Sergio S. Taboada
En un momento como este, en el que una parte importante del sector agrario parece haberle declarado la guerra al feminismo y al ecologismo, considero pertinente reflexionar sobre el modo en que la agroindustria logra conducir a la masculinidad hacia posiciones cada vez más reaccionarias, sobre cómo se expresa el orden patriarcal en contextos rurales y cómo nos afecta a los hombres que los habitamos. La Fundación Entretantos me invitó a plasmar algunas de estas reflexiones en un documento que acaba de publicarse y que quiero invitar a leer con este artículo.

Foto: Sergio S. Taboada
Una conversación difícil
No me considero un entendido en la materia, aunque a fuerza de darle vueltas creo que algo consigo ir comprendiendo. En cualquier caso, estoy convencido de que tanto la agroindustria como el patriarcado hacen de este mundo un lugar cada vez más inhabitable y hostil para la vida, y que su poder destructivo alcanza hoy una magnitud ya insoportable como para no hablar de ello.
A veces siento que la necesidad de entablar una conversación sobre la masculinidad en el ámbito rural y agrario es acuciante y compartida por mucha gente. Otras veces percibo que genera una gran resistencia, o incluso rechazo. Cada vez que intento escribir o hablar sobre ello, siento un peso y una tensión enormes, que no siempre soy capaz de sostener. La masculinidad está demasiado asociada a la violencia como para tratarla con ligereza y a los hombres no nos gusta nada vernos reflejados en ese espejo. Pero viendo el resultado que tiene evitar la incomodidad que nos produce, creo que merece la pena hacer un esfuerzo. Además, me parece que, en el ámbito de la agroecología, donde al menos en teoría está muy consolidada la perspectiva ecofeminista, contamos con un potencial muy valioso, tanto para desarrollar un análisis crítico de la masculinidad patriarcal, como para politizar el malestar masculino del sector agrario y conducirlo hacia una vía emancipadora.
La masculinidad está demasiado asociada a la violencia como para tratarla con ligereza y a los hombres no nos gusta nada vernos reflejados en ese espejo.
Cuanto más pienso, escribo y hablo sobre esto, más considero lo necesario que es abrir una conversación entre hombres en la que plantearnos colectivamente algunas preguntas para las que aún no tenemos respuestas: ¿Cómo sería una masculinidad basada en los principios de la agroecología y en los valores del ecofeminismo?, ¿somos capaces de imaginar una masculinidad a favor de la vida?, ¿en qué consistiría exactamente?, ¿en qué se diferenciaría del modelo impuesto por el patriarcado agroindustrial?, ¿pensamos en ello?, ¿hablamos sobre ello?, ¿no sería interesante que los hombres comprometidos con la agroecología reflexionáramos colectivamente y compartiéramos nuestro sentir y nuestra experiencia al respecto?, ¿acaso no tendríamos una contribución valiosa que ofrecer?
Yo tan solo puedo colocar unas pocas piezas en este complejo rompecabezas, las que pude ir encontrando hasta el momento. Pero hacen falta muchísimas más voces expresando sus propios sentires, reflexiones y experiencias para que, entre todos, lo vayamos componiendo. Porque el único modo de apreciar la dimensión política que tiene es poner en común todo aquello que nos guardamos dentro.
Patriarcado agroindustrial
Desde sus inicios, la industrialización agraria no hizo más que aplastar cada una de las biodiversidades y culturas del planeta, desfigurándolo todo hasta dejarlo irreconocible. Por eso hace no mucho, durante las revueltas campesinas por el pan y por la tierra, la hoz era un símbolo indiscutible de las movilizaciones populares, pero en las actuales protestas agrarias contra el Mercosur, el protagonismo es para los tractores.
El tractor vino a elevar el estatus del campesino, a ascenderlo en la jerarquía transformándolo en empresario. Además, también aumentó su capacidad productiva hasta límites insospechados, gracias a la pócima mágica del petróleo, que multiplicó su poder logrando que un solo brazo rindiera como si fueran cientos. Pero el progreso tecnológico que nos liberó del subdesarrollo no eliminó las jerarquías, sino que las reforzó aún más, y ahora los hombres del sector agrario pueden medirse entre sí en función del tamaño de sus tractores. La agroindustria patriarcal impuso un nuevo orden dominado por las corporaciones transnacionales y los fondos de inversión, aunque abajo, como siempre, siguen quedando los perdedores, porque la miseria no desaparece, tan solo se reordena. Y entre los unos y los otros, nos encontramos la inmensa mayoría, tratando de mantenernos a flote como podemos.
