Un espacio intercultural de encuentro fraterno y cultura de paz
«¡Globalicemos las luchas, globalicemos la esperanza!». Hoy, mientras las fuerzas belicistas y nacionalistas crecen por todas partes, nos mueve más que nunca el grito de La Vía Campesina (LVC), el movimiento mundial de la ruralidad emancipadora.
Diferentes momentos de la 8.ª Conferencia de LVC. Bogotá, diciembre de 2023. Foto: La Vía Campesina

Al margen del trabajo de defensa del campesinado mundial a todos los niveles, del terreno a las instituciones internacionales, fue la visión universalista del movimiento la que me trajo a LVC.
Con más de 200 millones de integrantes en todos los continentes, la enorme diversidad cultural de nuestro movimiento social implica una metodología de toma de decisiones compleja y lenta en un mundo cada vez más rápido. Pero la diversidad es nuestra fuerza más poderosa, lo que nos da una legitimidad que trasciende a las organizaciones y alianzas internacionales clásicas. No hablamos de solidaridad, la practicamos y vivimos cada día. LVC, como dijo Noam Chomsky, es «la verdadera internacional», un espacio intercultural de encuentro fraterno y de cultura de paz.
En nuestras mesas trabajan juntas delegadas de «países enemigos», se construyen alianzas y proyectos a pesar de las fronteras y de la propaganda.
En nuestras mesas trabajan juntas delegadas de «países enemigos», se construyen alianzas y proyectos a pesar de las fronteras y de la propaganda. En general, el campesinado tiene un vínculo muy fuerte con su territorio, un concepto diferente de las naciones o estados. Un territorio se recorre, se conoce, se trabaja y se vive de manera muy concreta. Este vínculo explica la fuerza de las luchas territoriales, pero también permite que se establezca una solidaridad con otros territorios que va más allá del sentido habitual del término.
En nuestras reuniones se hablan multitud de idiomas gracias a intérpretes que trabajan de forma voluntaria. Nos alimentamos con lo que dan nuestros campos y compartimos la vida diaria respetando las tradiciones, religiones y opiniones políticas de cada cual. Usamos diferentes herramientas de educación popular, tal y como la definió Paulo Freire, comunicando también con el teatro, la música y el arte. Cada reunión empieza con una «mística», lo que aporta una energía positiva no solo para lograr resultados, sino especialmente para compartir como seres humanos a través de nuestras diferencias. Y también de nuestros puntos comunes, porque en esta gran biodiversidad se encuentran elementos universales que nos unen: por ejemplo, la azada es una herramienta que uso en mi finca para trabajar la tierra y existe en todos los continentes, con diferentes nombres (houe, hoe, daba, jembe, chù, mujrifatan, etc.) y apariencias pero con la misma función y para llegar al mismo resultado.
Usamos diferentes herramientas de educación popular, tal y como la definió Paulo Freire, comunicando también con el teatro, la música y el arte.
Nuestras áreas de juventud, mujeres y diversidades aseguran la inclusividad de los espacios internos y de nuestras demandas, con un cuidado permanente en los grupos de trabajo. En cada evento internacional contamos con brigadas internas capacitadas para asegurar un ambiente de confianza y construcción positiva, ayudar a las minorías a expresarse, gestionar los conflictos y evitar las violencias. Y funciona porque tenemos en común el amor por la tierra y el mar, la voluntad de mejorar las condiciones de vida de nuestras comunidades dentro de los límites del planeta y, sobre todo, porque tenemos una propuesta para el futuro: la soberanía alimentaria, como la definió LVC en los años noventa.
Esta visión política y social de nuestra alimentación abarca múltiples ramificaciones en todos los sectores esenciales para la vida, como la salud o la educación. Para llegar a propuestas concretas siempre recurrimos a las bases organizativas, es decir, a consultas internas a nivel regional, continental o a las comunidades rurales locales, pero también a nuestras bases filosóficas esenciales de justicia y paz. Creo que esa capacidad de proponer y construir alternativas también contribuye a la paz, porque abre puertas para superar las oposiciones y resistencias sin recurrir a la violencia. Por ejemplo, LVC siempre ha luchado contra la liberalización capitalista, desde las movilizaciones de 1999 en Seattle contra la Organización Mundial del Comercio, y, al mismo tiempo, ha trabajado en propuestas muy concretas para reemplazarla. Ahora lanzamos una iniciativa participativa y abierta para inventar un nuevo comercio mundial basado en el multilateralismo, la solidaridad y la justicia. ¡Somos un actor geopolítico popular!
