Amal Tarbift
Marta Álvarez lleva 27 años viviendo en una aldea de A Ulloa. Ganadera ecológica y lesbiana declarada de toda la vida, su Granxa Maruxa fue semilla del Agrocuir, un festival que ha convertido el rural gallego en referente de diversidad cuir, defensa del territorio y cuidados.

Marta Álvarez abrazando un carballo. Foto: Amal Tarbift
Dejó atrás Vigo para irse a la tierra de su padre, por amor, sin saber ordeñar una vaca. Décadas después, sigue allí: al frente de una granja ecológica, una línea de cosméticos elaborados con leche de sus propias vacas, inventando bálsamos labiales de flor de grelo y soñando una hidratante vaginal de avena que llamará «hidrocona». Por el camino, también ayudó a inventar el festival Agrocuir, y cuida un bosque de robles centenarios dedicados a mujeres que la inspiran, entre ellas la primera mujer trans de la comarca, y le plantó cara, junto a miles de gallegos, a la multinacional de la celulosa ALTRI. Todo esto en una aldea gallega, siendo lesbiana declarada desde siempre y sin internet en la granja durante años.
«Lo cuir lo llevo dentro», asiente sonriente y orgullosa. Y la agroecología la fue aprendiendo sobre la marcha con la naturaleza, las vacas y el vecindario como únicos maestros. Sus vacas holandesas llegaron hace años «como si vinieran de la peluquería, con los rabos rizados», recuerda, pero en Galicia «se les derritió el pelo y aprendieron el gallego».
Cuando cuidas la tierra, cuando cuidas a las personas, aprendes también a escuchar.
La Granxa Maruxa, ese «pequeño paraíso», es un espacio productivo, y al mismo tiempo un lugar de memoria cuir rural, semilla de lo que hoy es el Agrocuir. El campo siempre fue diverso. Solo faltaba celebrarlo.
Un infarto la obligó a parar, a bajar el ritmo y a replantearse el futuro de todo lo que había construido. Y lo que surgió de esa pausa para nada fue el fin, sino imaginarse una nueva dirección futura para cuando «no esté»: convertir la granja y sus veinte hectáreas en una fundación y refugio LGTBIQA+. «Una buena cosa», dice ella.
Granxa Maruxa fue semilla del Agrocuir: ¿cómo nació allí ese primer encuentro y qué necesidades venía a nombrar o cubrir en un mundo rural donde parecía que ciertas vidas no tenían lugar?
Pues fue un poco por casualidad. Yo había organizado un festival en mi granja, el Monterrosón, y justo entonces vinieron unos amigos que querían hacer el festival Agrocuir en Palas. Cuando llegaron y vieron el sitio, dijeron: «Hombre, el espacio más adecuado para un festival agrícola y cuir es una granja de verdad, con una mujer lesbiana declarada de toda la vida». Así surgió.
Detrás de esa casualidad había una necesidad real: si vivimos en el rural y somos diversas, ¿por qué tenemos que irnos a una ciudad a celebrar nuestra forma de vida? La celebración tendría que poder ocurrir en nuestro hábitat, en el lugar donde también somos naturales.
¿Cómo se vive el día a día entre la granja, la gente que ha ido llegando a la comarca y todo lo que supuso plantar cara a Altri?
Todo cae por su propio peso, realmente. Mi padre nació aquí. Llevo 55 años viniendo y 27 viviendo. Y si trabajas en el campo, lo primero es cuidar la tierra; eso me parece lo mínimo. Si la trabajas y la cuidas, ella te lo da todo, así que no concibo otra forma de hacerlo que no sea desde la agroecología.
A partir de ahí, todo surgió a través de la gente que se fue incorporando. Esta comarca, A Ulloa, tiene un atractivo casi telúrico. También pasa el Camino de Santiago por Palas de Rei, y eso ha traído varias oleadas de personas que eligieron quedarse, habitar el territorio desde el respeto y con conciencia: sin especulación, aprovechando lo que tenemos y cuidándolo.
Eso se demostró muy claramente con la macrocelulosa de Altri que querían instalar aquí. Fue una historia preciosa ver cómo toda la gente de la comarca salimos de nuestra madriguera para unirnos y hacer una piña. Estaban en peligro proyectos agroecológicos y culturales muy valiosos, una forma de vida muy especial que se está construyendo aquí. Y salimos todes a defenderla, a defender el territorio y lo que somos.

