de vivienda y dinámicas de explotación», especialmente para personas racializadas o que proceden de fuera de Europa.
En los espacios rurales, sin embargo, Coch observa que existe «mayor proximidad» entre vecines y esto supone «una oportunidad para el arraigo social» de personas migradas. Desde este punto de vista, Coch trabaja como técnico del proyecto «Comunitats Rurals Queer», que la asociación Mixité desarrolla en dos localidades de la provincia de Girona: Ripoll y Campdevànol.
Este proyecto proporciona alternativas de vivienda y de empleo a personas LGTBIQA+ migradas, refugiadas o solicitantes de asilo, y les ofrece un acompañamiento para la inserción laboral y social. También trabajan con las comunidades de acogida, por ejemplo, a través de actividades de sensibilización en institutos.
«La presencia de personas disidentes en estos lugares muestra un paisaje alternativo. A las personas jóvenes, que están construyendo su identidad, les demuestra que tienen alternativas», expresa Coch.
Migración y atención sanitaria
Otro de los motivos específicos para el sexilio que se destacan en el estudio del Ministerio de Igualdad son los temas médicos o sanitarios: iniciar un proceso de transición de género apoyado por hormonación o cirugías; tener mejor acceso a la profilaxis preexposición a infecciones de transmisión sexual (PrEP) o mejorar el seguimiento médico en personas que viven con VIH, entre otras situaciones.
En algunos territorios, como Catalunya, se ha avanzado en la descentralización de servicios específicos, como el servei Trànsit de atención a personas trans, que desde Barcelona se ha extendido a poblaciones más pequeñas como Badalona, Girona, Lleida, Manresa, Reus, Sabadell o Terrassa.
Para Unai Garzón, una persona trans que vive en Sant Hilari Sacalm (Girona), contar con una unidad de Trànsit en una ciudad cercana ha sido importante, pero destaca aún más «la suerte de contar con el apoyo» de su familia para desplazarse a las citas o acompañarle en su proceso de transición. Esto ha sido crucial, ya que, según dice, el transporte público en la zona es muy deficiente, y su red de apoyo en el pueblo no es muy numerosa.
En los espacios rurales, existe «mayor proximidad» entre vecines y esto supone «una oportunidad para el arraigo social» de personas migradas.
Precisamente para poner en contacto a otras personas trans y no binarias de la zona y construir comunidad, Garzón impulsa el festival Fada Fornida, que en julio celebra su tercera edición. Es un espacio autogestionado que «nació de la necesidad de hablar» y que hoy incluye performances, música y otras actuaciones artísticas.
«El objetivo del festival va cambiando en función de las necesidades. El primer año se trataba de tener un espacio de encuentro; el segundo, de hacernos visibles. Por eso, cambiamos la ubicación, desde un parque a la plaza del pueblo, para que la gente se topase con el festival, para dejar de autosegregarnos», explica Estel· Juvanteny, otra de las personas organizadoras del Fada Fornida.
Memoria y territorio
Este año, la meta del festival es conectarse y hacer memoria de las personas cuir relacionadas con el pueblo, por ejemplo, a través de talleres y de un acuerdo con el archivo municipal. También se busca establecer conexiones con movimientos ecologistas de Les Guilleries, la sierra cercana al pueblo. Juvanteny recuerda, por ejemplo, las movilizaciones contra la extracción de uranio en la zona o las protestas contra la MAT, la línea de Muy Alta Tensión que pretendía atravesar el territorio y que contó con la resistencia de vecines que lograron paralizar el proyecto.
Además de reivindicar este legado, el Fada Fornida quiere tender puentes con otras luchas por el territorio, como la de quienes se oponen a que empresas embotelladoras sigan extrayendo agua de los pozos del parque natural del Montseny. También busca vincularse a las luchas antirracistas y recuperar la memoria antifascista, especialmente ante la amenaza de organizaciones de extrema derecha.
Juvanteny lamenta, sin embargo, el «desgaste y el agotamiento» que supone, para las personas cuir, sostener el activismo y enfrentar la incomprensión. «Cuando vives en el pueblo, la paciencia y la capacidad pedagógica son menores que cuando no estás todo el tiempo allí. Te toca construir un muro de contención ante la ignorancia», afirma.
