La experiencia de FENSUAGRO en clave de construcción de paz desde las infancias y juventudes campesinas
Yexibeth Cadenas, Fabián Pachón y Angélica Clavijo Ariza

Actividades para la construcción de paz y de sentimiento de pertenencia. Foto: FENSUAGRO
En un mundo globalizado en el que el modelo de vida social, político y económico predominante se basa en la explotación y en la violencia, el campesinado colombiano se alza como esperanza desde la «re-existencia», como una forma orgánica de resistencia y construcción de paz a partir del cuidado de la vida. Desde las montañas, páramos, llanuras y ríos del país, el campesinado construye, día a día, una paz anclada en la persistencia de seguir cultivando, organizándose y soñando a pesar de la guerra y del olvido.
La historia del campesinado colombiano es una historia de exclusión y de lucha por ser reconocido. Durante décadas, los hombres y mujeres campesinas fueron invisibles en las estadísticas oficiales, ausentes en las políticas públicas y negados como sujetos políticos.
Su aporte a la economía y a la cultura nacional era evidente, pero su existencia jurídica y simbólica permanecía diluida bajo la categoría de «población rural». Frente a esta negación, el movimiento campesino emprendió una larga batalla por el derecho más básico: el derecho a existir ante el Estado y ante el conjunto de la sociedad.
Reconocimiento político
Solo hasta 2019, tras una larga batalla jurídica, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en cumplimiento de la sentencia STP2028 de la Corte Suprema de Justicia, desarrolló un instrumento específico para identificar a la población campesina del país. Dicha sentencia fue la respuesta de la Corte Suprema de Justicia a una tutela de 1.770 campesinos y campesinas que pedían su inclusión en las estadísticas oficiales del Estado.
Tres decisiones tomó la Corte: 1) solicitar la realización de estudios para delimitar el concepto de campesino; 2) recabar información estadística sobre esta población; 3) formular políticas públicas específicas para el campesinado colombiano.
En el marco del cumplimiento de esa sentencia, el DANE desarrolló una serie de preguntas encaminadas a la indagación de la identificación subjetiva del campesinado, cuestiones alimentadas por el diálogo con las organizaciones campesinas. De este trabajo ha derivado el desarrollo de instrumentos que permiten hoy al país contar con información básica (aún no suficiente) sobre este perfil de población.
Gracias a ese proceso, en Colombia, han sido identificadas como campesinas 10.208.534 personas (es decir, el 20 % del total de la población colombiana). De ellas, el 48,8 % son mujeres y el 51,2 % son hombres. La población campesina tiene un mayor número de personas ubicadas en los rangos de edad más altos, entre 41 y 64 años y de 65 en adelante (53,7 %). Un indicador que evidencia el envejecimiento del campo y alerta sobre la pérdida de relevo generacional que amenaza su continuidad.
Este primer reconocimiento fue seguido de un avance histórico: el Acto Legislativo 01 de 2023, que modificó el artículo 64 de la Constitución Política para declarar al campesinado como sujeto de derechos y de especial protección, incluyendo el derecho a la tierra y la territorialidad.
Este acto ha sido el primer paso en la vía de la transformación de la mirada institucional sobre el campesinado. Gana lugar una visión política que lo reconoce como actor económico, social, cultural, ambiental y, sobre todo, político. Además, impone al Estado la obligación de garantizar su protección integral, reconociendo su papel en la soberanía alimentaria y en la defensa del territorio. Asimismo, con ello se modificó parcialmente la inicial abstención del Estado colombiano en la aprobación en 2018 por parte de la Asamblea General de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de otras Personas que Trabajan en Zonas Rurales (UNDROP).
Posteriormente, se logra un nuevo avance, que es el reconocimiento del campesinado como víctima colectiva del conflicto armado. La Unidad para la Atención y Reparación de las Víctimas, junto con otras entidades, ha avanzado en la reparación y restauración de familias y organizaciones campesinas.
Este proceso no es solo una medida jurídica: es un acto de memoria y justicia que devuelve al campesinado su condición de actor central en la construcción de paz. La violencia lo despojó de su tierra, al igual que de su identidad. Su recuperación es un acto social y político de reconstrucción del tejido social y simbólico y, por esa vía, un paso en la construcción de la paz. Una paz que trasciende el silenciamiento de las armas y se construye desde la dignificación de los colectivos y sujetos políticos que sostienen la vida en los territorios.
