Milena Silvester Quadros
A través de la investigación-acción y la educación popular en proyectos de agroecología con mujeres en Porto Alegre (Brasil), planteamos la necesidad de recuperar los saberes ancestrales. Los huertos comunitarios se presentan como espacios de resistencia que no solo fomentan la soberanía alimentaria, sino que también promueven el buen vivir, la cooperación y el cuidado de la diversidad, ofreciendo un camino para reconectar con la naturaleza y las comunidades.
Actividades en las huertas comunitárias de la región metropolitana de Porto Alegre. Fotos: Milena Silvester

¿Y si la precariedad fuera la condición de nuestro tiempo?
Esta es la pregunta que lanza Anna Tsing en su libro La seta del fin del mundo (Capitán Swing, 2015), sobre la posibilidad de vida en las ruinas del capitalismo. En un mundo atravesado por desastres ambientales, políticos, sociales y culturales, donde la crisis parece haberse vuelto norma, esa interrogante resuena con más fuerza que nunca. No olvidemos que el Antropoceno —un término que deberíamos reemplazar por Capitaloceno— se define por la huella humana guiada por los designios del capitalismo: una era que arrasa con espacios y tiempos que fueron cuna de seres y culturas. Hablamos de la devastación de ecosistemas que alguna vez sostuvieron la vida y que, frente al avance implacable de lo extremo, podrían ser aún territorio de renacimiento.
La palabra crisis se ha difundido en la actualidad ante acontecimientos irrefutables que exponen la fragilidad de la existencia frente a un modelo de sociedad incoherente con el cuidado de la vida. Sin embargo, aunque el término se haya difundido hoy, lo que entendemos por crisis es algo que, desde hace siglos, han vivido y experimentado las poblaciones excluidas del proyecto de progreso de las sociedades occidentales, que tuvieron que desarrollar estrategias agudas para sobrevivir en entornos hostiles a su presencia. En un escenario de precariedad, debemos mirar a nuestro alrededor y reconocer los innumerables proyectos destinados a reconfigurar mundos, es decir, las prácticas espontáneas que emergen de la destrucción causada por un modelo social incoherente con la perpetuación de la vida.
La agroecología, reconstruye lazos esenciales, entrelazando la cooperación entre humanos y no humanos en redes multiespecie cargadas de sentido y potencia.
Todas nosotras, comprometidas en transformar el mundo en que vivimos, coincidimos en que debemos cambiar de rumbo. Sin embargo, ¿qué estamos haciendo para construir lazos con las comunidades, sus culturas y saberes, que nos permitan transitar los mismos caminos que ellas han recorrido a lo largo del tiempo? ¿Cómo podemos utilizar las herramientas que tenemos para defender la justicia social y ambiental, en beneficio de los pueblos minoritarios que enfrentan la crisis con la fuerza de sus saberes ancestrales?
Partiendo de estos interrogantes, hacemos una reflexión sobre las prácticas agroecológicas en el sur de Brasil. Estas se promueven en contextos comunitarios a través de proyectos desarrollados en el seno del Instituto Federal de Educação, Ciência e Tecnologia do Rio Grande do Sul, en colaboración con mujeres de comunidades rurales y periféricas de la región metropolitana de Porto Alegre, capital del estado. Los Institutos Federais conforman una red nacional de enseñanza, investigación y extensión que abarca distintos niveles educativos —educación secundaria, formación técnica, grado y posgrado—, con más de 700 campus distribuidos a lo largo del territorio brasileño.
Los Institutos Federais han democratizado el acceso a la educación y a la investigación. Además, fueron concebidos con el objetivo de comprometerse activamente en la búsqueda de soluciones a los problemas concretos de los territorios y comunidades donde están insertados. Al establecer nuevas articulaciones entre el aprendizaje, la producción de conocimiento y su función social, los Institutos Federais contribuyen al abordaje de las múltiples desigualdades que sufre la sociedad brasileña.
Es válido afirmar que esta red institucional de enseñanza fue concebida para responder a un mercado laboral necesitado de mano de obra y que, en ese sentido, satisface las demandas del mercado y del capitalismo brasileño en general. No obstante, también es cierto que, al democratizar y ampliar la participación de diversos grupos en una importante institución pública dedicada a la enseñanza, la investigación y la extensión, se abren múltiples líneas de fuga por las cuales otras epistemologías ganan espacio y fuerza en un contexto que exige con urgencia un cambio de rumbo.