Para él, «no se trata de estigmatizar los entornos rurales», pero sí de reconocer que, para las personas disidentes que viven allí, «la dificultad para tener una vida con dignidad, una vida deseada, es más elevada».
Regresos y reconciliaciones
Como en toda migración, uno de los interrogantes que plantea el sexilio es el de si existe o no la posibilidad del regreso. Ese regreso al lugar de origen es lo que el estudio del Ministerio llama «trayectorias circulares». Dice Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz que, generalmente, quien retorna lo hace porque siente que cambió lo suficiente como persona, o que el lugar de origen se modificó hasta convertirse en «un lugar donde volver».
En estos casos cobran mucha importancia los factores laborales, y también hay casos de retorno por cuidados familiares. Advierte, sin embargo, que en contextos de mucha polarización política o con gobiernos de extrema derecha, las personas sexiliadas no ven el retorno como una opción.
Para Estel· Juvanteny, que creció en Sant Hilari y dejó el pueblo a los 18 años, volver aún no es una posibilidad. Durante la pandemia de la covid-19 regresó y se quedó algunos meses, pero volvió a marcharse. «No he conseguido nunca volver para quedarme. Ganas no me faltan, porque siento que pertenezco mucho, pero no he encontrado la posibilidad. Del pueblo envidio respirar menos contaminación, ir al bosque o consumir determinados productos. Pero, por otro lado, allí no tendría la red que tengo ahora», reconoce.
Para algunes, el camino incluye paradas intermedias. María, una de las personas que organizan el festival Cameros Cuir, dice que ha logrado sentirse en casa en un pueblo que no es el suyo. Nieva de Cameros, un municipio de menos de cien habitantes en La Rioja, acoge desde 2024 un «festival autogestionado para celebrar la pluma rural». Para María, que vivió el sexilio desde un pueblo de Córdoba hacia Madrid, el festival es un espacio rural en el que puede vivir su identidad de manera cómoda. «Para mí es una forma de reconciliarme con mi propio proceso de sexilio», reflexiona.
Sandra, otra de las personas de la organización del evento que sí creció en Nieva, cree que el sexilio tiene muchas capas. «Muches hemos salido de nuestros pueblos para buscar nuestra identidad, sin ser demasiado conscientes de que nos estábamos sexiliando. No era solo el componente de, por ejemplo, ser lesbiana, el que nos estaba expulsando de ciertos lugares. Es un sistema, un entramado, el que nos hace buscar nuevas maneras de vivir y, al mismo tiempo, hace que no nos sintamos del todo cómodes en las ciudades. Por ejemplo, gente que viene de movimientos anarquistas, que no entiende una estructura monógama o una estructura familiar fija… Quizá en un principio el sexilio sí es por la identidad (sexual o de género), pero luego se complejiza, y la posibilidad del retorno ya no tiene que ver solo con esa identidad, sino con una nueva manera de entender temas como la vivienda o el trabajo», expresa.
Este texto acaba aquí, sin conclusiones ni respuestas cerradas, en un territorio intermedio.
Un territorio intermedio que no busca ni romantizar los pueblos como paraísos amables y tolerantes, ni demonizarlos como infiernos retrógrados y conservadores.
Un territorio intermedio que reconoce el potencial de las ciudades como refugio para las disidencias, pero que huye del homonacionalismo que las presenta como mecas de libertad para personas LGTBIQA+. (Véase el caso del pinkwashing que vende a Tel Aviv como destino turístico gay y maquilla de «tolerancia» a un estado genocida, o el de los Gay Games celebrados en junio en Valencia, en la misma comunidad autónoma en la que los acuerdos de PP y Vox han vaciado de contenido la ley trans autonómica).
Quizá sea en estos territorios intermedios, lejos de falsos dilemas y tomando un desvío de estereotipos y propagandas, donde las disidencias podemos encontrar lugares en los que establecernos. Hasta que decidamos —quizá— volver a marcharnos. Y esta vez —ojalá— sin exilio ni desarraigo.