Patricia Dopazo Gallego
El pasado mes de octubre se celebró en Sevilla el IX Congreso de Economía Feminista. La primera mesa redonda en plenaria, «Economías feministas rurales y agroalimentarias en las periferias del Estado español», estuvo protagonizada por cinco mujeres vinculadas al sector agrario que, además de contar cómo resisten las violencias del conflicto capital-vida, compartieron sus estrategias para hacerles frente.

Aventado de lentejas en Tetir. Foto: Juan Cabrera
El conflicto capital-vida está tan presente que muchas veces no lo apreciamos; hemos normalizado convivir con él. Como explica Amaia Pérez Orozco,[1] «es definitorio de un modelo socioeconómico que se despliega sobre todos los territorios y destruye formas de economía distintas, a las que menosprecia como economías de subsistencia, aquellas que “simplemente” reproducen las condiciones de vida sin colmar esa aspiración de progreso, desarrollo y crecimiento constante, infinito».
Lo rural, zona de sacrificio
Una de sus representaciones más evidentes son las zonas de sacrificio, regiones geográficas permanentemente sujetas a daños medioambientales que acaban vulnerabilizando y empobreciendo a las comunidades que las habitan. «Las prácticas empresariales contribuyen a producir estas zonas y se enriquecen a costa de ellas», afirmó Ana Pinto, del colectivo Jornaleras de Huelva en Lucha. Huelva es un ejemplo claro de zona de sacrificio, con la mayor mina a cielo abierto de Europa, la de Riotinto, el vertedero nuclear de Nerva ―que recibe residuos de toda Europa―, la refinería de petróleo de Palos de la Frontera, la contaminación de la Ría de Huelva por los fosfoyesos de Fertiberia y la propia industria del fruto rojo, agronegocio de exportación que explota a las personas con trabajos precarios y agota la tierra y el agua.
Este sistema ha colonizado nuestra mentalidad y nos ha metido en esta burbuja.
Encontramos zonas de sacrificio en infinidad de territorios. Gloria Sosa, productora y educadora del Colectivo Cala, reconoce como tal también su tierra, Extremadura, con cientos de proyectos extractivistas en proceso de tramitación, sin olvidar los relacionados con las energías renovables o los olivares y almendros intensivos en regadío que ya se extienden por todo el territorio. «¿Qué significa históricamente el sacrificio? Significa hacer ritos por algo sagrado, en este caso el mercado, para que la rueda siga. Y lo que sacrificamos es nuestro tiempo, nuestras vidas», denuncia Gloria. Señala los efectos que tiene todo este sistema sobre las mujeres rurales en particular y que, además, «está también en nuestras cabezas, ha colonizado nuestra mentalidad y nos ha metido en esta burbuja». Lo ejemplifica, para ella, la naturalidad con la que la gente de los pueblos ha asumido que ya apenas se consuma lo que se produce allí, que todo venga de fuera y que, a la vez, todo se vaya fuera, a alimentar las ciudades: la energía, las materias primas agrarias, la producción animal.
Desagrarización y estigmatización
Los problemas en el campo derivados del sistema agroindustrial tienen múltiples capas. A nivel global, una de estas capas es la desagrarización, el desmantelamiento del mundo rural en su conjunto, tema en el que profundiza Verónica Sánchez Martino, Livi. «En Asturias teníamos 50.000 agricultores a título principal en los años ochenta y hoy no llegamos a 10.000. Esa pérdida implica también perder agroecosistemas, saberes, infraestructuras…». Livi comparte con las más de trescientas asistentes al congreso sus diez años de experiencia en una cooperativa agroecológica de transformación de avellana en Asturias, Kikiricoop, y la dificultad de aprovechar los productos locales. «En Asturias ya no encuentras dónde descascarillar avellana y esto hace que se aproveche menos del 10 %, porque no se puede comercializar. La desagrarización hace que se caigan eslabones de la cadena de producción y que dejen de poder aprovecharse recursos locales que ahora se pierden, con todo lo que eso significa. Importar avellana de Azerbaiyán es muchísimo más barato que usar la nuestra».
Livi señala otros problemas del mundo rural que son procesos a largo plazo y que ya ni siquiera son noticia, como la despoblación y la falta de servicios públicos, y algunos a los que se enfrenta su zona en particular, el concejo de Cabranes, como la gentrificación, el acaparamiento de vivienda debido a la turistificación y que Asturias se vea desde las ciudades como un «refugio climático».
