Conversatorio 

Revista SABC

Hablamos con tres mujeres comprometidas con el medio rural, el campesinado y los feminismos sobre el avance de la extrema derecha en sus territorios, Argentina, El Salvador y el Estado español, y sobre la triangulación de esta con el patriarcado y el modelo agroindustrial y extractivista.

 

 
55 Conv Marisela

Marisela Ramírez

Yo hago parte de la Confederación de Federaciones de la Reforma Agraria Salvadoreña (CONFRAS), cooperativa de tercer grado con 38 años de trayectoria, y tengo a mi cargo el desarrollo de un proyecto de exigibilidad del derecho de las mujeres al acceso, uso, control y tenencia de la tierra en El Salvador.

Soledad

Deolinda Carrizo

Soy de una comunidad indígena del pueblo originario Vilela, hago parte del MOCASE, Movimiento Campesino de Santiago del Estero, que se forma después de la dictadura militar, consciente del desmembramiento de muchas organizaciones por la persecución y matanza de sus líderes. En Argentina estamos en el Movimiento Nacional Campesino Indígena y dentro de la articulación continental e internacional de la CLOC y la Vía Campesina.

Paula

Ana Corredoira

Vivo en el corazón de Galicia, en una pequeña aldea. Soy ganadera, tengo un proyecto familiar de producción de leche de vaca y también un proyecto cooperativo de transformación y venta directa junto a otra ganadera, con el que buscamos dignificar nuestra forma de vida. Estamos satisfechas, pero a la vez cansadas porque el nuestro es un sector que atraviesa crisis de forma cíclica. Participo en la Plataforma Ulloa Viva.

 

  ¿De qué manera está afectando la extrema derecha a vuestros territorios y entornos?

Marisela: El Salvador dio un giro muy fuerte a la derecha con la llegada de Nayib Bukele a la presidencia en 2019. Estamos enfrentando lo que nosotras denominamos un clan empresarial. En torno a la familia Bukele hay una serie de empresarios que pretenden acaparar tanto recursos del Estado como bienes de nuestro territorio, apoyándose en el control que ejercen sobre toda la institucionalidad salvadoreña. Esto nos afecta en el mundo rural de muchas maneras; una tiene que ver con la aprobación de permisos para la construcción y desarrollo de megaproyectos y con la expropiación de tierras, luchas legítimas e históricas de nuestro pueblo y que afectan en particular a las mujeres.

Estamos enfrentando una situación tremenda. En el espacio que estoy encargada de facilitar, la Mesa Mujer, Suelo y Tierra, conformada por diez organizaciones diversas, estudiamos la tenencia de la tierra y la situación para las mujeres ha empeorado considerablemente desde 2019. Esto va acompañado de una política del Estado de desmantelamiento de programas sociales orientados a la reducción de las brechas de desigualdad que se habían conquistado en años anteriores.

 
   El gobierno salvadoreño ha circulado una orden según la cual queda prohibido el uso del lenguaje inclusivo en escuelas (Marisela).    
 

Otro elemento, también impulsado desde el gobierno, tiene que ver con una política de importación de alimentos que beneficia al clan empresarial. El gobierno recorta la inversión productiva y lo que produce son quiebras o situaciones económicas muy adversas para cooperativas y pequeños y medianos productores.

Por otro lado, el gobierno aprobó en el 2022 un régimen de excepción que anula garantías constitucionales de todo el pueblo en general y que ha sido utilizado para la persecución política, en nuestro caso. Y no sé si ustedes conocen la Ley de Agentes Extranjeros, que impone un impuesto del 30 % a las donaciones de ONG internacionales que cooperan con las organizaciones sociales de acá. Ahora tenemos prohibido hablar, por ejemplo, de la defensa de los derechos sexuales y reproductivos para niñas y adolescentes. El gobierno, a través del Ministerio de Educación, ha circulado una orden según la cual queda prohibido el uso del lenguaje inclusivo en escuelas y cualquier otra instancia estatal, así como todo el lenguaje que tenga que ver con los ODS.

