Entrevista a Laura Aceituno Mata
Vera Bartolomé Díaz
Madrid es un territorio hostil para las iniciativas agroecológicas. El acceso a la tierra es difícil, la cultura comunitaria está amenazada constantemente, el tejido agrario está deshilachado. Pero allí habitan iniciativas como La Troje, que rescata las semillas locales y las distribuye por cientos de huertos en la Sierra de Madrid y más allá. Entrevistamos a una de sus fundadoras.
La Troje surge como asociación en 2004, a partir de un grupo de unas quince personas de los movimientos sociales de Madrid que se fueron a vivir a la Sierra Norte. Algunas estaban en proyectos agrarios colectivos, otras tenían su propia huerta, pero a todas les encantaba escuchar a la gente mayor que llevaba allí viviendo toda la vida, que les regalaban semillas y les enseñaban a injertar. Se dieron cuenta de que esa cultura campesina se estaba perdiendo, así que se propusieron rescatar esas variedades tradicionales y esos saberes y volver a darles vida.
El cuello de botella para que esas semillas locales volvieran a cultivarse era que no había plantel, así que pidieron una ayuda europea y montaron un invernadero para producirlo. Para poder mantener las variedades, los primeros años crearon una red de personas que sacaban semilla en sus huertos. Además, para difundir la importancia de todo esto, pusieron en marcha una parte cultural, organizando catas y ferias agroecológicas, devolviendo la agricultura a las plazas. Con el tiempo se fueron profesionalizando en la producción artesanal de semillas, frutales y plantel de hortaliza. La gente de la sierra ha confiado en ellas y esa red ha ido creciendo hasta hoy, que son más de 3000 personas colaboradoras.
Sola no, con amigas sí.
Qué: La Troje, asociación para la recuperación de semillas, frutales y saberes campesinos.
Dónde: El Berrueco. Sierra Norte de Madrid.
Cuándo: Desde 2004
Quiénes: Un grupo de afinidad procedente de movimientos sociales de la ciudad de Madrid que fueron a vivir a la Sierra.
Por qué: Por la necesidad de rescatar el legado de la gestión campesina de la biodiversidad
Para qué: Para crear alternativas que permitan la subsistencia en el mundo rural.
Este tirar del hilo del legado campesino era entonces parte de la tesis de Laura Aceituno Mata, una de las fundadoras de La Troje. Aunque criada en Madrid capital, se mudó a la Sierra Norte hace 25 años, donde comenzó su trabajo de investigación sobre las semillas y saberes tradicionales serranos. Actualmente es investigadora del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC). Tiene una hija que ha crecido entre gallinas, tomateras y una comunidad de amigas. Nos recibe en su huerto.
La Troje ha conseguido recuperar gran cantidad de variedades de semillas locales, ¿cómo llegan a vuestras manos?
Vienen sobre todo de regalos e intercambios, como se ha hecho toda la vida. Tenemos más de doscientas variedades diferentes en el catálogo y más de la mitad son variedades tradicionales de Madrid o alrededores. Cuando estaba haciendo la tesis, a la gente mayor le gustaba mucho hablar de semillas antiguas y todo el mundo quería compartirlas; me contaban cómo cultivarlas, cocinarlas, conservarlas. Esas semillas habían sido su forma de subsistencia. Me acuerdo de Eusebia, en Puebla de la Sierra, que tenía en un zaguán un banco de semillas, como un tesoro, con las judías en botes de Nescafé. Si ella y muchas otras no hubieran hecho esa tarea de hormiguitas año tras año, no habríamos podido recuperarlas.
Muchas de estas variedades no están registradas porque no encajan en los moldes de la administración, son semillas «sin papeles».
Por suerte, llegamos a la Sierra en un momento en el que todavía mucha de esta gente vivía. Esa generación vivió de lo que daba la tierra hasta los años sesenta; apenas compraban alimentos. Había que tender un puente entre esa agricultura de subsistencia y la agricultura actual para que ese legado siguiera vivo. Ahora estas variedades se cultivan por todo Madrid, Segovia, Guadalajara, sobre todo las Castillas, pero incluso han viajado a Mauritania y Palestina. Creo que hemos conseguido construir ese puente, pero es importante seguir manteniéndolo.

Laura Aceituno. Foto: La Troje
Sin embargo, La Troje no es solo un banco de semillas o una asociación que hace plantel para vender, ¿qué más os enreda?
La actividad de La Troje se ha ido diversificando. Llevamos más de ocho años muy implicadas en la educación de calle en los pueblos de la Sierra, trabajando sobre todo con jóvenes en situación de vulnerabilidad, con sus familias y con la infancia. En estos pueblos hay pocos espacios para la adolescencia, así que hicimos una propuesta de intervención social a largo plazo para generar vínculos y detectar necesidades, y a partir de ahí se hacen acompañamientos individuales para situaciones de violencia de género, absentismo, consumo de drogas o salud mental.
También apostamos por crear tejido social en torno a la agroecología. Por ejemplo, este año hemos empezado un proyecto de custodia de frutales tradicionales en la Sierra del Rincón, con personas de aquí que tienen tierras y también nuevas pobladoras sin tierras propias. Es una comunidad de aprendizaje en la que se comprometen a cuidar de un banco de frutales descentralizado.
Además, llevamos varios años con proyectos de ciencia comunitaria junto con la cooperativa Germinando, para conocer más sobre el potencial agronómico y culinario de las plantas silvestres comestibles y las variedades locales. Hemos implicado a gente de todas las edades: alumnado de FP, escuelas de primaria, centros de adultos, proyectos productivos, profesionales de la cocina y mucha gente de la red de huertos colaboradores de la Troje. Después de tres años, han participado más de 3800 personas en ensayos de cultivo, catas y elaboración de platos con estas plantas olvidadas.