«Comprender el conflicto armado en Colombia: territorios campesinos y violencia estructural»
El conflicto armado en Colombia tiene más de seis décadas de duración y está estrechamente vinculado a la concentración de la tierra, a las desigualdades persistentes y a la limitada presencia estatal en amplias regiones del país. En este escenario surgieron grupos guerrilleros que reclamaban reformas políticas y agrarias, a quienes se opusieron directamente fuerzas estatales y grupos paramilitares. La posterior influencia del narcotráfico añadió nuevos actores e intereses, lo que incrementó la disputa por territorios estratégicos.
Según un informe presentado ante la Comisión de la Verdad por siete organizaciones campesinas, el campesinado ha sido «la principal víctima» del conflicto. De acuerdo con este análisis, de aproximadamente 430 000 víctimas fatales del conflicto, al menos 251 000 serían campesinos y campesinas. El informe documenta patrones de desplazamiento forzado, despojo de tierras, restricciones a la movilidad y estigmatización sistemática de comunidades rurales. Destaca también el impacto particular que todo esto tiene sobre las mujeres campesinas, víctimas además de esclavitud sexual y doméstica.
FENSUAGRO y la defensa de la tierra desde la pedagogía
Estos avances en materia de reconocimiento político no habrían sido posibles sin la organización popular persistente. Entre ellas, FENSUAGRO (Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria) se ha consolidado como una de las más representativas. Próxima a cumplir cincuenta años de existencia, FENSUAGRO ha sido un escenario organizativo de lucha colectiva por la reforma agraria integral, la soberanía alimentaria y la defensa de los derechos del campesinado.
Todos los miembros de la familia campesina —niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores— son portadores de saberes y protagonistas de la transformación social.
Con presencia en 29 departamentos y más de 70 organizaciones afiliadas, FENSUAGRO ha apostado por la formación como herramienta de emancipación. Su propuesta educativa parte de una idea radical: todos los miembros de la familia campesina —niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores— son portadores de saberes y protagonistas de la transformación social. Por eso, su acción no se limita a la defensa sindical o política; se extiende al ámbito de la educación, la cultura y la organización comunitaria.
Aquí se enmarca el Instituto Agroecológico Latinoamericano María Cano (IALA María Cano), también conocido como la Universidad Campesina. Con sede en la vereda Brasil, municipio de Viotá, al sur de la provincia del Tequendama, en Cundinamarca, el IALA se ha convertido en un laboratorio de pedagogía popular y agroecología. Su lema, «aprender haciendo y educar produciendo», resume una filosofía profundamente política: el conocimiento se cultiva en la tierra, en el diálogo intergeneracional y en la práctica solidaria.
¿Qué comemos?, ¿de dónde vienen nuestros alimentos?, ¿quiénes somos y de dónde venimos? Estas preguntas sencillas se convierten en un ejercicio político.
El IALA María Cano propone una educación campesina crítica, vinculada al territorio y a las realidades de las comunidades. A través del arte, la música y el juego, se invita a los niños, niñas y jóvenes a preguntarse: ¿qué comemos?, ¿de dónde vienen nuestros alimentos?, ¿quiénes somos y de dónde venimos? Estas preguntas sencillas se convierten en un ejercicio político de reconocimiento: distinguir entre lo propio y lo impuesto, valorar la producción local frente al mercado global y reafirmar la identidad campesina frente a las narrativas que asocian el progreso con el abandono del campo.
De esta manera, el IALA no solo forma campesinos y campesinas; forma sujetos críticos, capaces de resistir a la educación despolitizada y funcional al capital. En un contexto de precariedad educativa (marcado por la falta de docentes, infraestructura y pertinencia cultural, social y territorial), esta experiencia se convierte en un referente de educación para la vida y para la paz. Su pedagogía promueve la solidaridad, el trabajo colectivo y el respeto por la naturaleza como valores esenciales para una convivencia justa y sostenible.
