El ejemplo palestino
Leire Lakarra

Pastor de Bil’in. Foto: Leire Lakarra
A través del ejemplo palestino, el texto muestra cómo el control de la tierra es una estrategia global de dominación política. Por ello, el Estado de Israel ataca el campo palestino. Frente a esta violencia estructural, emergen proyectos basados en la agroecología y la construcción de redes de apoyo mutuo.
Tierra y resistencia. La resistencia de la Tierra, de la tierra y desde la tierra, frente a la dominación de la tierra. Monocultivos y monopolios de los cultivos. Manipulación, dominación y monopolios de las semillas. Pesticidas y fertilizantes químicos que envenenan, enferman y matan. Enferman la tierra y, con ella, a todo ser vivo. Desde los microorganismos más necesarios para su riqueza y desarrollo hasta las plantas y cualquier animal que dependa de ellas: insectos, animales pequeños y animales más grandes, incluido el ser humano. Nos estamos intoxicando y no es ningún secreto. Recientemente nos inundan los artículos sobre los microplásticos y sus peligros en nuestro organismo, y empezamos a leer sobre enfermedades raras que pueden derivarse del uso excesivo de químicos.[1] Las barbaridades que le hacemos a la tierra nos afectan directa e indirectamente, puesto que, aunque nuestra actitud altiva lo niegue, somos parte de un mismo sistema, de un mismo ecosistema que se relaciona holísticamente.
Me gusta la palabra holístico y creo que la uso siempre que escribo. Es un concepto que se contrapone a la dominación, a la verticalidad. Subraya la importancia de todo elemento dentro de un mismo sistema, la necesidad de entender el todo como un todo relacional. Celebra lo individual sin caer en el individualismo. Refuerza la idea de comunidad y de interdependencia y abraza la complejidad de las situaciones. Seamos, pues, seres holísticos. Cuidemos de la tierra y de los seres que dependen de ella. Usemos nuestro intelecto, nuestro conocimiento abstracto, para cambiar el curso de las cosas. Plantemos y cosechemos.
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, [2]
y ¿cómo vamos a hacer camino si ya no hay tierra que pisar?
Falah, el trabajo duro de la tierra
Cisjordania es el territorio más pobre para la agricultura de la Palestina histórica, el más árido y el que menos humus tiene; está lleno de piedras y trabajar la tierra supone un gran esfuerzo humano. Por eso, el campesinado de allí se identifica con la palabra falah, que evoca el trabajo duro de la tierra, su cultivo con ahínco, su transformación, enseñando al resto del mundo que desde el cuidado y la dedicación se puede mantener una conversación con la tierra. Si trabajas la tierra, responde con frutos; si cuidas de ella, responde con frutos sabrosos; y, si vives en relación con ella, encuentras paz dentro del caos.
El pueblo palestino está desbordado de problemas, llamémoslos políticos, tanto externos como internos.[3] El colonialismo que vive —que es, no lo olvidemos, colonialismo europeo— se enreda en una red compleja que afecta al día a día de una manera muy profunda. Afecta a la materialidad de la vida y a la psicología individual y colectiva de la población. Empezando por su propio gobierno, la llamada Autoridad Palestina, que mantiene el statu quo y se sustenta en la corrupción de la oligarquía política; y siguiendo por todas las medidas invivibles que el Estado de Israel diseña meticulosamente: control de las fronteras, separación en tres zonas dependiendo de la presencia del ejército israelí (las llamadas zonas A, B y C). Denuncian que, de hecho, no cambia mucho la situación de una a otra, puesto que todas están ocupadas por el ejército y se desdibujan cuando se funda una colonia nueva: lo que era zona B pasa a ser C de un día para otro. La zona C es susceptible de confiscación y está sujeta a prohibición de construcción, lo que reduce, poco a poco, el territorio palestino.
Si trabajas la tierra, responde con frutos; si cuidas de ella, responde con frutos sabrosos; y, si vives en relación con ella, encuentras paz dentro del caos.
