La agricultura como campo de cultivo para el activismo cotidiano
eco del rocío
Hoy soy jornalere y aprendiz de agricultore de almendros, entre varias otras cosas. A veces, une chique hace lo que puede con tal de evitar firmar un contrato que malvende sus horas de vida, le ata a horarios laborales y vestimenta y le subyuga a medrar la cuenta bancaria de un jefe convencional.


Le autore de pequeñe junto a su abuelo. Fotos del archivo familiar
Siendo jornalerx, en el campo se trabaja a temporadas, sin ataduras y, lo más importante, la pequeña agricultora y el pequeño agricultor doblan el lomo y echan más horas que nadie; es otra especie de jefe. Dentro del contexto capitalista en el que vivimos y en una situación de cierta estabilidad sociopolítica, son otros sectores los que se priorizan, con mejor aceptación social y, con diferencia, mejor valorados económicamente que la agricultura. Pero la agricultura trasciende esa estabilidad; es una necesidad básica y mantenernos a flote es revolucionario.
Desde bebé ya estaba bajo las parras de la viña. Tan pronto mi madre se recuperó de su cesárea, volvió a trabajar y yo nunca tuve niñerx ni fui a guardería; mis adres me llevaban a la viña con ellxs. En la infancia a veces les acompañaba a derroñar, despampanar, despuntar, a ir a partir el agua o hacer los caballones para regar a manta, en los cuales disfrutaba de ponerme como un oso de barro en el bancal. Íbamos a coger olivas o me enterraba entre las almendras en el almacén; era como una gigantesca piscina de bolas que pinchaban y picaban.
La agricultura trasciende esa estabilidad; es una necesidad básica y mantenernos a flote es revolucionario.
En retrospectiva, ojalá hubiera valorado su labor social y la importancia de su trabajo de sol a sol y de domingo a domingo mucho antes, pero en la escuela era impopular ser de familia agricultora y la presión social pasa factura incluso en edades tempranas. Hoy en día, veo que son como hormiguitas, que han de ahorrar todo el año por si la cosecha del año siguiente sale mal, que en la casa no se tira nada porque se sabe el esfuerzo que conlleva todo, que somos la base de la cadena alimentaria, que aquí seguimos el legado mediterráneo, fenicio y andalusí al cultivar olivos, almendros y viña en el Vinalopó Mitjà y naranjos, arcasiles, limoneros, higueras, algodón y granaos en la huerta de la Vega Baja. Que mantenemos vivas prácticas milenarias, tecnologías de riego y de cultivo que se han utilizado en estas mismas tierras durante siglos.

