Reseña de Niñapájaroglaciar, de Mariana Matija (Almadía, 2025)
Bernabé Naharro Sanz

«Hay más cosas en el mundo, además del ruido».
Es lo que Mariana Matija recordó el día que liberó a una reinita canadiense de una caja de hormigón en la que había quedado atrapada. En aquel momento no sabía qué pájaro era. Fue después, de vuelta en casa, cuando la identificó en un libro donde pudo leer que era un ave poco común que solo se veía entre noviembre y enero. Era el mes de abril y el encuentro había sido un momento de belleza en el que su corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro.
Cada paisaje tiene una narrativa propia de la que podemos aprender y nutrirnos.
Las montañas, las nubes, los árboles o los pájaros de nuestro entorno acostumbran a habitar los márgenes de nuestra atención por formar parte del paisaje de nuestra cotidianidad. Podemos pasarnos la vida sin preocuparnos por saber qué árbol es aquel que nos cruzamos cada día del camino al trabajo o quiénes lo habitan, porque desde niños nos enseñaron a concebir el paisaje «como algo trivial, un adorno, una colección de cosas que están “afuera” y de las que se puede prescindir».
Pero lo cierto es que cada paisaje tiene una narrativa propia de la que podemos aprender y nutrirnos.
Publicado por la editorial Almadía, Niñapájaroglaciar es un hermoso ensayo que nos invita a dedicar atención a todas esas cosas cotidianas que acostumbramos a ignorar —«porque eso es lo que pasa con las cosas cotidianas, incluso con las más hermosas y sobre todo con las más necesarias»— y damos por hecho que siempre estarán ahí. Y lo hace a partir de los recuerdos que Mariana tiene de los seres vivos que la han acompañado y de los lugares que ha habitado y visitado a lo largo de su vida, en un relato poético de profunda sensibilidad donde podemos seguir cómo fue desarrollando una relación más horizontal e íntima con la naturaleza que no ha hecho más que enriquecer su vida.
Todo habla, solo que no todos los lenguajes tienen letras.
Así, a través de su particular forma de ver el mundo, nos muestra, por ejemplo, que en una ciudad en la que vives descontenta, escuchar el canto de cierto pájaro puede transportarte al pasado feliz de tus veranos y hacerte sentir que no estás sola. O que, en tu esfuerzo por no parecer débil durante el ascenso de una montaña, la misma montaña puede hacerte comprender que está bien caminar despacio, no te estás perdiendo nada por parar a respirar. También que el jugo de determinada fruta es capaz de decirte que las cosas más ricas son las que no se pueden comprar, así como cambiar su sabor para siempre cuando talan el árbol que te alimentó. O que cada elemento natural extinto es la extinción de una manera específica en la que nos habla la Tierra y ya no podremos saber lo que animales como el dodo o el tilacino podían decirnos, así como pronto tampoco aprender lo que esas maravillosas rarezas que son los glaciares tropicales puedan enseñarnos.
Porque «todo habla», afirma la autora, solo que «no todos los lenguajes tienen letras».
Hemos de cultivar de forma significativa nuestros vínculos con la naturaleza a partir de la atención, el cuidado y el asombro.
El amor, la identidad, las palabras humanas, el sentido de pertenencia o el dolor de la ausencia son algunos otros temas sobre los que se reflexiona. También el denominado síndrome de línea de base cambiante, que nos lleva a asumir cualquier nueva normalidad siempre y cuando vaya apareciendo lo suficientemente lenta. A este respecto escribe: «Lo que nos parece normal depende directamente de lo que hemos podido ver en nuestra vida —que es cortísima comparada con la vida de la Tierra— y de la capacidad que tenemos para acostumbrarnos a cualquier nueva normalidad. Eso quiere decir, también, que tenemos una gran capacidad para acostumbrarnos al empobrecimiento de la Tierra, que es, por supuesto, nuestro empobrecimiento».
Pero la premisa principal del libro es que hemos de cultivar de forma significativa nuestros vínculos con la naturaleza a partir de la atención, el cuidado y el asombro. Algo que Mariana lleva años promoviendo y —está convencida— es un deseo intrínseco a todos los humanos sin importar lo desenraizados que podamos sentirnos.
Porque, como bien dice, «todo lo vivo recuerda cómo hacer raíces».
Niñapájaroglaciar es una carta de amor al mundo natural escrita desde la herida y la incertidumbre de «si la Tierra va a ser capaz de guardar su música». Una obra que no solo nos recuerda que hay más cosas en el mundo además del ruido, sino también que «en medio del ruido de la destrucción de todo, del zumbido, la belleza sigue apareciendo. Sigue naciendo. Sigue reproduciéndose».
Y solo por eso, en estos tiempos que vivimos, ya me parece valiosa y necesaria.
Las personas que fabrican armas, dice, tienen almas y estas se pueden curar con la poesía: «No tiene tanta fuerza como las balas, pero sí la suficiente como para perdurar en el tiempo y en la memoria».
Bernabé Naharro Sanz
Librero y narrador