Ana Geranios

Dos hormigas colaboran para transportar el sustento un agosto al amanecer en el cerro Coro de Grazalema. Foto: Ana Geranios
TÍA: ¿Es que te parece que yo no he trabajado?
AMA: Con las puntillas de los dedos, con hilos, con tallos, con confituras;
en cambio, yo he trabajado con las espaldas, con las rodillas, con las uñas.
TÍA: Entonces, gobernar una casa ¿no es trabajar?
AMA: Es mucho más difícil fregar sus suelos.
Federico García Lorca. Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores (1935)
Aunque no te conozca, creo que puedo intuir algo sobre ti: cuando estabas en el colegio, alguien te preguntó alguna vez qué querías ser de mayor. Es muy probable que no una sino varias veces. Iban pasando los años y la pregunta llegaba desde diferentes frentes: la familia, las amistades, los vecinos. Llegó un momento en el que elegiste una respuesta, una palabra arbitraria que definía una labor que inocentemente idealizabas, por motivos diversos. Para cuando volvía a aparecer esa pregunta, ya tenías qué contestar; incluso tu gente más cercana podía responder por ti, ya que tu vida se fue definiendo, de alguna forma, según esa elección fortuita e ilusionante; se podía atisbar tu destino, lo que te iba a configurar de forma completa, ya que con existir tal como eras parecía no resultar suficiente. Quizá no recuerdes cuándo fue la primera vez, pero aquella pregunta te abría una nueva puerta al mundo y te recibía con una pancarta que decía: «Bienvenida a la clase trabajadora».
El cuidarse y cuidar a los demás en el trabajo tiene nombre, se llama biosindicalismo.
Hay que trabajar, trabajar es imprescindible. Para trabajar tomamos pastillas que esconden los dolores de regla, comemos en quince minutos delante de una pantalla o conducimos durante cuatro horas para ir y volver a nuestro puesto. Todo esto pasa. Muchas de las personas que cogen el coche a diario para trabajar publican el trayecto en plataformas de compartir viaje y así suplen gastos. Durante meses como pasajera asidua, me propuse hacerle una pregunta a quien conducía, siempre la misma, en ese espacio íntimo pero también superficial, al límite de la confianza, que era estar dentro del coche de alguien desconocido desde el punto A hasta el punto B. Tras los primeros titubeos y datos cogidos al vuelo, llegaba el lanzamiento: «¿te gusta tu trabajo?». Pude recolectar escasas respuestas positivas. La mayoría respondía mientras negaba con la mirada fija en la carretera, se encogía de hombros o lanzaba una risilla nerviosa y autocompasiva. Algunas que decían que sí, también dudaban. La rotundidad nunca fue una característica del amor por el trabajo.
Caminemos hacia el biosindicalismo
En mi espontánea investigación que va de lo micro a lo macro, he descubierto que hay ciertas condiciones que se repiten en quienes afirman que sí les gusta su trabajo. Independientemente de que la actividad realizada sea fruto de sus deseos o meramente circunstanciales, hay un regustillo agradable en quienes aseguran que, en sus jornales, se cumplen estas características: existe compañerismo y buen ambiente laboral, ejercen la actividad de forma segura y sin agotarse, se respetan los horarios, el turno partido no existe y se cobra un salario digno. Nada más y nada menos que lo mínimo que debería garantizar un empleo resulta ser síntoma de felicidad. Pero hay un par de requisitos extra capaces de generar chiribitas en los ojos, mariposas en el estómago; que promueven la realización simbólica de volteretas y festejos en quienes pueden disfrutar de dos máximas en sus trabajos, que no son más que la autogestión de los turnos y el reparto de tareas.
Los trabajos que se encargan de los cuidados son también los que más maltratan a sus trabajadoras.
Si algo se merece la clase trabajadora, que por el hecho de pertenecer a ese grupo mayoritario no está exenta de llevar a cabo otras actividades básicas y necesarias como el comer, el descansar, el querer, el cuidar, el limpiar, etc., es poder tomar decisiones en el ámbito en el que se desarrolla profesionalmente para cambiar su tiempo por dinero. Las teorías que defienden la abolición del trabajo son preciosas, motivantes, poéticas: servirán. A día de hoy son solo palabras. Quienes las pronunciamos acabamos trabajando o mantenidas. Mientras haya que trabajar, debe existir el derecho a poner la vida por delante y que el equipo de trabajo tenga el poder de autorregular lo que puede producir y cómo, buscando el bien común del equipo, no el bien de la empresa, aunque esta salga ganando. Y no solo es necesario recordarlo y exigirlo a quien nos contrata, sino imponérnoslo como forma de relacionarnos, de habitar el cuerpo que sufre mientras trabaja.