La agroecología, tal como se practica en los Institutos Federais, viene tejiendo caminos que se oponen a un modelo de sociedad que ha erigido al individuo por encima del colectivo, al lucro sobre el buen vivir y a la razón desvinculada de otras formas de ser y sentir lo humano. Desde esta perspectiva, comprendemos que las prácticas agroecológicas en nuestro campo de acción han contribuido a fortalecer las voces y las potencias de grupos históricamente marginados y silenciados. A través de la agroecología, vamos reconstruyendo lazos esenciales, entrelazando la cooperación entre humanos y no humanos en redes multiespecie cargadas de sentido y potencia.
El territorio, la agroecología y la potencia
Los campus de los Institutos Federais en la región metropolitana de Porto Alegre, donde actuamos como educadoras y educadores en la educación básica y superior, se encuentran en barrios periféricos urbanos de la capital. Estos territorios son fruto de procesos históricos de despojo y desplazamiento de poblaciones sistemáticamente marginalizadas por el proyecto moderno-colonial de nación. Se trata, en su mayoría, de comunidades racializadas, cuyas trayectorias están profundamente marcadas por la herencia del colonialismo y la esclavitud, y cuyos saberes y existencias siguen resistiendo desde los márgenes. Con índices elevados de pobreza y violencia originados por causas difusas, la existencia de estos centros de enseñanza en estas localidades ha creado recientemente oportunidades de transformación económica y social para muchas familias residentes allí. Además, abre el camino para un diálogo poderoso de saberes con las comunidades de estos territorios.
Sin embargo, en los territorios donde trabajamos, la visión hegemónica y colonial concibe la pobreza como una «ausencia de desarrollo» y una «pura carencia». Esta perspectiva, según Marconatto y Machado[1] (2021), excede la pobreza, bien al demonizar al pobre como «peligroso» y «abyecto», bien al construirlo como un «cuerpo dócil» que se somete pasivamente a la caridad.
Las prácticas agroecológicas en territorios socialmente vulnerabilizados no solo confrontan la lógica capitalista occidental, sino que también fortalecen cosmovisiones históricamente comprometidas con el «buen vivir». Los pueblos originarios de América y los de origen africano, a través de sus formas de habitar y reproducir la vida en armonía con sus ecosistemas, ofrecen referentes poderosos y vitales para confrontar el modelo de sociedad que nos ha sido impuesto.
Lo que queremos decir con esto es que, al impulsar proyectos de agroecología en territorios de vulnerabilidad social, movilizamos y fortalecemos conjuntos de conocimientos —saberes populares, saberes tradicionales, saberes empíricos, entre otras formas de nombrarlos— fuertemente anclados en cosmovisiones que hasta ahora han sido despreciados. La agroecología los recupera y, al hacerlo, deja al descubierto la irracionalidad de los sistemas modernos de producción de la vida. Veamos cómo nos articulamos para caminar juntas y fortalecer las agencias de estos colectivos que señalan referentes fundamentales para imaginar otras correlaciones posibles.
Experiencias de investigación-acción desde el sur
Las prácticas agroecológicas impulsan una reflexión científica colaborativa. A diferencia del modelo tradicional, jerárquico, donde un investigador con autoridad —históricamente un hombre, blanco y proveniente de una clase social acomodada— estudiaba objetos pasivos, este nuevo enfoque propone hacer ciencia con las personas, la naturaleza y las cosas.
Las huertas comunitarias se han convertido en espacios pedagógicos donde se observan y recuperan otras formas de pensar y vivir en sociedad.
Descentrar la mirada dominante para investigar con las comunidades, en lugar de sobre ellas, es un gesto ético y político. Este enfoque, basado en el diálogo y la participación, busca descolonizar el conocimiento y reconocer la fuerza de los saberes locales y colectivos, rompiendo con las jerarquías modernas. Se trata de un camino de escucha, reciprocidad y convivencia.