Contamos con brigadas internas capacitadas para asegurar un ambiente de confianza y construcción positiva, ayudar a las minorías a expresarse, gestionar los conflictos y evitar las violencias.
Lo que está pasando en Palestina demuestra que los gobiernos supuestamente liberales solo defienden sus intereses económicos. Los gobiernos autoritarios, igual. Las guerras en Yemen, Sudán, República Democrática del Congo, Ucrania y muchas otras partes del mundo son el resultado de cálculos financieros de las potencias imperialistas. La única institución realmente legítima es la ONU, a pesar de sus limitaciones estructurales, y por eso trabajamos con sus instituciones (en Ginebra y Roma en particular) y con sus procesos: Decenio de la Agricultura Familiar, Comité de Seguridad Alimentaria, etc.
Conseguimos imaginar, redactar, promover e implementar la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y Otras Personas que trabajan en zonas rurales (UNDROP, en sus siglas en inglés), adoptada por la Asamblea General de la ONU en 2018 tras más de diez años de trabajo de LVC. Es una prueba de nuestra verdadera fuerza y de nuestro compromiso con toda la humanidad.
En estos días, aumenta la desconexión entre los discursos oficiales y la realidad popular. Cada vez percibo con más claridad los intentos de manipulación de las élites para promover los intereses de una minoría. Hay que recordar los discursos de Jean Jaurès, de Rosa Luxemburgo y de muchas otras personas: ¡si queremos paz, hay que cultivar la solidaridad entre los pueblos!
Vivir libremente en nuestra tierra
Para nuestro pueblo, la paz no puede separarse de la justicia y la dignidad. En la realidad actual de ocupación, despojo, guerra y bloqueo continuos contra nuestras comunidades, el llamamiento a la paz solo tiene sentido cuando aborda las causas profundas de la violencia: el colonialismo, el apartheid y la negación de los derechos básicos. Los agricultores de Palestina siguen enfrentándose a la incautación de tierras, a la violencia de los colonos, a la destrucción de cultivos y al desplazamiento forzoso. Sin embargo, en su lucha diaria por cultivar la tierra y preservar las semillas, encarnan la resistencia y la esperanza de una paz justa. Desde nuestra perspectiva, la defensa de la soberanía alimentaria no solo consiste en garantizar sistemas alimentarios saludables y sostenibles, sino también en defender el derecho de los pueblos a vivir libremente en su tierra, sin opresión. Por eso los principios de solidaridad y paz de La Vía Campesina son inseparables de nuestra lucha en Palestina.
Acciones masivas y simbólicamente fuertes
La Vía Campesina no fue algo intelectualmente pensado. En su fundación, en 1993, partimos de la experiencia de movimientos de los años ochenta, que respondían frente a las políticas neoliberales de entonces. Fuimos avanzando desde la práctica del día a día, donde entendimos que la toma de decisiones era fundamental. Consensuada, no a través del voto, y eso requiere una estrategia muy específica respecto a facilitar los debates y la escucha y llegar a acuerdos. Otro tema clave es la acción política: aglutinar alianzas y generar movilizaciones de masas. Nunca se ha apoyado en la acción violenta. Somos un movimiento campesino en resistencia que propone.
Hay dos momentos que quiero poner como ejemplo. Uno de ellos es la lucha contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún, en 2003. Previamente, hubo un debate junto a los aliados (mayoritariamente organizaciones indígenas) y conseguimos llevar miles de personas a Cancún, desde Asia, Europa y América. Ocurrió algo inesperado: la inmolación del compañero Lee Kyung Hae, de Corea, que se clavó una navaja con un cartel que decía «la OMC mata campesinos». Alrededor de ese evento hubo un proceso de duelo y un profundo debate sobre nuestras acciones. Las intervenciones de infiltrados reventaban manifestaciones para dar una imagen de violencia. Allí también estaba el Black Block, los movimientos negros, sobre todo de Estados Unidos, que venían con una radicalidad de acción importante, y tuvimos un largo debate con ellos. Para la movilización final, se encargaron de expulsar a los infiltrados y marchamos todos juntos, abordando directamente las barricadas de la policía de forma no violenta, resistiendo en una sentada masiva que daba la espalda a la conferencia de la OMC. Aprendimos que las acciones tienen que ser masivas, tener visibilidad simbólica fuerte y no dejar de pensar en nuestra gente. En Cancún ganamos. La conferencia de la OMC se paralizó, no pudieron llegar a acuerdos.