Los checkpoints, las barreras en las carreteras, el muro de separación que crece vertiginosamente,[4] militares, colonos que colonizan y atacan, infinidad de colonias,[5] que empiezan siendo asentamientos individuales o familiares, momento en el que se producen todo tipo de fechorías, asesinatos incluidos, bajo la protección del ejército en la retaguardia. Una vez conformado, el asentamiento se legaliza, de modo que el Estado de Israel se limpia las manos de las ilegalidades cometidas: destrucción de fuentes, prohibición de construir cisternas para el almacenaje del agua y robo directo de la misma, destrucción de casas e infraestructuras, obstaculización de la gestión de basuras, robo y asesinato de ganado, destrucción y robo de cosechas tanto activa como pasivamente —la entidad ocupante introdujo el jabalí en los años setenta, condenando así las cosechas de trigo, alimento fundamental en la dieta palestina, y ahora el 96 % de la harina que consumen es importada—, asesinatos, vejaciones, incursiones constantes en los pueblos palestinos, secuestros —solo en Cisjordania hay más de 10.000 personas encarceladas en condiciones extremadamente precarias—, impuestos y multas desorbitadas… Una lista que sigue y sigue conformando su normalidad asfixiante. Y toda esta lista deja fuera las difíciles realidades de la diáspora palestina.
Muchos de los pocos trabajos asalariados que consiguen —la tasa de paro es altísima— son trabajos en construcción para la ocupación (crear nuevas colonias o carreteras que atraviesan y destruyen sus propias plantaciones o poblaciones, etc.). El monopolio de la producción de alimentos también lo posee el Estado de Israel; es decir, muchas veces es el propio pueblo palestino el que, obligado por la rueda del sistema impuesto, ayuda a sostener el sistema israelí. La dependencia forzada del mercado israelí configura un escenario de ahogo material que busca quebrar la autosuficiencia del pueblo palestino.
Muchas veces es el propio pueblo palestino el que, obligado por la rueda del sistema impuesto, ayuda a sostener el sistema israelí.
La zona más violenta de Cisjordania es la región de Hebrón, una ciudad conocida por la producción de bienes materiales. La base de un pueblo es la capacidad de producir para sí mismo y por eso las miras principales son las zonas de producción: Hebrón, por una parte, y el campo, por otra. La estrategia política de dominación más efectiva es controlar los alimentos y que los colonos destruyan sistemáticamente cosechas, ganado y tierras no es ninguna casualidad. Es estrategia. Es violencia estructural. Atacar la autonomía de un pueblo es atacar su supervivencia.

Colonia Modi’in Illit, desde Om sleima. Foto: Leire Lakarra
Colonia israelí vs. pueblo palestino
En mi estancia allí, de mes y medio a finales de 2025,[6] uno de los proyectos que más me impactó fue Om Sleiman Farm, una huerta basada en agricultura solidaria situada en las afueras de Bil’in, pueblo principalmente agricultor conocido por su oposición contra el muro de separación. Tras años de lucha con gran presencia internacional, en 2011 consiguieron mover el muro unos cuantos metros y esta huerta se fundó en estas «tierras liberadas» —lo entrecomillo porque no tengo claro que hablar de liberación de facto en un territorio ocupado sea del todo correcto—. El proyecto, en cuanto a agroecología, permacultura, bosques entrópicos, fertilizantes naturales y artesanales, creación de compost para enriquecer la tierra, etc., es impresionante, pero no fue eso lo que me conmocionó, sino la cercanía de una colonia.
Si te acercas a los olivos que están unos metros más abajo de la colina y que pertenecen a la granja, pueden dispararte.
Modi'in Illit, una de las colonias más grandes de toda Cisjordania, se encuentra a unos escasos metros del terreno, separada, por supuesto, por un muro de hormigón con torres de vigilancia. Si te acercas a los olivos que están unos metros más abajo de la colina y que pertenecen a la granja, pueden dispararte. Gente de Bil’in ha recibido disparos por osar acercarse a lo poco que les queda de sus propias tierras. Al otro lado del pueblo acababa de fundarse una nueva colonia unifamiliar —que ya se ha llevado la vida de siete personas— que pretenden unir a la gran colonia mediante una carretera. La gente con propiedades en el trazado recibió a principios de diciembre la carta que exige la demolición de sus casas, una notificación recurrente que indica que, si no lo hacen en el plazo de un mes, el ejército israelí lo hará y serán sus habitantes quienes tengan que cargar con los gastos.