Uno de los trabajos que se están desarrollando en barrios de la periferia de Porto Alegre son los cursos de formación de liderazgos para la cooperación en huertas agroecológicas. Esta iniciativa surgió a partir de proyectos de huertas comunitarias llevados a cabo con mujeres que, durante la experiencia, señalaron cómo el sentido colectivo de pertenencia y participación —que fue la base para la formación de las comunidades donde viven— se ha ido perdiendo entre las generaciones más jóvenes.
Las huertas comunitarias se han convertido en espacios pedagógicos donde se observan y recuperan otras formas de pensar y vivir en sociedad. Como ejemplo, la conciencia de que unos dependemos de otros. Esta es una sabiduría que las personas que viven en territorios vulnerables poseen con mucha claridad y sensatez. Una sabiduría que la ciencia solo muy recientemente ha descubierto.
Un ejemplo en el campo de los estudios de ecología son las aportaciones de la bióloga Lynn Margulis, que en su libro Planeta simbiótico cuestionó la teoría de la evolución, basada en los supuestos de la competencia y en la ley de la supervivencia del más fuerte. Para la autora, cada planta y cada animal en la Tierra es el resultado de la simbiosis, no de la competencia. Las consecuencias de este cambio de paradigma son profundas: la transformación ocurre a través de colaboraciones, tanto dentro de nuestra propia especie como entre especies distintas. Esto es exactamente lo que nos dicen las habitantes de barrios vulnerables a través de sus prácticas.
Al igual que Anna Tsing, entendemos que la precariedad de los tiempos que vivimos nos ayuda a ver lo que falla, ya que hace visible nuestra vulnerabilidad. Para sobrevivir en un mundo precario, la ayuda de los demás seres es indispensable, sea intencional o no. Como nos recuerda la autora, solo un privilegio inconsciente permite la fantasía de que podemos sobrevivir solas, una de las grandes construcciones ideológicas de Occidente desde la Ilustración.
La agroecología nos permite recuperar esa manera de entender las relaciones. Partiendo de la idea de que somos seres compuestos y no individuales, nos vinculamos con las mujeres y sus saberes a través de acciones en agroecología, para impulsar conexiones multiespecie fundamentales para el equilibrio de los distintos ecosistemas y sociedades.
Si la agricultura convencional o comercial tiene como objetivo aislar un solo cultivo y obtener una cosecha uniforme, la agricultura agroecológica se caracteriza por sus ritmos múltiples. Es posible cultivar distintas plantas en un mismo espacio, cada una con tiempos de crecimiento completamente diferentes. Se cultivan bananas, hortalizas variadas, tubérculos, frutales, y en esos cultivos están involucradas personas, plantas, tierra, fauna silvestre y del suelo, polinizadores, agua, viento, espíritus y seres celestes.
Lo que nos enseñan las poblaciones con las cuales nos agregamos es que los mundos son siempre más que humanos, aunque la modernidad haya sostenido lo contrario. A esto, muchos autores lo llaman assemblages (ensamblajes). Los ensamblajes son la reunión de ritmos distintos como resultado de múltiples proyectos de creación de mundos, tanto humanos como no humanos.
De este modo, rompemos con la idea clásica de seres individuales, homogéneos y estables. Ampliar la mirada hacia estos conjuntos de relaciones —es decir, los assemblages que emergen de las prácticas— nos impulsa a reconocer la fuerza transformadora de la cooperación en los territorios.
Al optar por esta línea de acción, nos comprometemos con la tarea de recuperar referentes importantes que fueron dejados atrás por ser considerados «retrasados». En ellos, retomamos el diálogo con los pueblos (indígenas, quilombolas, campesinos y campesinas, periféricos), recuperando así una potencia para pensar, actuar y cooperar. Como señala Isabelle Stengers en su libro En tiempos de catástrofes, el capitalismo funciona destruyendo toda conexión, incluso nuestra conexión con el pasado, y desconfiando de toda inteligencia colectiva, al percibirla como peligrosa.
¡Sumémonos para fortalecer las múltiples inteligencias colectivas en conexión!
Milena Silvester Quadros
Doctora en Sociología, actúa en proyectos de extensión en agroecología en el sur de Brasil. Investigadora del IUESAL (Universidad de Alicante)
[1] Marconatto Marques, Pamela y Machado, Dayana. (2021). Pobreza e desenvolvimento: imaginários coloniais e insurgências teóricas desde o Sul. Desenvolvimento em Debate, 9, 15-35.