Arturo Triviño
Mientras leía estos últimos meses La península de las casas vacías, de David Uclés, esa revisión de la guerra civil atravesada por el realismo mágico, me vino a la cabeza tomar prestado su título para este artículo sobre la situación de la vivienda en las zonas rurales. Sin embargo, me gustaría concretar que la mayoría de casas no están vacías porque sí. Yo quiero hablar de esas casas que alguien un día cerró, con cerrojos físicos y mentales.
Así, la casa anterior en la que viví es una de tantas que un día se cierra y que muchas veces termina por caerse. Siempre me pareció curioso ese fenómeno por el cual habitar los espacios es lo que sostiene sus muros y el calor humano y la presencia parecen servir de puntales emocionales. La mía es la historia de una ocupación. Pero no de una vivienda, sino de la cabeza de una propietaria invadida por ideas descabelladas y la sobrerrepresentación mediática de un fenómeno que, en realidad, y tirando de datos, tiene un impacto anecdótico en los pueblos.
Habitar los espacios es lo que sostiene sus muros y el calor humano y la presencia parecen servir de puntales emocionales.
La mía era una casa repartida en herencia para cinco hermanos. Uno de ellos se hace cargo de su gestión a regañadientes y, para que no se caiga, decide alquilarla. Una hermana, que vive en el extranjero se interesa por el estado de esta casa y se plantea la posibilidad de comprarla. Y un par de vecinas alimentan la desconfianza de la heredera insinuando que sus inquilinos no pagan el alquiler, que han tenido un hijo y que, como sigan allí, va a ser difícil echarlos.
De repente, un buen día, mi pareja y yo nos dimos cuenta de que éramos ocupas sin saberlo y de que, además, entre nuestros planes maquiavélicos estaba adueñarnos de la casa. No es que fuéramos extraterrestres en el pueblo, nada más lejos de la realidad: participábamos de la vida y del día a día de la vecindad y se sabía que pagábamos al día y cuidábamos la casa como propia. A pesar de todo esto, la distorsión mediática era tal, que todas estas pruebas fehacientes de una residencia en alquiler, digamos «normal», no importaban, no valían para el fanatismo desocupacionista que desaloja la razón de las cabezas.
Participábamos de la vida y del día a día de la vecindad.
Por todo esto, fuimos invitados amablemente a irnos, al decidir esta heredera comprar las partes de sus hermanos. Nos fuimos. Al cerrar la puerta, otra casa cerrada impide que los jóvenes se independicen en su propio pueblo. A la poca vivienda se suma la cuestión cultural del medio rural: si te independizas, pareces haberte peleado con tu familia. Esta juventud que quizá querría quedarse donde tiene sus raíces, acaba construyendo su vida en otro lugar, a menudo en zonas de la periferia urbana.
En definitiva, nos encontramos con una verdadera epidemia habitacional en los pueblos: por un lado, un buen puñado de casas vacías la mayor parte del tiempo, que se alquilan para turismo rural, o habitadas solo los fines de semana o en verano, y, por el otro, infinidad de casas cerradas tal cual, por problemas entre herederos o por la sensación de que es mejor que se quede cerrada a que alguien la habite.