El muro —que sirve para separar al campesinado de sus tierras, generar barreras físicas que hastían el movimiento en el territorio palestino e impedirles ir al mar, que se encuentra a escasos kilómetros y, en definitiva, hostigar a la población— forma parte también, de alguna manera, de la narrativa israelí con la que se adoctrina a su ciudadanía, que coloniza y roba tierras palestinas, e instala en el imaginario común la idea de que el pueblo palestino es un pueblo peligroso del que deben protegerse. Nada más lejos de la realidad. La historia nos demuestra que ha sido más bien al contrario como han acontecido los hechos. Un muro de apartheid gigante como parte de la narrativa.
Sin embargo, sigue sin ser esto lo que me tocó por dentro. Fue la imagen. La colonia-ciudad. Estar respirando el oxígeno generado por plantas totalmente ecológicas, pasear entre el jardín de verduras diseñado con esmero y cariño, escuchar los pájaros y bichos que encuentran en ese espacio un refugio y tener como fondo un gran conglomerado de grandes edificios, carreteras, coches y ruido. Allí lo vi claro. Colonia israelí frente a pueblo palestino. Ciudad contra campo. Los asentamientos israelíes roban la tierra palestina y colonizan, poco a poco, las migajas que les dejó el Acuerdo de Oslo. Un robo que se produce mediante violencia, leyes y manipulación, y que resulta más brutal porque, aunque invisible para muchos altos cargos occidentales cegados por el poder monetario, es palpable. Es demasiado obvio quién roba a quién y quién se beneficia de quién.
Lo micro es necesario y prioritario en nuestros ecosistemas, precisamente porque es lo micro lo que sostiene lo holístico del sistema.
En el resto del mundo, el esquema se replica. Las ciudades son, en última instancia, las colonias de la tierra. La metrópoli coloniza el campo, contamina sus ríos y su aire y expulsa a sus habitantes: primero se extermina a todo ser vivo, vegetal y animal, anterior a la ciudad; luego se va expulsando a la propia ciudadanía metropolitana (desahucios, gentrificación…). Nuestra civilización se precipita a paso muy acelerado hacia la desconexión total, hacia el desconocimiento, hacia la nada. Es curioso cómo cada vez más películas de ciencia ficción nos muestran un mundo futuro desolado y cómo, a su vez, lo aceptamos como el más probable, el más factible, el más real. Lo hemos aceptado hasta tal punto que no creemos que haya marcha atrás: «el mundo funciona así». Es una frase que repetimos cual mantra, olvidando que el mundo lo conforman cada una de nuestras individualidades y que siempre es posible actuar de manera más justa, más amigable, más respetuosa.
Pero las ciudades siguen creciendo y robándole el espacio al campo, donde también se imponen las lógicas de dominación: los monocultivos arrasan con la diversidad paisajística, contribuyen al problema global de la sequía y las grandes maquinarias y los productos químicos necesarios para mantener tales lógicas de producción acaban con todo ecosistema afianzado en el terreno, ya pobre de por sí.
Las mejoras energéticas que nos venden siguen la misma lógica: renovables que arrasan con los diferentes ecosistemas. En vez de construir edificios más sostenibles, y autosuficientes energéticamente, seguimos la lógica de la rapidez, de lo grande y de la ganancia económica inmediata. Bosques talados para construir macroplantas de placas solares, eólicas que crean barreras mortales para las aves… Todo macro, olvidándonos de lo micro. Y qué necesario es lo micro: la tierra es cada vez más pobre en microorganismos, nuestros estómagos cada vez más pobres en flora intestinal. Lo micro es necesario y prioritario en nuestros ecosistemas, precisamente porque es lo micro lo que sostiene lo holístico del sistema.

Nabat Ecofarm. Foto: Leire Lakarra
Trabajo comunitario arraigado a la tierra
La agroecología nos enseña que es posible producir alimentos suficientes sin grandes extensiones de terreno, que es posible cultivar de manera respetuosa con la tierra y adquirir alimentos saludables para nuestro consumo. No son alimentos perfectos para los estándares de los supermercados, que obligan a descartar, primero, los que no entran en sus categorías y, después, cualquier producto con un daño mínimo. Probablemente encontremos insectos o babosas en ellos, porque son alimentos compartidos. Es tan fácil como lavarlos, algo que igualmente tenemos que hacer con los alimentos de la agroindustria. La diferencia es abismal: no nos envenenan y su sabor es mucho mayor. La agroecología se basa en la base, nunca mejor dicho. En lo básico. No necesitamos etiquetas caras para producir «orgánico», «bio» o «eco»; todo se encuentra al alcance de nuestras manos.