Marta Álvarez recordando los inicios de la granja. Foto: Roberta Sario

La vaquería convertida en una sala de concierto. Foto: Roberta Sario
Esa defensa del territorio, ¿hasta dónde llega? ¿Puede dialogar y convivir el conflicto con los cuidados, o en algún momento hay que elegir?
El diálogo es lo más importante para todo en la vida, y al final siempre se acaba dialogando, no queda otra. Pero claro, también depende de cómo actúes y de dónde te plantes. Toda la gente que estamos aquí en la comarca somos muy dialogantes, y creo que eso tiene que ver con la forma en que habitamos este territorio, con esa conciencia de la que hablaba antes. Cuando cuidas la tierra, cuando cuidas a las personas, aprendes también a escuchar.
Ahora bien, el diálogo tiene un límite. Si lo de las macrocelulosas hubiera seguido adelante, yo habría sido la primera en plantarme y en ir a la cárcel si hacía falta. Porque total, mi forma de vida se iba a destruir de todas formas, así que cambio de vida, me voy a una cárcel de mujeres y a ver qué pasa (ríe). Malo sería que no montáramos allí algún tipo de asociación. Pero sí, con el diálogo se llega a todo, siempre que haya voluntad real de escuchar.
El cuidado del que hablas tiene una dimensión muy concreta: lo que produces y cómo lo produces. Desde la granja agroecológica, ¿qué relación ves entre soberanía alimentaria y diversidad, entre quien produce los alimentos y las formas de vida que pueden arraigarse en el rural?
Es fundamental saber de dónde proceden los alimentos que consumimos, y creo que muchísima gente cambiaría sus hábitos si lo supiera. Algo tan cotidiano como elegir qué leche comprar marca una diferencia enorme: no tiene nada que ver una leche pasteurizada en envase de vidrio retornable, que va a viajar como máximo cien kilómetros, con lo que hay detrás de una gran industria. Detrás de esa leche hay toda una historia de mujeres cuidando nuestro territorio, nuestras tierras, nuestros animales, nuestra forma de producir.
Cuando consumes, ingieres ese alimento, vas a tener ese buen rollo que llega. Estás ayudando a pequeñas granjas y fincas, que somos las que de verdad estamos cuidando el territorio y el paisaje. Estoy totalmente en contra de las macrogranjas, de ese maltrato animal; es una locura, y hay que cambiar eso.
Porque nosotras, granjas como Granxa Maruxa, Sen máis o Milhulloa, estamos fijando población de calidad en el rural. Y además nos hemos ido cuidando entre nosotras: hemos tejido una red alucinante de ayudas y apoyos y de poder llorar muchas veces, porque el sector primario, por desgracia, siempre es el primero en recibir los golpes, el primero al que hacen lo que quieren. Y sin embargo, somos las que ponemos la comida en la mesa.
Esa red de cuidados se ha ido construyendo con el tiempo. Llega gente nueva, otra se va, porque al final el propio territorio va expulsando y acogiendo a quienes hacemos eso: red, ayuda, cuidados y ecología.

Foto: Roberta Sario
Y después de todo este camino, ¿qué falta todavía para que vivir en el rural siendo una persona cuir no sea una excepción?
La comarca es muy abierta, la verdad. Yo he vivido esa evolución desde dentro: fui de las primeras lesbianas declaradas aquí en el rural, hace ya muchísimos años, y no era tan fácil como es ahora. Pero había que hacerlo, porque es mi forma de ser y yo no voy a cambiar. Si acaso, tendré que educar al resto, hacerles ver que cada persona tiene su propia vida.
Con respecto a cuidados, creo que la comarca está bastante preparada. De hecho, está viniendo muchísima gente cuir a vivir aquí. Los problemas que quedan son los de siempre, los que afectan al rural en general: falta de infraestructuras. El transporte, por ejemplo, es un problema serio. En el rural tienes que tener coche sí o sí, cuando deberíamos poder tener algún tipo de transporte público que nos permitiera consumir menos. Y luego está el tema de la electricidad: en un polígono puedes enchufar lo que quieras, montarte una fábrica entera, y aquí en el rural, si no te llega la potencia, tienes que comprarte el transformador y pagarle una pasta a Fenosa. Cosas que no tienen ningún sentido, porque al final estamos hablando de los mismos derechos y los mismos servicios que en cualquier otro sitio.
