Amaia Pérez Orozco

Poema visual de Ferran Fernández
En general, desconocemos cómo funcionan los complicados mundos del sistema financiero y las cadenas globales de producción; pero, a poco que lo pensemos, vemos las situaciones indecentes que generan. Necesitamos hacernos fuertes en una afirmación que compartimos: la vida no es una mercancía. Sacar la vida de los mercados es el punto de partida de la economía feminista.
Imaginemos: a tu primo albañil le va muy bien últimamente, no da abasto con tanta casa en construcción. Se anima y se lanza a una hipoteca a 30 años para pillarse el adosado con el que siempre ha soñado. A un precio absurdo, pero pagable en cómodos plazos. De repente, la burbuja explota; los intereses de las hipotecas se disparan. Se queda sin curro. Le dicen que ha vivido por encima de sus posibilidades. Lo desahucian. Pero la rueda vuelve a girar: el gobierno rescata al banco que le dio la hipoteca y a la constructora que construyó el adosado. Vuelven a contratar a tu primo. Ahora levanta una residencia de personas mayores; la financia un fondo buitre porque no hay fondos públicos… Los usaron para rescatar el banco.
Imaginemos: qué buenas están las fresas. Hasta esas del supermercado que parecen de plástico. No pienses en los dedos que las han recogido. No pienses en la dueña de esos dedos, que come comida mucho más de plástico en una chabola de plástico mal levantada al lado del invernadero, mientras ahorra para llevar algo de vuelta cuando acabe la temporada y cruza los dedos para que el encargado no se encapriche con ella. Las fresas están todavía mejor con chocolate. Ese que viene de lejos, de un país que malamente sabemos situar en el mapa. No pienses en los dedos que han recogido el cacao. No pienses en lo pequeños que son. No pienses que recogen cacao en lugar de sostener un lápiz o una pelota, porque así no consiguen las monedas miserables con las que calmar el hambre.
Realidades habituales de la economía de mercado
No son imaginaciones. Son situaciones profundamente absurdas si miramos desde la vida. Profundamente injustas, sí. Indignantes, también. Son el pan (o la falta de pan) nuestro de cada día en una «economía de mercado», como la llaman. De mercado capitalista, para ser exactas: ese mercado donde los frutos de la tierra no son de quien la trabaja, ni la casa de quien la construye. En esa economía, estas situaciones son habituales y perfectamente lógicas. Por eso decimos que no es economía de mercado, sino de acaparamiento y explotación. Y que es incompatible con la sostenibilidad de una vida buena para el albañil, la jornalera y la criatura que debería estar en la escuela o jugando.
No es economía de mercado, sino de acaparamiento y explotación.
Porque, además, luego es cuando empieza lo verdaderamente difícil. En las preguntas y dudas que surgen cuando queremos desmontar la economía de mercado y poner en el centro la vida.
Derecho a techo, pero ¿qué techo? No hablamos del techo-fortaleza, un sitio donde nos meten con todos nuestros problemas para que cada quien se las apañe, como hicieron en la pandemia. Queremos casas abiertas y soluciones colectivas a los problemas comunes. No hablamos del techo-trampa, donde mujeres y disidencias son violentadas a la sombra de un crucifijo o de un «hogar dulce hogar» tejido a punto de cruz. No hablamos del techo-escondite, donde nos sentimos seguras en comparación con una calle que nos aterra con su eterna amenaza de una redada racista. Queremos entrar en casa con la misma libertad con la que queremos salir de casa.
¿Y de qué alimentación hablamos? Comer no es alimentarse. Alimentarse es llenar la barriga, pero también llenar el alma, el cuerpo, la memoria, las relaciones… Es tener una alimentación culturalmente adecuada, de calidad y proximidad, criada y cultivada con cuidado y sin tóxicos, por personas que no se dejan la salud en el campo y que entienden que la tierra no es un factor de producción, sino parte de un hilo vivo donde personas, animales y plantas estamos entrelazadas. El reclamo no es seguridad alimentaria, sino soberanía alimentaria; no es una agricultura de laboratorio, sino la que se arraiga en la tierra: la pequeña granja en la que las cabras tienen nombre y no la macrogranja digitalizada. Desde el agroekofeminismo, hablamos de derecho a la alimentación para nombrar esta reivindicación compleja, que llega hasta las cocinas: alimentarse no es sentarte a que te pongan el plato, sino aprender a cocinar juntes.
Alimentarse es llenar la barriga, pero también llenar el alma, el cuerpo, la memoria, las relaciones…
Un sinfín de reclamos y dudas
Cuando reivindicamos derecho a techo y a la alimentación, no pedimos que venga alguien de fuera y «nos lo dé». Hablamos de un compromiso con la vida en común y de una energía colectiva para afrontar las dificultades para ir poniendo la vida en el centro.