Estamos en una situación compleja; pero, a pesar de ello, estas expresiones de resistencia feminista que nos nombramos antifascistas, antipatriarcales y antiimperialistas, en contra de estos proyectos de muerte, están muy organizadas. Hay una apropiación de la lucha por parte, sobre todo, de las mujeres.

Deolinda: En Argentina, sobre todo en la zona semiárida ―sin electricidad, sin red de agua potable―, las familias nos hemos dado las mañas para sobrevivir en nuestros territorios y fortalecer la vida en comunidad, pero siempre hemos estado alerta para que los empresarios no nos vengan a desalojar. Algunas legislaciones nos han dado un respiro para poder poner cabeza en fortalecer la producción, ya sea adquiriendo maquinarias y herramientas colectivas o transformando materias primas, como leche, carne, fruta o verdura, y acompañar sobre todo a las compañeras para ese fortalecimiento económico. Acá también existe la brecha de la que habla Marisela.

Lamentablemente hoy con este gobierno absolutamente todo ha ido para atrás. En este tiempo ha sacado alrededor de 120 leyes o programas que han impactado directamente en la economía de las familias campesinas e indígenas y en los sectores populares. Hoy son los narcos los que le dan dinero a las familias si hay algún enfermo, para luego cobrarlo con total impunidad.

En este año hemos tenido varias órdenes de desalojo sobre territorios con minerales y litio. Y la persecución a las compañeras. Sin entrar en el campeonato de desgracias, por encima de nuestra casa pasaba ahora una avioneta fumigadora. Vivimos recortes en todo: la reforma laboral, despidos masivos…, en medio de toda una campaña de crueldad y odio a lo diferente, también a otras identidades sexogenéricas, donde se ha puesto el foco para desarmar el tejido social generado en este tiempo.

 
   Hoy son los narcos los que les dan dinero a las familias si hay algún enfermo, para luego cobrarlo con total impunidad (Deolinda).    
 

En esa gravedad estamos en este momento y no pasa nada, no hay estándares internacionales que respetar. Todos los miércoles se hacen movilizaciones por los jubilados y todos los miércoles los reprimen. Aquí tenemos compañeras que están imputadas y son casos de deudas históricas con el campesinado, con las mujeres campesinas, indígenas, por defender el derecho a una tierra que no nos pertenece; pertenecemos a ella, somos personas y seres junto con muchos otros y muchas otras que no son humanos, pero que hacen parte de la madre tierra.

Ana: Os voy escuchando y trato de hacerme un mapa de lo que estamos viviendo y de las similitudes. Esto no es un movimiento social; la extrema derecha ya tiene representación política. Pero en cambio ejerce la antipolítica, cuestiona la validez de lo público y está muy empoderada en la parte judicial y en lo mediático.

Tenemos algo muy peligroso también para las mujeres, para las productoras, y es una ultraderecha que abandera el negacionismo climático, cuando estamos viendo las consecuencias terribles de la crisis climática. Vemos cómo se han planificado las ciudades y la vida urbana y cómo eso choca frontalmente con las leyes de la naturaleza. Yo, como productora, tengo que ejercer una labor de cuidado de la naturaleza, algo muy desvirtuado, porque al final los alimentos y la tierra se han convertido en un bien de mercado y ese es el gran problema que tenemos.

 
   Las izquierdas tienen que bajar a tierra y tienen que hacerlo rápido pero con serenidad, con proyecto (Ana).   
 

En España hay un hartazgo muy potente, que no se sabe muy bien explicar de dónde nace, y la extrema derecha está consiguiendo capitalizarlo, liderar batallas que no entienden, que no representan. Lo hemos visto en cada protesta de agricultores y ganaderos, en luchas que no comparten, que no defienden en sus programas ni en su trabajo diario, como las protestas contra el Mercosur.

Y hay otra cuestión que para mí es muy importante. Tal vez la izquierda aquí no ha sabido acercarse al mundo rural. El concepto de ecologismo se ha llegado a contraponer con lo agrario, con una visión demasiado urbana que no ha conseguido conectar con las zonas rurales y con las productoras y productores. Y creo que eso nos ha distanciado, ha aumentado la brecha entre el mundo rural y el mundo urbano. Las izquierdas tienen que bajar a tierra y tienen que hacerlo rápido pero con serenidad, con proyecto.

