Amal El Mohammadiane Tarbift

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Lentejas majoreras en las manos de Fayna. Foto: Carlos de Saa

Pequeña, humilde y resistente, esta legumbre forma parte del patrimonio biocultural de Canarias. En Fuerteventura, un proyecto agroecológico recupera su cultivo y los saberes campesinos que la mantuvieron viva durante casi dos mil años. Sus semillas, transmitidas de mano en mano, fueron custodiadas por las primeras pobladoras amazigh del archipiélago.

 

En una isla donde el viento marca el ritmo y la lluvia es un acontecimiento, una semilla enterrada bajo el suelo árido está despertando algo profundo e inesperado. La lenteja majorera se ha convertido en el centro de un proceso que recupera saberes agrícolas y formas de relación con la tierra que aún perviven en la cultura campesina de Fuerteventura.

Durante casi dos mil años, esta legumbre ha atravesado discretamente la historia de Canarias. Ha sobrevivido a conquistas, cambios culturales y transformaciones agrícolas. Hoy, la ciencia confirma lo que durante generaciones se transmitió en los campos y en las cocinas del archipiélago: la variedad que todavía se cultiva en las islas es, literalmente, la misma que sembraron sus primeros pobladores.

Un estudio genético internacional liderado por la Universidad de Linköping y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ha revelado que las lentejas actuales de Canarias descienden directamente de las que trajeron las poblaciones norteafricanas que llegaron al archipiélago alrededor del siglo iii d. C.

Tras analizar el ADN de semillas arqueológicas halladas en antiguos silos, el equipo investigador comprobó una continuidad genética de casi dos milenios, un fenómeno poco habitual en la historia agrícola europea.

 
   Es una de las primeras plantas domesticadas por la humanidad y conecta directamente con la población amazigh.   
 

La bióloga, botánica y agroecóloga Fayna Brenes Quevedo (Tetir, Fuerteventura) observa esta planta más allá de la curiosidad científica. Implicada tanto en la investigación como en su difusión social, la mira con una mezcla de fascinación académica y emoción política.

«Es una de las primeras plantas domesticadas por la humanidad y conecta directamente con la población amazigh», explica, subrayando su valor como patrimonio biocultural del archipiélago.

El estudio, titulado El ADN antiguo de lentejas ilumina las interacciones entre humanos, plantas y culturas en las Islas Canarias, cuestiona una idea muy extendida: que la agricultura indígena desapareció tras la conquista europea en el siglo xv.

El análisis genético cuenta otra historia. Las semillas encontradas en depósitos prehispánicos muestran una continuidad inesperada. No hubo sustitución completa de cultivos, sino una resistencia cotidiana que logró mantenerse durante siglos.

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Fayna Brenes junto a lentejas majoreras. Foto: Carlos de Saa

Para Fayna, esa continuidad no se explica únicamente por factores agrícolas o ambientales. También tiene que ver con quién sostuvo la vida cotidiana tras la conquista. «Fueron las mujeres indígenas quienes guardaron y seleccionaron estas semillas», enfatiza. Mientras el orden social se desmoronaba, ellas mantuvieron vivas las prácticas agrícolas dentro del ámbito doméstico, preservando un conocimiento que siguió transmitiéndose de generación en generación.

Gracias a esa labor de selección y cuidado, la lenteja logró adaptarse durante siglos a un territorio extremo: suelos volcánicos pobres, escasez crónica de agua y un aislamiento geográfico que favoreció una evolución genética singular.

Vínculos con la tierra

Hoy, ese legado vuelve a ocupar un lugar central. El proyecto de revalorización y cultivo de esta variedad, impulsado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria a través del programa UniRural, busca rescatar estas semillas resilientes y devolverlas al paisaje agrícola de las islas, reforzando el vínculo entre comunidad, historia y territorio.

Como dice Fayna, «las semillas no son solo semillas, también cuentan historias y son memoria». Ese vínculo sigue vivo entre quienes han convivido con esta siembra durante décadas.