El trabajo del IALA y de FENSUAGRO es, en sí mismo, un acto de construcción de paz territorial. Al reconstruir el tejido comunitario y promover la soberanía alimentaria, reconfiguran el sentido de la política, orientándolo al cuidado de la vida, la defensa del territorio y garantizar la continuidad de los saberes locales.
Relevo generacional: infancias y juventudes, una fuerza creativa
FENSUAGRO, en alianza con otras organizaciones, como la Coordinadora Camperola del País Valencià (CCPV-COAG) y la Fundación Mundubat, centra sus esfuerzos en hacer posible que el territorio rural del país garantice el Buen Vivir, y con ello contribuir a la consolidación y perduración de la identidad campesina. Sin embargo, la cuestión agraria persiste como problema central de las desigualdades que hacen imposible la consolidación de la paz, que obliga a una constante resistencia desde una economía campesina, así como a resistir los ataques de políticas económicas establecidas por los tratados de libre comercio y la implantación de procesos impuestos por dinámicas del agronegocio en manos de corporaciones.
El movimiento campesino colombiano enfrenta hoy un desafío crucial: la pérdida de sus juventudes e infancias.
Tal tensión, en lo económico, social y cultural, ha generado diferentes problemáticas, entre las cuales FENSUAGRO señala como determinante los efectos de la migración de la juventud campesina a zonas urbanas. El movimiento campesino colombiano enfrenta hoy un desafío crucial: la pérdida de sus juventudes e infancias. La violencia, la pobreza, la falta de oportunidades educativas y el imaginario urbano del progreso han provocado un éxodo silencioso de jóvenes hacia las ciudades. En muchos territorios, el campo envejece y la transmisión de los saberes se interrumpe.
FENSUAGRO y el IALA María Cano han comprendido que la construcción de paz pasa por generar condiciones de vida digna, pero también de arraigo y sentido de pertenencia. Por ello, han incorporado a sus procesos formativos a niños, niñas y jóvenes, como protagonistas. Trabajar con las infancias y juventudes campesinas significa reparar los proyectos de vida fracturados por la violencia, pero también sembrar las bases de la territorialidad campesina.
En los espacios de encuentro e intercambio facilitados por el IALA María Cano, los niños, niñas y jóvenes redescubren la tierra como espacio de creación y libertad. La agroecología, la música y las expresiones artísticas se mezclan con la reflexión, generando un lenguaje propio que combina la memoria con la imaginación.
Las mujeres y hombres campesinos mayores comparten sus experiencias y saberes, mientras las nuevas generaciones aportan nuevas formas de organización y comunicación. Este intercambio intergeneracional es una forma de resistencia frente a la fragmentación social impuesta por la guerra y el mercado.
La educación campesina que allí se gesta busca formar infancias y juventudes con conciencia histórica y creativa, capaces de reconocer que la paz se cultiva desde la huerta escolar, la asamblea y la olla comunitaria.
¿Qué paz es posible si desaparecen las culturas que han sostenido la vida en los territorios?
En este contexto de organización y formación popular, la pregunta por la identidad campesina es una pregunta por el futuro del país. ¿Qué tipo de sociedad queremos ser si los hijos e hijas del campo no pueden seguir sembrando la tierra de sus abuelos y abuelas? ¿Qué paz es posible si desaparecen las culturas que han sostenido la vida en los territorios?
Construcción de paz desde la reexistencia del campesinado como esperanza y horizonte
El IALA María Cano, las escuelas campesinas, las huertas escolares y los intercambios intergeneracionales son expresiones de una paz vivida. En ellos, la educación es un acto político y el conocimiento una herramienta de liberación y creación de posibilidades. Allí, la infancia y la juventud no son agentes receptores, son actores del presente y guardianes no del futuro, sino de un presente más digno.
El campesinado colombiano nos recuerda que la paz no es la meta de un proceso político, sino el camino a seguir. Cada semilla plantada, cada niño, niña o joven que aprende el nombre de su territorio, cada mujer que defiende su parcela, cada comunidad que recupera su voz, son gestos de paz. Frente a un modelo que sistemáticamente destruye la vida, las comunidades campesinas apuestan por reconstruirla.