Empresas israelíes contra el derecho al agua

Deolinda: El agronegocio aquí ha ido avanzando. En los años noventa empezaba todo este auge de la soja transgénica y hoy tenemos a empresas más sofisticadas, como la Mekorot, una empresa israelí que participa en el genocidio del pueblo palestino y que gestiona el agua desde 2022 en algunas provincias de Argentina, como Jujuy. Jujuy ha modificado su constitución provincial a espaldas del pueblo y ya no pone que el agua es un derecho, sino que tiene que garantizarse primero para la explotación de la empresa y después para las familias o quienes las requieran. Macabro pero real. Una reforma que se ha hecho violentando a las mujeres y a todos los que se han querido oponer.

 

  ¿Cómo veis en vuestros movimientos, a vuestro alrededor, los liderazgos de mujeres o de diversidades de género? ¿En qué se diferencian de los liderazgos tradicionales y qué aportan a las luchas y a las comunidades?

Ana: En España, las mujeres, al margen de la visibilidad, estamos liderando muchísimos movimientos y acciones de emprendimiento para valorar nuestros recursos de forma responsable, porque ecología y feminismo están muy relacionados: defender no solamente nuestros derechos y capacidades, sino nuestros territorios, nuestra biodiversidad, y con esa visión de futuro delegado. Es un planteamiento muy distinto al convencional y a esa visión masculina y de empresario rural en la que vivimos. El rural no es un mundo de hombres, es un mundo pensado por hombres, que es muy distinto. Y ese individualismo, esa visión de crecimiento económico, es la visión que hemos recogido de nuestros compañeros varones. Pero nuestro modelo es horizontal, en red; es un modelo de contacto, de valor de la comunidad, de saber que somos parte de una cadena y, para que funcione, tenemos que trabajar todas juntas.

Marisela: Sí, total concordancia con lo que plantea Ana. El feminismo tiene esa perspectiva de romper patrones verticalistas de relación, reunirnos en la colectividad y reconocernos con condiciones concretas de opresión. De ahí nace este enfoque de la interseccionalidad y de abrazar esa diversidad de la que somos parte.

Y, bueno, en El Salvador específicamente hay muchas redes de mujeres, muchas matatas como decimos acá, de las que CONFRAS hacemos parte. Pero un caso específico que cabe mencionar es la lucha de la comunidad San Francisco Angulo contra la construcción de un relleno sanitario ―un basurero a cielo abierto― que va a contaminar a más de 40 comunidades. La empresa amenazó con aplicar el régimen de excepción para llevar presa a la gente que se opusiera, por desórdenes públicos y por pertenecer, según ellos, a estructuras delincuenciales. Esta zona de Tecoluca tiene un alto nivel de producción de alimentos porque sus suelos son muy fértiles. Quienes se han puesto al frente de toda esta lucha y resistencia han sido las mujeres, porque tal cual lo decía Ana, hay una relación con la reproducción de la vida.

 
   El rural no es un mundo de hombres, es un mundo pensado por hombres, que es muy distinto (Ana).   
 

Deolinda: Cuando relato esto, me remonto a mi bisabuela. Ella atendió el parto de mi madre en el campo; era partera. Con el tiempo, y como parte de la agenda de la civilización, se prohibió su trabajo, en un permanente desconocimiento de la ciencia y los saberes ancestrales que practicaban muchas de nuestras culturas. También se prohibió la lengua ―en esta zona, el quichua. A los siete años, yo y algunos de mis hermanos tuvimos que emigrar al pueblo para empezar a estudiar, y ese corte es muy violento, por el desarraigo y por todo lo que viene después: lo que te dicen en la escuela, la publicidad, la desvalorización del campesinado y de lo que significa.

