Mar Gallego
«A vosotros, los muertos, os dejarán sin tiempo; a nosotros, los supervivientes, nos dejarán sin lugar».
María Zambrano

Ilustración de Araceli Pulpillo
He perdido la cuenta de los años dedicados a la palabra social: la que buscaba justicia y arropo. La del punto de vista descentralizado y las entrañas recogidas hacia dentro desde el patio de una casa que —como indica una canción de la infancia— casi siempre «es particular».
De todos los espacios de conversación me fui con más razones para seguir articulando sentidos en torno a lo común. Algunos, de tan evidentes, me quemaban las manos por no haber sido capaz de dedicarle atención a lo que, gracias al generoso abordaje de tantas compañeras, ahora me resulta tan obvio.
Ver lo que siempre estuvo ahí, lo que no fui capaz de entonar antes, ha sido el viaje más fascinante de este caminar feminista. Redescubrir lo ordinario, encontrar también allí semillas para el cambio. Aprender la lección del «como vaya yo y lo encuentre» y entender que yo tampoco enfoqué la mirada en esa prenda de ropa que descansaba en algún lugar de lo cotidiano y que, tiranamente, le pedía a mi madre que buscara. Antonia, por cierto, se llamaba.
Volver a mirar y mirar… Lo dijo Alejandra Pizarnik: que «la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos». Quizás esto de mejorar el mundo va, también, de llevar la mirada hacia esos lugares donde la damos por hecho.
En este sentido, ha sido clave —lo ha sido para esta niña criada entre los manchones de una antigua frontera castellano-nazarí— reconocer que mi mirada para con el entorno de la casa ocupaba el lugar de la imperialista. Que el acceso que yo tuve a la palabra académica —al mundo de la razón— generó un abismo entre la casa y yo.
«Juntas muy bien unas palabras con otras» fue la sinopsis y la crítica literaria que Antonia me entregó tras leer mi trabajo de fin de máster. Innegable la delicadeza con la que se armó para expresarme que no había entendido ni papa de aquel documento lleno de justificaciones e imposturas que tenía como fin, no tanto incidir en una realidad concreta, sino aprobar la realidad objetiva y exacta que descansa en todo examen.
Y es que hay palabras que abrazan y otras que separan aun juntándose. Discursos que nos llevan al abismo de los cielos; nunca al suelo (lo fregao) que casi siempre acabamos pisando por tener la vista en algún otro horizonte: en la escalada larga y fría del ascenso laboral y social de la que nos habló Remedios Zafra en El entusiasmo. En esta, nos dijo, hay a quienes «casi sin hacer, solo con ser, ya se les espera».
Algunas, tras darnos cuenta del artefacto de la idealización, hemos hecho esfuerzos por bajar, de nuevo, a los cimientos todos esos marcos teóricos que nos habían venido graduando, desde tiempos inmemoriales, la vista. Marcos que, sin un lugar concreto donde ubicarlos, nos servían para poco más que para colgar fotos en las paredes.
Como decía María Zambrano, «sabido es que lo más difícil no es ascender, sino descender». Sin embargo, la hegemonía nos impone el ascenso —el viaje platónico de las ideas— desde conceptos extraídos de una abstracción sin código postal, sin experiencia y sin cuerpo.
También, en algunos feminismos, nos hemos olvidado del cuerpo en pro de definir un único universal que nos sirviera a todas.
La idealización ha roto amistades. Nos ha arrebatado, muchas veces, a quienes bien nos hubieran podido acompañar en algo tan concreto y situado como calmar el hambre. El hambre, para Miguel Hernández, era el primero de los conocimientos. El hambre necesita de la urgencia de la materia, lo sabe.
Cuando le ponemos lugar, día y hora a nuestras conversaciones teóricas, la práctica misma las pone en su sitio. También a nosotras.
El trabajo de campo nos pedirá más silencios que palabras. Más escucha. Sus resultados nunca tendrán la coherencia y la lucidez de las ideas, pero multiplicarán los panes que podremos llevarnos a la boca. Nos devolverá, no lo sé, a las amigas que perdimos.
El regalo de vuelta es, ni más ni menos, que la verdad misma:
«Es la verdad naciente y renaciente, operante, la que solo cobra su sentido al ser vivida, al transformar una vida, mas no violentando como la vocación filosófica del mito de la caverna, sino sometiéndose a la ley de la vida que es el tiempo. El suceder temporal. Y por eso no podía aceptar su ascensión al cielo de la objetividad; está sometida al influjo del tiempo, cuenta con él y vive en él. Todo vivir es en el tiempo, y la experiencia no es sino el conocimiento que no ha querido ser objetivamente universal por no dejar al tiempo solo». Otra vez, María Zambrano.
La malagueña nos señaló una de esas evidencias que no vimos. ¿Hemos anulado el espacio-tiempo en nuestras divagaciones? ¿A dónde, entonces, vamos a llegar?
No dar un tiempo y un lugar a nuestros proyectos de emancipación feministas se parece a renunciar a la potencia que nos llevaría a verlos, imperfectamente, materializados. Cuando al espacio-tiempo —en las teorías— ni viene ni se le espera, podemos llegar a creer que lo que falla es la vida misma; y no ellas. Hemos tachado tantas veces de incoherentes a las inercias vitales porque no encajaban en nuestras idealizaciones sin tierra…
«Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo». Lo escribió Felipe Benítez Reyes.
A nuestro conocimiento situado (Donna Haraway) le ha faltado, muchas veces, la situación misma. Cabe preguntarse por qué hemos llegado a creer que todo nos sitúa menos eso. Qué nos lleva a omitir en nuestros discursos el suelo que pisamos.
Tras mucho divagar, he llegado a la siguiente conclusión: las teorías que obvian la ubicación son como correspondencias sin dirección postal. Papeles que acabarán perdiéndose en el universo.
Cartas que no llegan.
margallego.substack.com