
Ilustración de Julia Gómez
¿De qué hablamos cuando hablamos de economía? Hemos crecido asimilando que la economía son los mercados, los precios, la productividad o el crecimiento. Un territorio aparentemente técnico, regido por cifras y cientos de indicadores incomprensibles. Sin embargo, la economía feminista lleva décadas proponiendo otra pregunta: ¿qué es lo que realmente sostiene la vida? Entender la economía desde ahí implica desplazar el foco radicalmente. Implica alejarnos de los circuitos monetarizados y de consumo y poner atención en los tiempos, los cuidados y los trabajos que permiten que la vida continúe cada día, aspectos que no son noticia y de los que no suelen hablar hombres con corbata. No estaría de más recordar que antes de estos mercados existieron los cuerpos, los vínculos, la tierra y los alimentos. En este número nos acercamos a esa pregunta a través de algo pequeño y, al mismo tiempo, tan cargado de significado como una semilla. La recuperación de la lenteja majorera en Fuerteventura nos recuerda que la agricultura campesina nunca ha sido solo una actividad productiva. Guardar una semilla para la próxima temporada parece un gesto pequeño, pero encierra una decisión radicalmente económica. Significa pensar en futuro, en las comunidades que vendrán. Confiar en la tierra y en la continuidad de la vida.
¿Quién cuida hoy esas semillas? ¿Quién decide qué se cultiva, qué se cocina y qué se come? ¿Quién decide qué se desperdicia?
Cuidar la tierra requiere tiempo. Y el tiempo se ha convertido en uno de los bienes más escasos. ¿Cómo sostener la agricultura campesina cuando el acceso a la tierra o a la vivienda se vuelve cada vez más difícil? En el conversatorio de este número, compañeras de Argentina y El Salvador nos recuerdan que, en muchos lugares del mundo, estas preguntas se entrelazan con un contexto político cada vez más tenso y violento, y que el avance de la extrema derecha va de la mano de ataques a los feminismos, a las comunidades campesinas y a las luchas por la tierra. La defensa de los territorios, de los cuerpos y de las formas de vida comunitarias se reafirma como un frente común frente a proyectos extractivistas que concentran la riqueza y el control social.
La cocina es otro de esos espacios donde se disputa silenciosamente la economía de la vida. Cocinar, además de transformar alimentos, es memoria, transmisión de saberes y relación con el territorio. En las cocinas se han conservado variedades agrícolas, se han adaptado las dietas a los ciclos de la tierra y se han tejido culturas alimentarias. ¿Qué ocurre cuando dejamos de cocinar?
¿Qué desaparece cuando las recetas dejan de transmitirse?
Mar Gallego y Amaia Pérez Orozco nos recuerdan que quizá la pregunta fundamental no sea cuánto ni cómo producimos, sino qué vidas somos capaces de sostener y cómo. Reconocer que la vida se organiza también en las huertas, en las cocinas, en las redes de cuidado y en los pequeños gestos que hacen posible que todo continúe. Tal vez por eso las semillas tengan algo que enseñarnos. Una simiente contiene tiempo acumulado: generaciones que sembraron, guardaron y volvieron a sembrar. Contiene conocimiento adaptado a un lugar, un legado histórico, la diversidad. Pensar la economía desde ahí nos obliga a cambiar de escala, de mirada, de prioridades. ¿Qué pasaría si organizáramos nuestros territorios a partir del tiempo necesario para cuidar la tierra, cocinar y sostener la vida? Otro gallo cantaría.
Revista SABC