En muchos ámbitos, la profesionalización implica empezar a convivir con la administración pública. ¿Cómo lo lleváis? ¿Qué obstáculos encontráis?
Al producir semilla y plantel con variedades tradicionales y de forma artesanal, nos encontramos con varios escollos legales. El primero es que muchas de estas variedades no están registradas porque no encajan en los moldes de la administración, son semillas «sin papeles». Son muy heterogéneas genéticamente porque son fruto de la selección campesina durante siglos, y esto es justamente lo que las hace interesantes para la agroecología.
Los obstáculos que pone la legislación sobre las semillas tienen un origen similar al cercamiento de los comunes. La biodiversidad cultivada es patrimonio común porque la han creado generaciones de campesinas. La Revolución Verde permitió que las grandes empresas de semillas pudieran tener derechos de propiedad sobre las variedades que mejoraban. Pero del genoma de un tomate mejorado por la agricultura industrial, un porcentaje enorme es la herencia genética creada por miles de campesinas. Al privatizar las semillas, se apropian del comunal. Cuando se puso en marcha esta maquinaria, empezó la erosión genética, la pérdida rapidísima de variedades. Y los colectivos que queremos seguir reproduciendo las semillas como un bien comunal, vemos cómo la normativa nos pone trabas, cuando debería apoyarnos.
Del genoma de un tomate mejorado por la agricultura industrial, un porcentaje enorme es la herencia genética creada por miles de campesinas.
Por otro lado, trabajamos a pequeña escala y de forma artesanal, sin invertir en maquinaria, sino más bien con tecnología autoproducida de bajo coste. Esto no encaja en la lógica de la administración, que nos exige las mismas instalaciones que a una gran empresa de semillas. En Catalunya o Baleares se ha conseguido legalizar la actividad a pequeña escala porque la administración pone de su parte, pero en Madrid no.
Así que, ante esa hostilidad, decidimos continuar a nuestra manera, arropadas por una red amplia de personas colaboradoras que se dan de alta en la web para poder acceder a la distribución del plantel, la semilla y los frutales. Esta red nos ha permitido sobrevivir muchos años siendo fieles a nuestros principios: ser pequeñas y diversas, como las semillas.
¿Cómo ha ido evolucionando en estos años el grupo humano que conforma La Troje?
El colectivo ha ido cambiando, con un núcleo que llevamos más o menos desde el principio. La producción de variedades locales sigue siendo el centro de la actividad, pero han ido surgiendo nuevas áreas, como la intervención social, la formación en agroecología, la ciencia ciudadana… En los últimos años ha entrado gente nueva que refuerza la parte más social y participativa de lo que hacemos. Que ahora seamos un equipo estable de 8 personas me da muchísima alegría. La idea original era crear algo que permaneciera en el tiempo, echar raíces en la Sierra, por eso nuestro lema es «Sembrando raíces, cultivando diversidad». Estar tan cerca de la ciudad tiene pros y contras, pero gracias a nuestra cultura asociativa y vínculos con la ciudad, La Troje ha sido viable y se ha podido sostener en el tiempo, creando nuevas simbiosis.

Con el plantel. Foto: La Troje
A nivel interno, ¿qué retos habéis enfrentado?
Un reto compartido entre quienes nos dedicamos a la agroecología es la precariedad de los proyectos pequeños: combinar la búsqueda de viabilidad e ideales, lo que convierte gran parte del trabajo en activismo. Eso ha ido mejorando, pero en su momento impidió que gente joven quisiera o pudiera incorporarse, porque nos costaba conseguir recursos como para, por ejemplo, tener una baja. Un camino que hemos encontrado ha sido generar alianzas con entidades de la Sierra, como Roble Moreno, o cooperativas como Germinando, para conseguir proyectos más ambiciosos con condiciones más justas.
Otro reto que nunca acaba son las relaciones humanas, los conflictos y su gestión. Ha habido momentos en los que el proyecto se tambaleaba. Las que empezamos esta andadura no hemos crecido utilizando herramientas de facilitación; hemos ido aprendiendo sobre la marcha, apoyadas por compañeras como la Red de Semillas de Aragón.
También hemos bebido de la cultura serrana, que nos ha enseñado «a no poner todos los huevos en la misma cesta». Hacemos cosas diversas para que el proyecto siga siendo viable, desde lo agrícola a lo social, la formación o la investigación. Esto ha mejorado la sostenibilidad económica, pero también ha traído tensiones, porque la agricultura siempre está infravalorada. En la Troje nos apasiona lo que hacemos, nos lo creemos. En los momentos duros, mucha gente te dice «déjalo ya»; pero es que no puedes, forma parte de tu identidad.
Para afrontar estos retos, se agradece que entre gente con otro bagaje, de la que se aprende mucho en términos de comunicación, buen trato, transparencia, respeto… Es savia nueva que nos reaviva.
¿Qué le dice vuestro proyecto al momento de «capitalismo tardío» en que vivimos?
Yo creo que estamos siguiendo la estrategia de la lombriz; habitamos las rendijas, no somos muy visibles, pero seguimos compostando los deshechos del sistema capitalista, esas semillas que ya no se valoran o esos saberes y formas de hacer olvidados. Trabajamos en ese lugar que no llama la atención porque apenas se ve, pero vamos haciendo un trabajillo que, cuando pasa el tiempo, crea fertilidad y buena vida.
Vera Bartolomé Díaz
Socióloga y activista