En Tetir, al norte de Fuerteventura, Lupe Balsera lo recuerda con la naturalidad de quien lo ha vivido desde niña. Nació en Villaverde hace 82 años y todavía hoy sigue sembrando. «Planté muchas lentejas, arranqué muchas lentejas y comí muchas lentejas y sigo comiendo lentejas y todavía sigo plantando algunas cuando llueve, aunque ya no puedo hacerlo mucho, pero me gusta».

 
   Antes te podías ir al campo, pero ahora hay vacacional hasta en el pueblo más recóndito.   
 

Sin embargo, ese paisaje agrícola convive hoy con profundas transformaciones. Durante décadas, el campo ha sido abandonado frente al peso del turismo y los servicios. Ahora, aclara Fayna, empieza a surgir un nuevo interés por volver a la tierra, incluso entre personas que no crecieron en el mundo rural.

Pero el regreso es cada vez más difícil. «Antes te podías ir al campo, pero ahora hay vacacional hasta en el pueblo más recóndito», señala con preocupación. Aun así, observa un cambio de percepción, ejemplificándolo con la alimentación: «la gente empieza a darse cuenta del valor real de la comida».

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La era del campesino Juan Cabrera. Foto: Fayna Brenes

Aprender a sembrar

El trabajo de Fayna con esta legumbre llega también a las aulas para reconstruir la relación entre infancia, agricultura y alimentación. A través de huertos escolares y proyectos educativos, su propuesta busca que alumnado y familias redescubran el valor de los alimentos tradicionales y del conocimiento transmitido entre generaciones.

Uno de los ejes es la siembra de lentejas en colegios. «Ya sembramos, recogimos hasta la segunda camada de lentejas preciosas. Ha llovido mucho este invierno», relata con especial alegría, después de varios años encadenados de sequía.

El alumnado participa en todo el proceso: preparar la tierra, usar el sacho, regar y cuidar el cultivo.

El contacto con la tierra despierta sorpresa entre jóvenes que nunca imaginaron que estos cultivos pudieran crecer en su entorno.

Es el caso de Lucía Berkey Ochoa, de 16 años, del municipio de La Oliva: «No me veo trabajando en el campo, pero sembrar las lentejas majoreras ha sido un gran aprendizaje. No sabía que podíamos plantarlas aquí». Para ella, la experiencia fue todo un descubrimiento: «Ha sido muy formativo… y superdivertido».

Este aprendizaje suele terminar en la cocina. En una de las ediciones del proyecto, el cierre fue un gran potaje preparado para todo un colegio. «Esos chiquillos ahí comiéndose el potajito, vueltos locos», recuerda Fayna. Para sorpresa de muchas familias, algunos niños que en casa rechazaban las verduras disfrutaban del plato.

 
   Hay algo innato en el ser humano que cuando lo pones en contacto con la naturaleza… se enamora.   
 

La receta venía de la tradición familiar: «Era de una abuela, muy antigua, y llevaba carne seca de cabra, un vestigio de cuando se secaba la carne».

Para Fayna, ese gesto resume el sentido del proyecto: recuperar recetas sencillas que conectan historia, territorio y memoria.

«Al final, la infancia es la esperanza». El contacto con la tierra despierta un entusiasmo que desmiente muchos prejuicios sobre las nuevas generaciones. «Tú les pones a echar estiércol y están peleándose por hacerlo», cuenta entre risas. «Hay algo innato en el ser humano que cuando lo pones en contacto con la naturaleza… se enamora».

Memoria entre generaciones

Este aprendizaje práctico se conecta con otra iniciativa impulsada por Fayna, «Pregúntale a tu abuela», un proyecto en el que el alumnado investiga la memoria culinaria y medicinal de su propia familia. En la mayoría de los casos, son las abuelas quienes conservan ese conocimiento. «Son la fuente de sabiduría y de arraigo con la tierra».