Les están robando todo, pero aún les queda parte de la tierra. Y junto a ella, muchos proyectos que la defienden.
Esta forma de producción aboga, además, por el intercambio y el apoyo mutuo. Un mutualismo entre diferentes ramas del trabajo en el campo: el estiércol de una granja sirve como compost para el huerto y los sobrantes de la huerta como alimento para los animales. La agroecología se fundamenta en sistemas holísticos, en los que unas plantas ayudan a otras tanto a la hora de donar compuestos a la tierra como a la hora de repeler insectos invasivos. Se siembra pensando en las temporalidades y estaciones, creando una secuencia a la hora de cosechar.
En los diferentes proyectos en los que he trabajado, se planta entre olivos y se cosechan los frutos antes de la recolecta de la aceituna. En los monocultivos de olivos que recorren todo nuestro querido reino es imposible plantearse algo así; el campo está diseñado para las grandes máquinas y el beneficio monetario rápido, no para la maximización de los recursos.
Agroecología en Cisjordania[7]
Estos son algunos de los proyectos en los que he trabajado, de diferente tamaño y alcance, cada uno con su especificidad:
Nabat Ecofarm (Tamra) es un bosque entrópico que comenzó con un olivar y que hoy trabaja la permacultura, talleres para peques y encuentros comunitarios para la población palestina en lo que oficialmente es territorio israelí, denominado también como Palestina 48. Los problemas que tienen que resolver son parecidos a los de Cisjordania: robo de agua y de terreno, prohibición por ley de construcción y de venta de ciertos bienes agrícolas y ganaderos, etc. En esta parte del muro, la estrategia política varía un poco: son leyes racistas disfrazadas. Aunque se trata de leyes generales, la ciudadanía israelí opta a permisos especiales que la exoneran, mientras la población palestina —llamada árabe, no palestina— nunca obtendrá tales permisos. El terreno está diseñado para que unos árboles ayuden a otros: algunos darán sombra en los meses más calurosos y se podarán luego para generar compost, que se almacena en surcos estratégicos con el fin de ahorrar trabajo y de que la lluvia se encargue de esparcirlo. La misma idea se aplica a las plantas y los cultivos, que también tienen como objetivo generar un suelo que se comporte como una esponja y almacene agua.
El jardín de la alegría (Kufr Ni’ma) es un pequeño proyecto basado en el apoyo mutuo: publican anuncios en Facebook para que la gente acuda a recolectar verduras y legumbres y, a cambio, done una cantidad monetaria voluntaria por aquello que se lleva a casa. Es una manera de proporcionar productos saludables a la gente de Ramallah y conseguir un acercamiento entre ciudad y campo.
As-Sa’ad Land for a Simple Life (Mazara al’Nubani) es el proyecto donde más tiempo he estado y nuestro contacto principal: pionero de la agroecología en todo el mundo árabe e impulsor de muchas otras iniciativas e ideas para la Palestina agraria. El proyecto se extiende entre el pueblo de Mazara’ al-Nubani y su vecina, la ecoaldea de Farkha. Entre los olivos milenarios que inundan las terrazas de la ladera, hay todo tipo de cultivos sembrados en caballones que se curvan para seguir la inclinación del terreno y no perder ni una sola gota de agua de lluvia y que acaban formando bellos surcos en el terreno, enriquecido por biochar casero. Los últimos días de nuestra estancia allí, ayudamos a construir una valla con piedras, cemento y alambrada para poder mantener a los jabalíes a raya. Es curioso observar que, a pesar de que todos los montes de Cisjordania están aterrazados y llenos de olivos, no se ven parcelamientos; el monte se mantiene abierto a la población. El vallado es consecuencia de la ocupación; es caro y es triste, pero es también necesario para cultivar trigo y sustentar así la autonomía alimentaria. Por ello, apuestan por el cercamiento comunitario: siete falah se habían unido para cercar sus tierras conjuntamente, abaratando los costes y evitando la parcelación del monte.
