Breve manifiesto para una desobediencia común
Teresa Maestre Díaz
Mirando al trigal de lejos, algo se mueve. Alguien observa. En el suelo, un pájaro salta y tumba las plantas, repite el movimiento varias veces, como bailando, y abre un claro en el bosque.
Quien observa desde lejos —aunque no tan lejos como para no darse cuenta— ve un pájaro salir volando. Al rato vuelve, lleva algo en el pico. El pájaro cubre con hierba el montón de cañas y se tumba a esperar. Allí, a una distancia prudente, alguien también espera.
Los días siguientes otro pájaro se suma al primero. Sabe que es otro porque es más pequeño y tiene
otro color. Lo llama Cenizo. Es época de cría, eso también lo sabe. Lo sabe porque todos los años por estas fechas observa, lejos pero no mucho, la misma escena. Los pájaros se multiplican: entraron dos, pero saldrán más.
En este trigal siempre salen más. En otros, sin embargo, la máquina no distinguirá el grano del huevo. No dejará la distancia prudente
para que la avaricia no vacíe el nido.

El lomo de una vaca es también un espacio de ayuda mutua. Foto: Teresa Maestre Díaz
Existe una forma de manejo del campo que permite una cierta simbiosis entre el agroecosistema y el ecosistema, entre lo artificial y lo natural, entre lo domesticado y lo salvaje. En los huecos del tronco de un olivo viejo, en los campos de cereal, en el lomo de una vaca. Sin ser totalmente conscientes a veces, o quizá otras sí, hay relaciones de ayuda mutua entre quienes siembran y quienes anidan, entre quienes pastan y quienes desparasitan. La intensificación de la actividad agrícola y ganadera —que viene a ser esa gran cosechadora en el viñedo del vecino o esa nave de cerdos de la que nadie nunca ha visto salir a un cerdo— está acabando con este vínculo y está agrandando más, si cabe, la distancia entre lo humano y lo natural, entre lo domesticado y lo salvaje.
Así como la agricultura industrial homogeniza el campo, borra las diferencias y acaba con la diversidad poniendo en riesgo la vida, la norma domestica los cuerpos, la forma de estar en el mundo, los sueños, las relaciones con lo que nos rodea e impone una visión binaria, colonial y heteronormativa que acaba, a todas luces, con la vida. De este modo, la norma también establece dicotomías como forma de dibujar fronteras que separan lo que merece ser nombrado —y, por ende, existir— de todo lo demás.
Cuando se impone esta ambición de dominio sobre la naturaleza, sobre las comunidades y sobre los cuerpos, desobedecer es urgente. Y es ahí, en esa desobediencia, donde lo cuir toma forma. Además de la disidencia sexual o de género, la desobediencia se canaliza de formas diversas en nuestros modos de hacer, en nuestras elecciones. No es tanto con quién nos relacionamos sexoafectivamente, o qué pronombres usamos —que también—, sino cómo miramos lo que nos rodea, cómo nos movemos, cómo habitamos un lugar, qué alianzas tejemos y, en definitiva, cómo hacemos frente a los diversos tentáculos de la normatividad.
Lo cuir tiene una enorme potencialidad disidente en la construcción de otro «estar en común», y eso (la capacidad de crear comunidad, vínculos diversos, relaciones simbióticas, familias no institucionalizadas…) es nuestra mayor fuerza de resistencia.
En lo que se refiere a los mandatos de género, las personas que se nombran como cuir o que practican lo cuir revientan estos mandatos, los quebrantan, los transgreden cotidianamente.
En el ámbito académico de la agroecología, hace tiempo que se señala la falta de problematización del binarismo de género y de la institución familiar en sus bases. Al mismo tiempo, cada vez más voces centran la mirada en experiencias agroecológicas nacidas de identidades disidentes, debido al potencial transformador que estas tienen en lo que se refiere a las relaciones interpersonales, a la relación con el territorio y a la relación con la comunidad.
En conversaciones que he tenido la suerte de compartir con personas disidentes que habitan algunas de las ruralidades del Estado español, uno de los temas ha sido precisamente esa potencialidad de lo cuir para construir relaciones desde un lugar menos restrictivo. Como apuntaba anteriormente, lo cuir no solo se queda en lo identitario. Esta otra forma de relación puede incluir la ayuda mutua, la defensa del medio natural y la defensa del territorio —con todo lo que significa: medio de vida, comunidad, lengua, cultura—, la defensa de la memoria, la recuperación del saber popular, la colectivización de las huertas, de las casas, de los recursos económicos y de los afectos. Cada vez es más densa la red de personas, colectivos y asociaciones que están organizándose desde diferentes puntos de aquello que se atrevieron a llamar «La España vacía». Lo que alguna vez vaciaron la precarización, el hambre y las máquinas está llenándose con encuentros por la diversidad sexual y de género, Orgullos Rurales, jornadas de autogestión, talleres, conciertos, charlas y movilizaciones contra macroproyectos que ponen en riesgo multitud de territorios y la vida de las personas que los habitan. En el ámbito concreto de la agroecología, son también numerosas las experiencias —cuir— repartidas a lo largo y ancho del territorio: cultivando en huertas cedidas, recuperando otros canales de distribución (mercados locales, intercambios con vecines, grupos de consumo, cooperativas agroecológicas), incidiendo en la necesidad de hacer agroecología en sus territorios y recuperando la memoria del campesinado.
Estos son claros ejemplos de cómo lo cuir —la desobediencia, la creatividad, la organización colectiva— confluye con la agroecología, que ya viene siendo también otro acto de insumisión. Actualmente, muchas ruralidades disidentes en el Estado español —maricas, bi-bollos, trans, migrantes, precarias— están generando un fuerte movimiento por la defensa del medio rural frente al expolio, de los derechos del campesinado y de la existencia cuir en estos espacios; así tenemos ejemplos, como Jornaleras en lucha o el Agrocuir, que se multiplican por el territorio. Por eso, más que preguntarme qué puede aportar lo cuir a la agroecología, me pregunto qué puntos en común existen entre esta y otras formas de desobediencia, cómo podemos construir alianzas, otro hacer en común que siga ensanchando el margen, observando con esperanza cómo se nos llena el nido.