Y dentro del MOCASE hemos tomado como algo necesario reconstruir ese tejido social desde esa identidad, despertar esas raíces, la conciencia adormecida por tanta violencia, sobre todo para las mujeres. Empezar a plantarnos y a decir no, a salir de esa timidez, participar y recuperar la autoestima. Han sido generaciones, más de 500 años de resistencias profundas; es un camino largo remontar todo eso. En lo cotidiano no ha sido fácil enfrentar esta violencia. Desde plantarse ante un médico que cuestiona por qué tenemos tantos hijos hasta tomar la palabra en las asambleas.

Y gracias a los vínculos internacionales vimos que esas situaciones no son algo propio de nuestro territorio. Por eso tratamos de ir construyendo desde los principios que nos marcamos como organización anticapitalista, antipatriarcal, antifascista y antiimperialista. En estos años también hemos incorporado el feminismo campesino y popular como principio político en la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones Campesinas (CLOC) y en la Vía Campesina. En diciembre tuvimos la VII Asamblea Continental de Mujeres del Campo en México y hay que seguir construyendo con más feminismo, más organización y lucha. Desde ahí podemos transformar la sociedad y enfrentar esos poderes corporativos y, como decía la compañera, a quienes niegan hoy esa crisis climática mientras ejercen violencia sobre nuestros cuerpos y territorios.

También hay que señalar que el machismo se ha levantado contra esto. En algunas de nuestras organizaciones hay una remasculinización y victimización de algunos compañeros, que dicen que el feminismo ignora su trabajo. No porque sean «progres» dejan de reproducir estas lógicas. Hay diversas masculinidades y sigue estando esa masculinidad violenta que, en lugar de construir, destruye y fragmenta. Y, lamentablemente, este es otro obstáculo para abordar estos debates sanos, porque, en definitiva, el enemigo común que hay que destruir es el capitalismo.

  ¿Qué acciones del día a día, sobre el terreno, pensáis que sirven para combatir a la extrema derecha? ¿Qué experiencias positivas tenéis?

Marisela: Bueno, antes les hablaba de la comunidad de San Francisco Angulo y de cómo acompañamos ese proceso de lucha. ¿Cómo continúa la historia? Las mujeres propusieron una consulta popular, involucrar a toda la gente en elaborar una resolución respecto al vertedero. Esta consulta se hará en las próximas semanas y esperamos que se replique en otros lugares para poner en el centro la conflictividad de la tierra. Esta herramienta de participación es un buen ejemplo de acción práctica que ha salido de las mujeres. Una cosa es construir un discurso, que es clave para tener claro qué queremos exigir y demandar, pero también hay que llevarlo a la práctica, porque la práctica habla más que el discurso.

Deolinda: Nosotras en estos tiempos hemos mantenido y fortalecido la formación política de las compañeras y algo muy importante: el enlace entre generaciones. Las narrativas de la extrema derecha en redes sociales también llegan a la ruralidad y por eso trabajamos con la juventud en campamentos, jornadas de siembra comunitaria y actividades que estimulan espacios intergeneracionales.

En cuanto a las situaciones de violencia física o judicial que viven muchas de las mujeres, creamos una red, Galaxia. Es un espacio seguro donde pueden no solo aprender a trabajar en la tierra, sino rehacer su vida. Está abierto también a la juventud con situaciones problemáticas, adicciones, mujeres migrantes o que han sido presas de redes de prostitución… Hay acompañamiento y colectas para iniciar núcleos familiares productivos (cabras, apicultura…).

También es muy importante participar en espacios de resistencia, como el 38 Encuentro Plurinacional de Mujeres y la Diversidad Sexual, donde como mujeres campesinas participamos masivamente el año pasado, o en la Asamblea Transfeminista del Abya Yala, otro proceso continental con protagonismo de territorios en lucha contra el extractivismo. Ante estas crisis globales, la salida es estar juntas.

Marisela: Sí, acá tenemos muy presente fortalecer las redes que ya tenemos y tratar de sostenerlas. Y construir autonomía para las mujeres para combatir las brechas de desigualdad. En CONFRAS estamos trabajando una propuesta de ley para el acceso a la tierra para las mujeres, donde el Estado garantice la entrega de tierra, pero también asesorías técnicas e insumos para la producción.