Nos contaban que los cercamientos no son parte de la tradición palestina y que quien pasee por los montes en el caluroso verano debería poder comer algunos de los frutos de los árboles. El paisaje de Palestina ha cambiado en los últimos años debido al abandono del trabajo de la tierra derivado de la ocupación, el robo de agua y las lógicas capitalistas. Ahora priman los olivos, pero antiguamente estos se mezclaban con moreras, viñas, higueras, almendros, melocotoneros y otros frutales. Estos proyectos, y otros tantos, trabajan con empeño por traer estos árboles de vuelta.
Conocimos también muchos otros proyectos,[8] algunos individuales o familiares, otros colectivos, como una cooperativa de jóvenes basada en Saffa que reúne a personas con diferentes proyectos en toda la Palestina histórica. En huertas diseñadas con permacultura, producen una gran cantidad de alimentos que venden después en las localidades vecinas; también apuestan por la recuperación de semillas de trigos antiguos, plantando en tierras cercanas al muro que algunas familias del pueblo les dejan trabajar manteniendo la tradición local: quien no cultiva sus tierras las ofrece a quien las necesite. O una cooperativa de mujeres basada en Mazara’ al-Nubani. También conocimos a participantes en redes de apoyo entre la población palestina con pasaporte israelí y la de Cisjordania: en Jerusalén se encargan de cosechar los olivares que quedan al otro lado del muro para después entregar la cosecha a sus propietarios, a quienes las leyes israelíes les impiden recolectarla.
Les están robando todo, pero aún les queda parte de la tierra. Y junto a ella, muchos proyectos que la defienden.
Quedaron multitud de proyectos por conocer; todos ellos apuestan por redes de trabajo comunitario articuladas en torno a la agroecología. Hubo uno que no pudimos visitar debido al ataque del ejército israelí al banco de semillas de Hebrón y las oficinas del sindicato del campesinado palestino (UAWC, miembro de la Vía Campesina) en Hebrón y Ramallah. Robaron semillas y ordenadores, destruyeron documentos y detuvieron a mucha gente. Al día siguiente, todas las carreteras estaban cerradas y la movilidad era inviable. La peligrosidad del momento nos impidió viajar a Hebrón. No era la primera vez; un par de meses antes habían quemado gran parte de las reservas de semillas.[9]
Debido a, entre otras cosas, episodios como este, Palestina se está preparando para un Gaza II, no pensando en el genocidio de los últimos dos años, sino en lo que lo precedió durante años: sitio, desconexión y falta de abastecimiento por el bloqueo del Estado democrático de Israel. Les están robando todo, pero aún les queda parte de la tierra. Y junto a ella, muchos proyectos que la defienden.
La respuesta es firme: agroecología
Los diferentes lugares donde cooperamos son parte, directa o indirectamente, de una red llamada PAF: Palestinian Agroecological Forum. Algunos de ellos forman parte de la red, otros mantienen amistad, comunicación y comparten eventos con ella. Impulsan diferentes iniciativas, por ejemplo, las reuniones de mujeres falah para hablar e intercambiar experiencias sobre los problemas a los que se enfrentan en el mundo agrícola.
La red denuncia, también, las recetas hipócritas que les llegan desde Occidente. Señala que las grandes ONG se quedan con buena parte del dinero enviado y que, del poco que queda, solo una pequeña cantidad se destina a la agricultura; financiando, además, proyectos como los monocultivos que no están hechos por ni para el campesinado palestino. Al igual que en el resto del mundo, el sistema capitalista neoliberal se impone en Palestina valiéndose de las mismas herramientas.
Palestina es el territorio árabe pionero en agroecología.
En los últimos años se ha producido una fuerte desconexión con la tierra y los saberes ancestrales derivados de ella. La situación se dificulta cada vez más, pero la respuesta es asimismo firme: agroecología. Contaban que mucha gente era reticente al principio, pero que poco a poco se han hecho hueco y que, hoy en día, Palestina es el territorio árabe pionero en estas prácticas en la agricultura. Y los proyectos se multiplican.
Bibliotecas de semillas
Tuvimos el honor de asistir a una hermosa jornada de reparto de semillas[10] que la red PAF organizó en Mazara’ al-Nubani. Fue la primera jornada de una campaña que esperan mantener viva y que, asimismo, se extienda a otras localidades de Palestina. Gracias a la donación de unos 2000 $, recaudada entre asociaciones de agricultura de Italia, Francia y España, repartieron casi una tonelada de diferentes semillas locales entre 57 personas o proyectos.