El cuidarse y cuidar a los demás en el trabajo tiene nombre, se llama biosindicalismo y lo ha acuñado el colectivo Territorio Doméstico de trabajadoras del hogar y los cuidados.[1] No es casualidad que sea este sector, eminentemente ocupado por mujeres, quienes hayan dado un paso al frente en la lucha laboral en nuestra época. Los trabajos que se encargan de los cuidados son también los que más maltratan a sus trabajadoras. Como ellas, las kellys (las que limpian en establecimientos hoteleros) también han conseguido hacer públicas y notorias sus condiciones laborales, tan abusivas y violentas con sus cuerpos. Sus luchas, basadas en el apoyo mutuo y la justicia, demuestran que algo podemos hacer, que nuestro derecho como trabajadoras no es solo trabajar y recibir un sueldo, sino hacer lo posible por mejorar nuestra situación desde dentro, con las demás.
Que la vida sea mejor
Los centros de ancianos, las residencias de mayores y los pisos tutelados para personas de la tercera edad están llenos de hombres y mujeres, pero sobre todo de mujeres, a las que se les llena la boca al decir que tienen unos hijos muy buenos, muy trabajadores. Trabajan mucho y por eso no tienen tiempo para ir a verlas. Se lo cuentan a quien se tercia, quizá recordando sus propias vidas, protagonizadas desde la niñez por eso mismo, por trabajo, mucho trabajo. Parte del salario de esos hijos está destinado a pagar el hogar colectivo de sus predecesores, ya que las jornadas no permiten cuidar a la familia. Sin duda, en esta ecuación algo sobra, o falta, o está mal colocado. Algo que tiene que ver, de nuevo, con la vida. Y es que la vida no puede ser eso que falta cuando se está trabajando; la vida forma parte del trabajo y la vida es, también, no trabajar. Todo lo colectivo es necesario, a todos los niveles, para combatir las injusticias laborales que soportamos: sindicarse y asociarse con colectivos que luchan por mejorar las condiciones laborales, de consumo y de acceso a la vivienda basadas en el anticapitalismo, el ecologismo y el feminismo; apoyar a medios independientes que tratan la información que de verdad tiene en cuenta a la población y que no funcionan solo como altavoz de los personajes políticos de turno; además de aliarse con las compañeras para poder ir ganando terreno en nuestras labores del día a día.
La vida no puede ser eso que falta cuando se está trabajando; la vida forma parte del trabajo y la vida es, también, no trabajar.
Somos trabajadoras, sí, y en nuestros puestos de trabajo también somos madres, hijas, vecinas y amigas. No somos robots, aunque seamos fácilmente suplantables en nuestro trabajo. Afortunadamente, estamos vivas, y eso es una suerte. Normalizar hacer los cambios que necesitemos sin que deban tener el visto bueno del jefe puede ser una pequeña batalla ganada que nos otorga cierto poder en el trabajo o en nuestras vidas. Cambiar de turno, hacer las cosas a nuestra forma, descansar más veces y más tiempo, todo ello sin pedir permiso, cuidando unas de otras, pueden ser algunas pequeñas decisiones que sumen, que nos ayuden en lo cotidiano. No decir siempre que sí, plantear nuestras necesidades de forma sincera, preocuparnos por las compañeras… es parte del camino.
Con cierto carácter retroactivo, me atrevo a preguntarle a quien fue todas las mañanas al colegio desde las 9:00, a ti que me lees desde el siglo xxi, qué hubieras contestado si, en lugar de oír la cantinela de qué querías ser de mayor, te hubieran preguntado cuáles querías que fueran tus condiciones laborales. Quizá esta pregunta te sitúe en el mismo lugar en el que te encontrabas cuando todavía no sabías qué contestar, cuando no tenías ni idea de lo que significaba trabajar, en un limbo de dudas y expectativas, ya que eso de tener buenas condiciones laborales es un espejismo, en todos los sectores, en todos los formatos de negocio, en todas las actividades: es a lo que nos hemos acostumbrado. Desde ese lugar ingenuo te animo a que respondas, también a que pruebes algo nuevo y, si no sale, otra cosa. A que acciones y observes, buscando lo mejor para quienes trabajáis y para otras trabajadoras. Desde ese lugar ingenuo te animo a que trabajes mejor solo por un motivo: que tu vida sea mejor.
[1] Biosindicalismo desde los territorios domésticos. Nuestros reclamos y nuestra manera de hacer, de Rafaela Pimentel, Constanza Cisneros, Amalia Caballero y Ana Rojo (en conversación con compañeras de Territorio Doméstico y del Observatorio Jeanneth Beltrán), 2021. https://www.inmujeres.gob.es/publicacioneselectronicas/documentacion/Documentos/DE1977.pdf