La sociedad urbanocéntrica ha estigmatizado el mundo rural y ha generado multitud de estereotipos vinculados a él, también sobre las mujeres rurales. Gloria lo expone desde su experiencia en Alburquerque (Badajoz): «No se mira a la ruralidad y a las mujeres rurales desde dentro; estamos cansadas de que se nos analice y se simplifique lo que somos sin que se nos escuche. Todo esto dificulta que podamos ser vistas como protagonistas del cambio, cuando existe una enorme creatividad y acceso a conocimientos propios de las zonas rurales que hoy son sumamente valiosos, y también una gran diversidad entre nosotras». En este sentido va también la protesta de Livi al compartir el actual proceso de redacción del Proyecto de Ley del Estatuto de las Mujeres Rurales en Asturias. «Define a las mujeres en función de su lugar de residencia, con un enfoque homogéneo y, además, centrado en el empleo, el emprendimiento y la digitalización, lo que deja fuera además a las mujeres mayores que no entran en esa lógica». Sin organizarnos, confrontar y desobedecer, dice Gloria, va a ser muy difícil dar la vuelta a todas estas lógicas y llegar a una economía feminista.
Más organizaciones agrarias feministas
Isabel Vilalba, del Sindicato Labrego Galego, señala que todos y cada uno de los territorios sufren violencias, sean fruto de procesos más complejos o más particulares, porque lo que se está expoliando es el único espacio de vida que tenemos, el propio planeta, y esta mirada global no debemos perderla para así sumarnos y aprender de las luchas de otras compañeras, que resisten estas violencias desde hace mucho más tiempo. Nombra a las campesinas de países de América Latina o de Palestina como referentes. «Solo organizándonos podemos contrarrestar estas políticas que nos agreden».
El Sindicato Labrego tiene más de cincuenta años de historia. «Hablamos desde un proyecto que pretende que se consolide el derecho a una alimentación saludable para todas las personas, especialmente las más vulnerables, no este modelo de alimentos agroecológicos certificados para quien pueda pagarlos».
Yo no produzco alimentos, de eso se encarga la naturaleza. Yo en realidad soy cultivadora y lo que cultivo son relaciones. Todo está conformado de relaciones, no hay nada aislado.
Isabel comparte la trayectoria de su organización, que desde sus inicios fue muy consciente de la situación de las mujeres labregas y no solo trabajó por sus derechos profesionales, sino también por temas como la violencia de género o la anticoncepción, consolidando un espacio propio, la Secretaría de las Mujeres, y logrando en 2007 la paridad en todos los espacios de representación y decisión del sindicato. También fue importante conseguir en 2011 la ley de titularidad compartida de las explotaciones agrarias, aunque aún se sigue presionando a la administración para su desarrollo y aplicación. Sus áreas de trabajo son sumamente diversas: mercados locales, semillas campesinas, relevo, compra pública, formación, movilizaciones y campañas… y la articulación internacional con La Vía Campesina y sus escuelas feministas.
El Sindicato Labrego es un referente para muchas organizaciones agrarias críticas con el modelo agroindustrial y con el patriarcado, algunas de ellas emergentes, como la Xuntanza Campesina en Asturias, de la que forma parte Livi, o la Sindical Obrera Andaluza, que integra Ana junto a otras compañeras y que, por su realidad particular, tiene muy presente al colectivo migrante que trabaja para las grandes agroexportadoras. «Exigimos derechos laborales plenos, regularización de la población migrante y abolición de la ley de extranjería. Estamos trabajando para que haya inspecciones laborales de verdad y por el fin de la impunidad patronal, con una mirada larga que busca alternativas laborales reales, recuperar el trabajo en el monte, la transición agroecológica y la reforma agraria», explica Ana. Los asuntos inmediatos para ellas son las campañas de empadronamiento y la sensibilización antirracista y, hasta el momento, han ganado todas las demandas laborales interpuestas, lo que las anima a continuar adelante.
Todas las participantes de la mesa están de acuerdo en la necesidad de integrar en lo cotidiano, en las militancias, trabajos y cuidados, una mirada radicalmente diferente pero a la vez radicalmente simple. «Hay que recuperar la capacidad de mirar la tierra como un organismo que nos proporciona la vida», así lo expresa Leticia Toledo, campesina agroecológica en la Sierra de Cádiz. «Yo no produzco alimentos, de eso se encarga la naturaleza. Yo en realidad soy cultivadora y lo que cultivo son relaciones. Me muevo en un espacio de relación continuamente y siento que es profundamente feminista situarse en esa relación porque se rompen las jerarquías, miramos desde otro lugar el poder. Gracias a la agroecología he entendido la profunda dependencia que tenemos unos de otros: naturaleza, trabajo, todo está conformado de relaciones, no hay nada aislado. Todo lo contrario de lo que transmite el patriarcado y la propia ciencia, que nos enseña a mirar de forma aislada».
Como dice Leticia, no nos damos cuenta de que lo que le pasa a la tierra nos está pasando dentro porque somos lo mismo. Hay que dejar de normalizar este malestar del conflicto capital-vida y aprender todo lo que la agroecología puede enseñarnos. Alrededor de Leticia y de su proyecto se ha conformado con los años una comunidad que se alimenta de lo que ella cultiva. Algo tan lógico y habitual a lo largo de siglos, hoy es «simplemente» subversivo.
[1] Pérez Orozco, Amaia (2021). El conflicto capital-vida. Revista Trabalho Necessário. Disponible en PDF en https://www.researchgate.net/publication/350599407_El_conflicto_capital-vida