El tractor vino a elevar el estatus del campesino, a ascenderlo en la jerarquía transformándolo en empresario. El progreso tecnológico que nos liberó del subdesarrollo no eliminó las jerarquías, sino que las reforzó aún más.
En el patriarcado agroindustrial, el poder consiste en adueñarse de la mayor cantidad posible de vidas y territorios para someterlos en beneficio propio. Es decir, para sacrificarlos en la rueda del gran negocio agroalimentario. Lo cual es terriblemente perverso, ya que obedece a una lógica genocida y biocida muy adecuada para el sistema de muerte que nos gobierna, pero supone un absoluto sinsentido para la producción alimentaria, que depende totalmente de la reproducción de la vida. En este desenfreno extractivista, devoramos territorios uno tras otro, hasta dejarlos inertes, y nos acercamos cada vez más peligrosamente al abismo, aunque la voracidad del capital parece no conocer límites.
La producción agraria nunca estuvo sometida a una mayor presión: ventas a pérdidas, acuerdos de libre comercio, desastres climáticos, deudas impagables, ayudas insuficientes, exigencias burocráticas excesivas… La situación es abrumadora, pero a nadie parece importarle, porque damos por hecho que los estantes de los supermercados seguirán siempre llenos pase lo que pase. El problema es que cuando los hombres nos vemos atrapados en un callejón sin salida, la masculinidad patriarcal nos ofrece un desahogo demasiado fácil y rápido como para no resultar tentador: descargar nuestra frustración sobre quien no pueda defenderse. Porque la única solución que conoce el patriarcado consiste fundamentalmente en eso, en autorizarnos a liberar la rabia para convertir nuestra impotencia en prepotencia. Aunque no resuelve nada, porque no alivia el dolor y además multiplica los daños, ya que el sufrimiento, en lugar de desaparecer, se contagia a nuestro alrededor y se instala en nuestras vidas definitivamente.
La única solución que conoce el patriarcado consiste fundamentalmente en eso, en autorizarnos a liberar la rabia para convertir nuestra impotencia en prepotencia.
Defender la vida
El binomio agroindustria-patriarcado es terriblemente eficiente, porque logra transmitir la (o)presión siempre hacia abajo. Al darnos derecho a descargar la violencia que recibimos, se asegura de que mantenemos la cadena del sacrificio en funcionamiento. Por eso, cuando los hombres liberamos nuestra rabia hacia abajo, solo estamos manteniendo la olla a presión en su justo nivel para que no estalle todo por los aires, mientras que el poder corporativo continúa impune, haciendo sus negocios desde arriba con el despojo generalizado. La alternativa a la masculinidad patriarcal, por lo tanto, no puede ser contener la rabia, ya que existen motivos más que suficientes para sentirla y expresarla. Además, la rabia que producen las injusticias no se puede acumular indefinidamente. Si no le damos salida, corremos el riesgo de rompernos por dentro. Pero en lugar de rompernos entre los de abajo, podemos organizar nuestra rabia para romper la cadena, canalizando esa energía tan poderosa hacia una acción colectiva transformadora. ¿No es justo eso lo que hace que el feminismo tenga sentido para las mujeres? Tal vez así, la fuerza que le suponemos a la masculinidad pueda servirnos para otra cosa. Porque la rabia puede ser liberadora si la dirigimos contra esta maquinaria de muerte que solo alimenta a los especuladores del mercado. ¿No sería esta una estrategia mucho más coherente con la causa de la soberanía alimentaria?
Podemos organizar nuestra rabia para romper la cadena, canalizando esa energía tan poderosa hacia una acción colectiva transformadora.
Al estudio crítico de la masculinidad patriarcal tal vez le vendría bien ampliar su enfoque examinando las realidades rurales y agrarias. El movimiento agroecológico, por su parte, puede contribuir desarrollando una visión propia de la masculinidad que sea emancipadora. Porque, como dice el pueblo nasa de Colombia, para liberar a la madre tierra, antes debemos liberar nuestra propia mente, que también se encuentra colonizada. Por lo tanto, si encontramos un modo para que la masculinidad rural pueda orientarse a favor de la vida, la agroecología se verá beneficiada. Esto no parece una tarea nada sencilla. De hecho, podemos estar seguros de que será dura y complicada. Sin embargo, ¿cuál es la alternativa?, ¿observar cómo la desolación arrasa con todo? Confío en que, por lo menos a algunos, nos sentaría bien poder iniciar una conversación al respecto.