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- Redistribuir lo acaparado: Antes de construir más, expropiar y okupar la vivienda vacía y acumulada, la dedicada a especulación y turistificación (especialmente, la de lujo). Retomar un ¿viejo? reclamo: reforma agraria contra el acaparamiento global y local de tierras. Abordar debates incómodos: ¿de dónde saldrá el suelo para los proyectos de energías renovables, incluso si apostamos por los comunitarios de pequeña escala?
- Cambios «hacia dentro»: Poco recorrido tendremos si la propiedad privada de cuatro paredes sigue siendo nuestro horizonte vital, forma prioritaria o única de lograr el derecho a techo. Pero ¿cómo renunciar a esa única certeza en tiempos de incertidumbre generalizada? Poco recorrido también si unas siguen queriendo gastar en alimentación cuanto menos, mejor, mientras que lo dan todo en cañas, aviones o cuotas del coche. Y si otras no pueden gastar lo que deberían por la pura supervivencia. Si alimentarnos es central, deberá ser central en el bolsillo de todas... y en el tiempo de todas. Recuperar el saber del fogón en lugar de comprar lasaña precocinada.
- Creatividad: Hay propuestas que van más allá de lo ya trillado. La vivienda colaborativa, que obliga a inventar esquemas de financiación distintos a los habituales. La seguridad social de la alimentación, como forma de garantizar este derecho esencial, dedicando recursos colectivos a sufragar la compra de alimentos de calidad y cercanía. Habrá que ver los cómos: ¿Con un bono para gastar en tiendas del barrio? ¿Combinado con cocinas colectivas? ¿Con acceso directo a ciertos alimentos? ¿Compaginar esto con la creación de puestos de trabajo públicos en el sector agroalimentario? ¿Por qué profesorado público, sí, y campesinado público, no? ¿Por qué tanta casa que se cae a pedazos en el campo? Casas sin gente, gente sin casa, ¿qué pasa? ¿Y dónde pasa? ¿A quién le pasa?
- «Volver al campo»: No, no queremos que toda la gente urbana se vuelva neorrural. Pero sí cuestionar el binomio progreso-urbanización. Si hoy la ciudad y las lógicas urbanas se meten en el campo, darle la vuelta: empezar a meter campo y lógicas rurales en las ciudades. Saludarse por la calle, quitar asfalto para poner más plantas (¿comestibles?), reivindicar techo al tiempo que reconstruimos la relación urbano-rural.
- Trabajos esenciales: Nos dijeron en la pandemia que las cajeras de supermercado eran esenciales, pero nos bloquearon las preguntas: si son esenciales, ¿cómo pueden trabajar para una gran cadena de distribución que nos engaña y que, cuando bajan el IVA de alimentos básicos para evitar pobreza alimentaria, mantiene el precio y se lleva la diferencia? Si son esenciales las cajeras, ¿por qué las explotan? ¿Por qué los mercados de los pueblos no son esenciales y en la pandemia las campesinas no pudieron salir a vender sus verduras? Lo que es esencial, ¿quién lo decide, cómo se organiza, quién lo controla y cómo se valora?
Apostar por lo público-comunitario
Todo esto no podrán ni querrán abordarlo nunca las empresas de la «economía de mercado». En todo esto sí tendrá que estar lo público, con inversiones, recalificaciones de suelos, impuestos para financiar del común necesidades esenciales. Un sector público que baje a la calle y al campo. Que se meta en el fregado de cómo pensar la vivienda pública más allá de un sorteo, en el que, si te toca, lo mismo te mandan a la otra punta de la ciudad donde no conoces a nadie.
Lo que es esencial, ¿quién lo decide, cómo se organiza, quién lo controla y cómo se valora?
Sector público, sí, imprescindible. Pero insuficiente si va solo. Queremos comedores públicos con alimentos agroecológicos; los de los hospitales, colegios o residencias (de cercanía y pequeña escala). Pero también tiempo para hacer la compra, y cocinar, y hacer de la comida un momento de encuentro… Queremos y necesitamos comunidad: vida colectiva en la escalera, el barrio o el pueblo. Quizá una casa colaborativa, o «simplemente» espacios comunes en cualquier edificio. Un mercado local en el que conocer a quien cultiva las lechugas o hace el queso. Queremos comunidad donde no llega la institución y también que la flexibilidad de lo comunitario permee la rigidez burocrática. A esta mezcla de lógicas y actores nos referimos cuando apostamos por lo público-comunitario. Con dudas y alertas, porque es más un experimento deseado y un deseo ligeramente experimentado que una propuesta superdefinida.
Esta es la apuesta de la economía feminista: poner la vida en el centro y la alimentación en el centro de la vida. Queremos un techo bajo el cual la vida pueda descansar y cuidarse. Y todo esto no va a suceder nunca en una economía de mercado (capitalista); pero sí podemos intentar construirlo bajo lógicas público-comunitarias. Y ahí comeremos todas fresas... cuando toquen.