Ana: Desde la perspectiva de pequeñas productoras, yo creo que aquí llevamos mucho tiempo muy conscientes de la amenaza de la extrema derecha y hacemos mucha didáctica con respecto, por ejemplo, a fomentar o resaltar el relevo generacional en nuestros sectores y el valor de la agroecología como una herramienta de cambio. Esto es política.

Reconozco que esta sociedad está muy adormilada, probablemente porque no es muy consciente de todo lo que entraña el avance de la extrema derecha. Cada generación percibe esta amenaza de forma distinta.

Aquí hemos gestado durante tres años un movimiento vecinal que ha adquirido una dimensión brutal, la plataforma Ulloa Viva, para defender nuestro territorio frente a la amenaza de una macroplanta de celulosa, a escasos 30 kilómetros de mi casa. Y se ha paralizado. Además, conseguimos involucrar a perfiles de la sociedad que tradicionalmente no se han movilizado y se han superado muchos prejuicios. Era una protesta no solo ecologista, sino de defensa de un modelo socioeconómico propio, la producción agroganadera, familiar que hace un uso razonable de los recursos.

Por el camino nos llevamos mucho aprendizaje, frente a la ignorancia tan poco humilde de los políticos de turno. Otro ejemplo de acción cercana es el festival Agrocuir, que celebra la diversidad sexoafectiva desde la alegría, la cultura y el mundo rural, y esa alegría también es resistencia.

Todo esto es clave, pero para mí faltan más acciones concretas. Tenemos ejemplos de lo que ocurre cuando la extrema derecha alcanza las instituciones y, para frenarla, hay que adelantarse.

 
   Al final ser ganadera va a ser un movimiento de resistencia ciudadana (Ana).   
 

  El concepto de soberanía alimentaria viene de los pueblos campesinos, pero la extrema derecha en Europa está usando esta expresión. ¿Pensáis que la esencia de la soberanía alimentaria es antifascista?

Ana: ¿Cómo no va a ser antifascista si defiende precisamente la igualdad y los derechos de las comunidades? Y en esas comunidades incluyo también los recursos que no son nuestros, que no son bienes de mercado, que tenemos el deber de cuidar y de asegurar para las generaciones futuras. Yo siempre lo he dicho: al final ser ganadera va a ser un movimiento de resistencia ciudadana.

Marisela: Es antifascista, sin lugar a dudas. La soberanía alimentaria nace de la organización misma de nuestras comunidades, pueblos y territorios. Como alternativa a la propuesta de muerte de las ultraderechas, cuando hace unos 20 años se impulsaba toda una estrategia neoliberal de reducción de las instituciones del Estado y a favor del acaparamiento de los bienes y recursos comunes por parte de las grandes empresas. Contra estas políticas que asfixian a nuestros pueblos, surge esta bandera de la soberanía alimentaria como un derecho pleno de nuestros territorios. Como una garantía para producir alimentos sin romper el curso natural de lo que convive con nosotros y nosotras. Reconociendo a la tierra como parte de esa comunidad.

En El Salvador vemos urgente reapropiarnos de conceptos que nacieron de nuestras luchas y no permitir que las ultraderechas nos los arrebaten.

Deolinda: Yo ahí agregaría que soberanía alimentaria no tendría que ser un concepto, no tendría que ser solo un derecho, sino un principio político de los pueblos. Defenderla como principio, porque como derecho, ya ves: aquí viene un día Milei y acaba con todos. Hay que construir herramientas que, sea cual sea el gobierno que asuma, no las pueda hacer desaparecer. Esos son nuestros principios.

Por último, quiero añadir que la alegría, los encuentros y las festividades populares son algo que los pueblos hacen constantemente y constituyen espacios para reconfortar a quienes estamos de este lado de la vida. Debemos seguir adelante y no desfallecer en esta reconstrucción de lo comunitario. Sabemos el legado que llevamos, de dónde viene y lo que queremos hacer. Somos tejido de dignidad, como dice una canción de la guatemalteca Sara Curruchich: «Pueblo».

 

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