
El autor en la huerta
David Romero Latorre
La Rioja es chiquita: somos 360.000 personas y nos conocemos casi todas; las cosas suceden cerca y se sienten rápido, la escala es entendible porque termina afectando a alguien más o menos cercano.
No tiene por qué ser un vecino ni una conocida; a veces es alguien que te pilla de camino a otro sitio. A mí me ha pasado con las huertas que había de camino a la mía, huertas con abuelos (normalmente hombres mayores) de todas clases: con la bandera de España o de la República en la chabola, abuelos de abonos de bolitas o de caca de oveja a carretillas, abuelos de entutorar con cañas o con ferralla. Lo que me ha pasado es que ya no los veo. Sus huertas están llenas de hierbas, con depósitos de agua vacíos, con vallas llenas de zarzas, silenciosas. La pandemia y un par de veranos secos asestaron un golpe directo a aquellas personas que cuidaban de un legado que se nos ha hecho ver como rancio, anticuado, obsoleto…, como una «cosa de viejos».
Ahora las huertas tradicionales se ponen como ejemplo de «ineficiencia», de «insostenibilidad», de romanticismo obsoleto. Parece mentira que, siendo la ciencia como es (crítica, me refiero, no dogmática), haya quien la use como excusa y bandera para acabar con lo que —sin ninguna duda— ha funcionado durante miles y miles de años, tachándolo ahora de «derrochador». No niego que haya quienes abusen del riego, que «haberlos, haylos». La técnica es una cosa y el cómo se aplique es otra, pero esto es más un tema de aprendizaje, comunidad y sentido común.
Los abuelos enseñaban a su descendencia —y esta a la suya— a usar la azada, a cerrar y abrir los caballones para no calar de más y evitar pudriciones o que se agrieten sus tomates. Desde pequeño se aprendía, y era parte de un legado, de un ejercicio de soberanía alimentaria. Del mismo modo que la manera de hacer los renques tenía su legado de experiencia, el mantenimiento de las acequias que traían el agua hasta las huertas también formaba parte de una herencia que crecía con las generaciones, aportando cada una de ellas un nuevo tramo, una mejora o un mantenimiento más coordinado, equitativo y justo. Las comunidades de regantes eran el estandarte de una unión territorial, herederas del legado campesino.
La técnica milenaria que se usa en esas huertas es la inundación o riego a manta. Cada dos o tres días, la planta recibe mucha agua en poco tiempo, y no toda puede ser absorbida por el cultivo, por lo que el resto se filtra en la tierra y termina en el acuífero de esa cuenca, que finalmente podrá aprovechar todo el ecosistema aguas abajo (incluidos los siguientes regantes, fuentes, bebederos…).
Pero resulta que aparece un invento hace dos días: unos tubos que echan el agua gota a gota en la base de la planta, le dan lo justo para vivir; pero, acostumbradas a que los nutrientes y el agua estén en superficie, las raíces no ahondan en la tierra para buscar alimento, como lo haría un olivo o una vid de manera natural. Y dicen que «solo gastan el agua que necesita cada planta cada día. ¡La solución definitiva para aplicar en masa!» (como en los anuncios de la teletienda).
Ya no hay que regar a manta —ni saber hacerlo, ni conservar sus estructuras milenarias—, tan solo colocar un hidrante en la cabeza de tu finca con su contador, los tubos, un programador, unas válvulas y dejar que la ciencia obre su magia (ah, y pagarlo todo).
Ya no necesitamos más que una parte de los litros que corrían por la acequia para regar nuestros árboles con exactitud, por lo que nos sobran litros, que son los que «tirábamos al fondo de la tierra por inundación» y que ahora quedan como ahorro o «fondo de inversión». ¿Y qué hacer con ese ahorro? Es sencillo hasta para un profano en capitalismo: pues declaramos más territorio como regadío, plantamos allí más árboles y les ponemos goteo también. Así conseguiríamos regar más árboles con los mismos litros, ¡más beneficios con la misma agua! ¡Si es que las matemáticas no fallan! Si no lo entienden, revisen las cuentas… o los planes de regadío.[1]
Pero la cosa no acaba aquí. ¿A qué coste deshacernos de esos tubos una vez caducos y a qué coste serán los nuevos? ¿Cuánto aguantarán nuestras vides y olivos enraizados «a flor de piel» si este sistema falla? ¿Qué ahorro hay en gastar cada gota de agua de manera «eficaz» si al final se gasta toda? Y si gastamos hasta la última gota de agua en producir de manera exacta, ¿no dejamos fuera de la ecuación a un ecosistema del que irremediablemente formamos parte?…
Y más preguntas y dudas razonables que me dejo en el tintero.
Si no nos replanteamos todas las cuestiones que la propia ciencia nos obliga a exponer, si nos dejamos convencer por el primer relato publicitario que nos llegue sin hablar en comunidad, entonces toda esa sabiduría, todas esas técnicas, toda esa tierra, toda esa agua… ya no serán una herencia que defender para quienes vienen después. No tendrán de qué preocuparse, porque ya se habrán vendido por seco dinero.
[1] Efecto de la modernización de regadíos sobre la cantidad y la calidad de las aguas: la cuenca del Ebro como caso de estudio / Sergio Lecina, 2009. Disponible en PDF en http://digital.csic.es