Ruth de Frutos
Reseña de La teoría de la bolsa de la ficción, de Ursula K. Le Guin (Rara Avis, 2023)

¿Qué es más atractivo: una recolectora envejecida que puede dedicar quince horas semanales a su subsistencia (buscando semillas, brotes, raíces, hojas o nueces) y disponer así de tiempo para muchas otras cosas o el hábil cazador que se enfrenta a grandes mamíferos y vuelve tambaleándose con un montón de carne, mucho marfil y un buen relato? Para la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin, autora de La teoría de la bolsa de la ficción, y su prologuista, la filósofa Donna J. Haraway, la respuesta es clara y no es la propia del patriarcado ni del capitalismo. «No fue la carne lo que marcó la diferencia, fue el relato» y, por ello, resulta imprescindible poner la historia de la vida y de la naturaleza en el centro.
Le Guin, quien se enfadó profundamente al comprender la importancia política de firmar con su propio nombre para visibilizar el trabajo de las mujeres, desarrolló una producción literaria tan vasta como influyente. Entre sus más de veinte novelas, un centenar de relatos, una docena de libros de poesía, traducciones y obras infantiles, La teoría de la bolsa de la ficción, publicada por primera vez en 1988 con el título original The Carrier Bag Theory of Fiction, destaca como una pieza fundamental de su pensamiento.
En este ensayo, traducido por Luciana Chieregati e Ibon Salvador e ilustrado con seis dibujos especialmente confeccionados para la edición de Rara Avis (2022) por Martín Farnhoc Halley, Le Guin bebe de la teoría de la bolsa de la evolución humana. Formulada por la antropóloga Elizabeth Fisher en Women’s Creation, sostiene que, mucho antes que el cuchillo o el hacha, la bolsa fue el primer invento cultural, ya que permitió transportar la carga y llevar la energía de vuelta a casa. «Esta teoría no solo (…) evita grandes áreas de absurdos teóricos (habitadas en gran parte por tigres, zorros y otros mamíferos altamente territoriales); también me enraíza, personalmente, en la cultura humana como nunca antes me había sentido enraizada», escribe Ursula K. Le Guin.
De Elizabeth Fisher a Lillian Smith, y en abierta contraposición a los postulados de Freud, la autora señala que «la mujer es, en realidad, ‘su falta de lealtad a la civilización’». Esa civilización a la que aluden muchos teóricos no es la propia de la recolectora envejecida, sino la del hombre dedicado a golpear, clavar, forzar y matar.
Ese asesino, frecuentemente elevado a héroe, es la figura de la que Le Guin se aleja de forma radical en esta obra de menos de cincuenta páginas. Frente a él, propone la importancia del uso de objetos sencillos, capaces de transportar lo útil, lo comestible o lo hermoso, como son la bolsa, la cesta, el trozo de corteza, la hoja enrollada o la red de pelo. Es el relato de una heroína cotidiana, colectiva y anónima, libre y alegre, frente al relato del héroe asesino.
«Es el relato el que hace la diferencia», concluye con rotundidad la autora, consciente de que, como también advierte Haraway en el prólogo, «el problema es que todos nos hemos dejado convertir en parte del relato del asesino, y así puede ser que terminemos junto a él». Por ello, Le Guin propone, con un claro sentimiento de urgencia, buscar en la naturaleza, en el sujeto y en las palabras del otro relato, en la historia de la vida.
Y va aún más allá, como hiciera Virginia Woolf en el «Glosario» de Tres guineas, texto que la autora recupera para resignificar la figura del héroe como botella en una «revisión punzante», en sus propias palabras. La historia de la botella, como la de la bolsa y la de la naturaleza, se ha contado durante siglos, aunque de formas no hegemónicas. Entre ellas, Le Guin destaca los mitos de creación y transformación, los relatos pícaros, los cuentos populares, los chistes y las novelas.
Son precisamente las novelas, y en especial las de ciencia ficción, las que ocupan buena parte del cierre de este ensayo breve y de la vida literaria de Le Guin, al considerarlas relatos estructuralmente no heroicos.
Autora también de obras clave de la fantasía y la ciencia ficción, como las del ciclo de Terramar (Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan, La costa más lejana, Tehanu y En el otro viento) o del ciclo del Ekumen (El mundo de Rocannon, Planeta de exilio, La ciudad de las ilusiones, La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos, La palabra para mundo es bosque y Cuatro caminos hacia el perdón), Le Guin ha sido reconocida como una fuente de inspiración por autoras posteriores, como Margaret Atwood.
Más actual que nunca, Ursula K. Le Guin concluye su propio relato libre y alegre en La teoría de la bolsa de la ficción de manera esperanzadora, porque «todavía hay semillas que recoger y espacio en la bolsa de las estrellas».
Ruth de Frutos
Periodista e investigadora especializada en derechos humanos