La propuesta busca tender puentes entre generaciones que a menudo apenas dialogan. De repente, adolescentes hablaban con tiempo por primera vez con sus abuelas, recordando historias y conocimientos que rara vez se comparten en el día a día. Esas conversaciones, grabadas en el móvil, se transforman después en pósteres que recogen información sobre plantas medicinales y otros saberes tradicionales.

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Lentejas majoreras sobre el suelo de Fuerteventura. Foto: Carlos de Saa

La cocina y sus tiempos

Para Fayna, la lenteja majorera tiene una gran dimensión simbólica: «Lo representa todo. Es tan humilde, tan de abuela, tan de caldero, tan de cocina, tan de hogar que nos enraíza con el pasado de Canarias». Sentarse a comer juntas, ahora, comenta, es un acto político importantísimo. Recuperar el cultivo implica, sobre todo, recuperar el tiempo para cuidar y conversar.

Esa filosofía se pone a prueba con el clima de Fuerteventura. Mediante innovaciones agroecológicas «como surcos profundos y acolchados de estiércol para frenar la evapotranspiración», el proyecto ha logrado cosechas incluso en pleno verano, desafiando la aridez majorera.

Pero el objetivo de la siembra no es crear un producto gourmet para una élite, sino un alimento básico para la comunidad. «Queremos que esta lenteja llegue a los comedores escolares y a las casas. Me han venido señoras mayores, emocionadas, a decirme que llevaban años sin comer las lentejas que ellas mismas cosechaban de niñas».

La lenteja majorera se convierte así en una defensa del común frente a la mercantilización. «La semilla es para el pueblo. Si sobra, ya se mandará fuera, pero primero es nuestra», afirma.

Guardianas contra la mercantilización de la gastronomía

Una de las claves del proyecto es la creación de una red de «guardianas y guardianes» que cultivan la lenteja para garantizar su conservación.

«Una sola semilla te da cien», explica Fayna. Pero el cultivo tiene particularidades: la siembra es sencilla, mientras que la recolección requiere muchas manos. Por eso el proyecto se apoya en una red comunitaria basada en el apoyo mutuo. «Si alguien necesita ayuda para recoger, todos vamos. Así se crea un trasvase de información, de ayuda y de cuidados».

Para Fayna, la agroecología solo tiene sentido si rompe con lo que llama «la sociedad del guerrero y de la muerte», un sistema que prioriza la épica individual y el mercado sobre el cuidado colectivo. También es una forma de reivindicar los saberes invisibilizados: «Cuando las tareas las hacemos las mujeres, carecen de valor; pero cuando pasan a manos de un hombre, se vuelven épicas, convirtiéndose en los “chefs de la vida”. Detrás de esa misoginia hay un profundo desprecio a la vida misma».

 
   Es tan humilde, tan de abuela, tan de caldero, tan de cocina, tan de hogar que nos enraíza con el pasado de Canarias.   
 

El proyecto concluye con una invitación clara: desplazar el foco del prestigio de lo gourmet hacia lo que realmente sostiene la vida: «recuperar el valor de las mujeres, de la infancia y de nuestros mayores».

Sin embargo, la revalorización gastronómica también puede desempeñar un papel clave para que el cultivo tenga futuro. La incorporación de la lenteja majorera en recetas contemporáneas y en la restauración local permite cerrar el ciclo entre quien produce y quien consume, además de dar visibilidad a un alimento que forma parte del patrimonio biocultural de las islas.

Algunos restaurantes canarios ya colaboran en esta recuperación y han sido reconocidos como establecimientos aliados del proyecto que apuestan por los productos de siempre y se atreven a reinterpretar, con mirada contemporánea, las recetas heredadas de las abuelas.

De este modo, la cadena que une memoria, cocina y territorio vuelve a encontrarse. Bajo las estrías del paisaje semidesértico de Fuerteventura, la lenteja seguirá resistiendo la sequía y un sistema que olvida que la verdadera economía es la que, como la primera mujer que guardó una semilla en su bolsillo, sabe que su propósito final siempre ha sido el mismo: alimentar la vida.

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