Esperan recaudar más dinero para la temporada de primavera y poder llegar a más gente. La idea es crear una biblioteca de semillas en cada pueblo, sostenida por el propio campesinado. Cada año recibirán las semillas que demanden —dentro de las capacidades— con la condición de que devuelvan un 5 % de la cosecha para mantener la biblioteca. Así, hasta generar las semillas suficientes para poder sustentar la autonomía alimentaria.
Tener el control de las semillas. Saber de dónde vienen. Descentralizarlas. Y prepararse para el bloqueo.
En este mismo pueblo colaboramos también en otra cooperativa agroecológica-ganadera, con ovejas, gallinas y abejas, donde acababan de comprar una burra por si les quitaban el suministro de gasoil. Aunque parezca mentira, la preparación ante la violencia más extrema, la militarización más profesional y la tecnología más puntera consiste en volver a lo primario.
Puedes aportar a las bibliotecas de semillas en esta cuenta: FR7630003031540005002221821
Concepto: SoliP (IMPORTANTE para saber que la donación va a este proyecto; NO nombrar Palestina por posibles problemas con los bancos franceses).
Volviendo a la base, a la tierra, es como podemos construir un fundamento firme sobre el que pisar. Porque la autonomía, es decir, la autogestión y la autosuficiencia, son claves para la supervivencia. Cuando nos falle la tecnología, aún nos quedarán nuestras manos. Simplemente no debemos olvidar cómo usarlas. Mientras dependamos de agentes externos, somos manipulables, controlables y doblegables. O, dicho de otra manera, abandonamos nuestra libertad a su suerte.
Ante todo, el pueblo palestino planta cara. Ante las calamidades que sufre, sigue sonriendo. Sigue ideando nuevas estrategias. Y, sobre todo, apuesta por la agroecología: los proyectos de este tipo crecen en número y las redes de solidaridad mutua se refuerzan. Ante los destrozos de los jabalíes, intentan apostar por cercamientos comunitarios. Ante los monocultivos, crean pequeñas huertas sostenibles; ante la falta de agua, construyen cisternas y diseñan suelos que se comporten como esponjas cuando llueva. La fuerza con la que resisten, la fuerza con la que se relacionan con la tierra, es asombrosa. Y es por ello que son un ejemplo. Por lo positivo de su carácter como pueblo, pero también por lo negativo que les acontece. Porque resisten, pero también porque la resistencia es una necesidad.
En las demás partes del mundo también necesitamos resistir, aunque la comodidad nos ciegue y creamos que este es el sistema de bienestar real. El día que nos falten los alimentos, espero que no hayamos cubierto toda la superficie con cemento y asfalto o que no hayamos contaminado tanto la tierra que ya no sea posible volver a ella.
[1] Raúl Zibechi tiene varios artículos sobre los agrotóxicos, por ejemplo: Agrotóxicos: los condenados rompen el silencio.
[2] Antonio Machado, «Proverbios y cantares» (XXIX) en Campos de Castilla (1912).
[3] Nótese que este artículo está escrito en enero del 2026, por lo que no se recogen los acontecimientos ocurridos después de esta fecha.
[4] En diciembre de 2025, el Estado de Israel aprobó un nuevo proyecto de construcción de muro que separará las tierras de Nablus de su población, quitándoles así las pocas tierras que les quedan para la ganadería en todo el territorio de Cisjordania.
[5] Días antes de mi vuelta se legalizaron 19 colonias nuevas: noticia en El País.
[6] Viaje que realicé junto y gracias a otras tres personas integrantes de una cooperativa francesa de Longo Maï: una red conformada por diferentes cooperativas en Europa; enfocada, entre otras cosas, a la agricultura a pequeña escala.
[7] Muy recomendable el minidocumental The untold revolution: food sovereignity in Palestine, sobre la soberanía alimentaria en Palestina, en el que aparecen varios de los proyectos (en árabe con subtítulos en castellano).
[8] Casi todos los proyectos que conocimos están ligados, de alguna manera, a proyectos artísticos.
[9] Más información en La Vía Campesina: Alerta campesina y Los ataques de Israel a los bancos de semillas
[10] Después de mi marcha se celebró una segunda jornada en la que repartieron semillas locales de trigo, casi doblando así la primera cifra de personas beneficiadas.