Pequeñas revoluciones
Tras casi 10 años de vivir y estudiar fuera del país, de trabajar brevemente en hostelería y más extensamente en una oficina de diseño gráfico, y tras politizarme dentro de los movimientos sociales antirracistas, transfeministas y antiespeculativos de la floreciente escena okupa de Países Bajos, finalmente volví a «la terreta». Volví, además, tras aproximadamente 7 años de proceso para conseguir realizarme una doble mastectomía con una terrible disforia física, y fueron mis amigues, mis adres y mi trabajo en el campo los que lo hicieron posible. Volví al campo y el campo volvió para quedarse. Desafortunadamente, la gente de los pueblos cercanos que me conocía desde pequeñe, a mi vuelta, creó ciertos bulos transfóbicos. A estas alturas no me afecta, pero sí me entristece que nuestro género, nuestro cuerpo o nuestra disforia se conviertan en objeto de mentiras y cuchicheos.
Analizo lo que conlleva compartir horas frente a frente, pero sin vernos por tener los rostros divididos por un manto de pámpanos de viña, sarmientos y uva. Se asemeja un poco al concepto de confesionario de una iglesia, pero al otro lado hay otrx jorlanere o el jefe dispuestx a escuchar. Las largas horas y los movimientos monótonos del trabajo en la viña son un campo de cultivo para el activismo cotidiano. Con paciencia y cuidado van surgiendo temas, vas tanteando las tendencias y el ideario político de la persona que tienes enfrente y, migaja a migaja, se llega a generar cierta confianza. Tras largas conversaciones, se consiguen desmitificar prejuicios asociados al género, a la sexualidad, la migración, el colonialismo, la islamofobia o al eurocentrismo. Cuando una persona con quien trabajo comienza a tratarme en género neutro, pese a nunca haber tenido contacto con alguien no binarie, o cuando deja de utilizar palabras despectivas hacia personas racializadas y las sustituye por su nombre, son pequeñas revoluciones.
Las largas horas y los movimientos monótonos del trabajo en la viña son un campo de cultivo para el activismo cotidiano.
Para mí el bancal es también un terreno fértil de ideas, al permitirme poner el foco y profundizar conjuntamente en ciertos conceptos que a menudo no se hablan fuera de los círculos cuir. Las perspectivas de mis compañeres son a menudo sorprendentes y demuelen prejuicios que yo también albergo, además de lo muchísimo que aprendo de la experiencia, valiosos trucos y técnicas de quienes más conocen el campo y quienes saben leer las nubes. He trabajado con vecinxs de derechas, quienes, irónicamente, a cambio de mi trabajo, contribuyeron a pagar mi mastectomía. He sentido gran euforia de género al realizar tareas de fuerza que sorprenden al señoro o cuando me buscan para trabajos que tradicionalmente se han asociado a los hombres cisgénero. Hay personas con quienes he llegado a puntos en común, pero también a muchos otros puntos en los que incansablemente debatiremos sin llegar a un entendimiento. Y, pese a mi gran rechazo a las derechas más rancias, a día de hoy me enriquece más seguir en esto, compartir tiempo batallando con ellxs y, después, compartir el almuerzo a la sombra ―porque estamos igual de cansadxs―, que vivir bienvestide, perfumade y alejade de esta realidad. Además, son una minoría, porque en realidad la mayor parte de personas con quienes trabajo son marroquíes y gitanxs, la mayoría cishetero, aunque también algunxs cuir; con elles he cantado, reído, llorado y profundizado en debates las largas horas bajo el sol. Así, trabajando, crecemos mutuamente en riqueza moral y política por nuestras experiencias relatadas.

Etiquetas obsoletas
Veo claro el paralelismo que dibujo entre esta ocupación, oficio o más bien necesidad social y la experiencia cuir. La agricultura es un trabajo de exploración y aprendizaje constante y, en la práctica, cada planta o árbol tiene sus particularidades individuales, aunque simultáneamente funcionen también como colectivo. Algo así es, en mi experiencia, el navegar y conocer tu propio género, el cual es único y diferente al del resto de personas, pero también se comprende colectivamente.
La experiencia cuir dentro de una sociedad heteronormativa, binaria y patriarcal crea la necesidad de describir nuestra vivencia personal con etiquetas cada vez más variadas. Esto es una consecuencia directa de haber encasillado el género y la sexualidad en categorías genéricas y «universales» —hombre, mujer, heterosexual— que no comprenden la diversidad de expresiones que puede tomar el género de una persona o la sexualidad de cada individuo. Todo esto es algo que, si de verdad quisiéramos describir, toda etiqueta quedaría obsoleta, pues cada persona vive su género y su sexualidad con sus propias particularidades y de manera específica. Esto trasciende el «espectro cuir» pues incluso una mujer cisgénero y otra no tendrán la misma experiencia de lo que es ser mujer o a qué niveles expresan lo que ellas comprenden como feminidad o masculinidad. En la agricultura se entiende que cada planta tiene sus propias necesidades y que, pese a que ciertos trabajos se aplican a casi todas por igual, en muchas otras tareas, como la poda (lo que en esta zona llamamos escombrar), es única para cada una de ellas y no valen esquemas genéricos. Lo que hay que hacer en ese caso es observar con paciencia, aprender con el tiempo y la práctica de qué necesita cada planta, ya sea abrir el interior para que pase más luz solar, prepararla para que se cubra una zona más o despejar otra, acortar las ramas por arriba o favorecer el crecimiento de nuevas ramas.
Cada persona vive su género y su sexualidad con sus propias particularidades y de manera específica.
Tras más de 30 años realizando estos trabajos que tanto creo conocer, pero de los que me queda casi todo por aprender, lo comparo también con la experiencia de género. Esta puede ser cambiante en el tiempo y creo que no se llega nunca a conocer su esencia, pues el mero hecho de encasillarla y nombrarla es una invención humana. La infinita diversidad de género y sexualidad no cabe en ningún armario, de la misma forma en la que no se pueden poner puertas al campo.
eco del rocío
Jornalere, ilustradore, estudiante de árabe y activista cuir antisionista