Pero todo se puede conseguir, y se está trabajando en ello. El camino está andado, solo falta que las condiciones acompañen.
¿Y tuviste referentes para construir esa forma de vida, o la fuiste inventando sobre la marcha?
Lo cuir lo llevo dentro, eso nació en mí y es mi forma de expresarme. La agroecología, en cambio, fue aprendizaje puro. Hace 27 años no había prácticamente mujeres visibles en el rural: íbamos a las reuniones de agricultores y éramos el 2 %. Aprendí sola, sin internet, con la naturaleza, las vacas y los vecinos como únicos maestros.
No es tanto ser valiente, es simplemente ser tú misma.
Ahora hay un cambio radical y es una alegría ver cuántas mujeres son visibles, porque llevamos toda la vida ahí, pero escondidas. Y creo que tiene sentido: las mujeres siempre hemos sido cuidadoras, y eso se nota también con la tierra y los animales. En los partos de las vacas, aunque yo no haya sido madre, te solidarizas de otra manera. Intentas que paran solas, que estén fuertes, musculadas, con la vida que tienen esos músculos para hacer su función. Al principio me faltaba experiencia y los vecinos llegaban gritando, asustados, pero creo que las mujeres somos un poco más cuidadosas en esas cosas. En muchas cosas, vaya.
Hablas de visibilidad, de dar ese paso. ¿Qué les dirías a quienes todavía no se atreven, a las que siguen escondidas, armariadas en sus pueblos?
La verdad es que el primer problema lo tuve conmigo misma. Ser lesbiana, ostras, qué difícil, casi más fácil seguir la norma. Pero hay cosas que no se pueden evitar, afortunadamente. Y no es tanto ser valiente, es simplemente ser tú misma.
A mí me afectaban los comentarios, las miradas. Pero cuando empecé a sentirme segura conmigo misma, algo se transformó. Ese cambio interior es tan necesario, tan necesario, porque cuando lo das, la gente deja de mirarte, deja de comentar. Y si lo hace, ya casi te hace gracia. Piensas: me estás nombrando, qué bien.
Con 55 años que tengo, la diferencia se nota. Pero también estamos en un momento con esta entrada de la ultraderecha que me está asustando muchísimo, y no podemos dar marcha atrás, al contrario. De hecho, hubo un momento en que pensamos en dejar el festival, por falta de tiempo, por cansancio. Y dijimos: de eso nada. No podemos permitirnos retroceder con todos los derechos que se habían conseguido, no podemos quedarnos calladas ante los discursos de odio, las palizas, las historias que estamos viviendo. Hay que seguir con más fuerza. Y para quien esté pasándolo mal, que sepa que hay redes, que hay maneras, que no está sola. Podemos ayudarnos y tirar para adelante.
Agrocuir: celebrar y reivindicar un rural vivo y diverso
El Festival Agrocuir es un evento autogestionado que se realiza cada verano en el rural lucense para celebrar la diversidad sexual, de género y afectiva. Reivindica valores como el ecologismo, el feminismo, la comunidad y el patrimonio material e inmaterial del medio rural. Son dos días de música, baile, teatro, cuentacuentos, talleres, mesas redondas… en los que cada año se propone una temática, como la memoria, que fue el eje central de la pasada edición (2025).
Todas sus actividades se enmarcan en Monterroso, buscando recuperar espacios naturales a los que dar una nueva vida desde el cuidado y la sostenibilidad. Como no podía ser de otra forma, es una celebración popular, que bebe de las romerías tradicionales, generando espacios diurnos y nocturnos para dar cabida a un encuentro intergeneracional que combina, con respeto, las tradiciones culturales como los cantos de taberna con otras expresiones artísticas más innovadoras y alternativas. Como este es un festival sin ánimo de lucro, no se cobra entrada, por lo que se financia con el apoyo de la propia comunidad, que también se implica en una red de voluntariado coordinada por el colectivo organizador, poniendo una especial atención en los cuidados para que el espacio sea lo más seguro y accesible posible para todas las personas, independientemente de quiénes sean, cómo sean o de dónde sean.