Dos años después, fue la siguiente cumbre de la OMC en Hong Kong. Nuestros aliados eran los emigrantes y, dentro de la delegación de LVC, era muy importante la de Corea del Sur, de quienes aprendimos mucho. Seis meses antes ya estábamos debatiendo sobre lo que era violencia y lo que no. Protagonizamos movilizaciones muy fuertes y simbólicas y la brutal represión policial provocó que 1500 personas acabáramos en la cárcel, lo que generó una enorme respuesta de apoyo popular.
Nuestro objetivo principal es la lucha y defensa de la madre tierra
Las mujeres hemos estado presentes, desde sus inicios, en la andadura de La Vía Campesina. Lo hicimos con amor y esperanza, impregnadas de la sabiduría heredada de nuestras abuelas y de sus historias, de los territorios donde se gesta la vida. Desde ahí clamamos que las semillas son continuidad de la vida y garantía de la soberanía alimentaria, y llamamos a defenderlas. Son la identidad misma de nuestros pueblos desde el surgimiento de la agricultura.
Somos mujeres del campo en una organización mundial diferente, transmisora de valores éticos, morales y culturales. Nuestro objetivo principal lo constituye la lucha y defensa de la madre tierra, el rescate de la cultura campesina y de los pueblos originarios. Nuestra apuesta de feminismo campesino y popular ha fortalecido a la organización y a sus integrantes y va ampliando la capacidad de reconocer derechos y de moldear los procesos políticos internos. Luchamos por una sociedad más justa, democrática e igualitaria donde la dignidad y la paz estén en el centro.
La bandera de la soberanía alimentaria en una mano y pancartas exigiendo democracia en la otra
Como agricultor familiar y activista campesino de las colinas de Nepal, para mí la comida es más que algo que llena el estómago y la agricultura no es solo cultivar la tierra; es lo que sustenta la vida. En un país donde, hasta el año 2000, más del 80 % de los campesinos trabajaban bajo la sombra del feudalismo, la soberanía alimentaria, tal y como la define La Vía Campesina —el derecho a una alimentación saludable y culturalmente adecuada mediante métodos sostenibles y el control de nuestros propios sistemas— se convirtió en la bandera de nuestra lucha, un camino hacia la paz, una lucha por la dignidad y la justicia. Fue la violencia estructural la que alimentó la insurgencia maoísta de 1996, en la que la falta de tierras y la exclusión se cobraron 17.000 vidas. Por eso, en 2006, durante el Jana Andolan II (Movimiento Popular II), los campesinos nos unimos bajo la Federación de Campesinos de Nepal (ANPFa) y marchamos con la bandera de la soberanía alimentaria en una mano y pancartas exigiendo democracia en la otra en nuestras Caravanas Populares por la Soberanía Alimentaria, que llegaron a multitud de aldeas. Nuestro movimiento presionó para que se firmara el Acuerdo General de Paz (CPA) el 21 de noviembre de 2006.
La cláusula 3.7 del CPA prometía «reformas agrarias científicas» para acabar con el feudalismo, mientras que la 3.10 prometía tierras para los excluidos, como los ocupantes ilegales sin tierras y los kamaiyas. Ahora, antiguos líderes maoístas como Biplab forman cooperativas y practican la agricultura colectiva e integrada. Estos pasos hacia una economía autosuficiente también reflejan la comprensión de la importancia de la soberanía alimentaria para luchar contra la dominación imperialista.
Gracias a la fuerza del movimiento campesino de 2006, la soberanía alimentaria se convirtió en ley con la Constitución Provisional de 2007, cuyo artículo 18(3) consagraba que «todos los ciudadanos tendrán derecho a la soberanía alimentaria, según lo dispuesto en la ley». Esto nos empoderó para desafiar el feudalismo y la monarquía. Por eso el movimiento logró declarar Nepal una república en 2008.
En 2015, la Constitución de Nepal consolidó este principio y la Ley de Derecho a la Alimentación y Soberanía Alimentaria de 2018 lo puso en práctica, exigiendo planes alimentarios nacionales y medidas de protección contra los desalojos. La soberanía alimentaria trae la paz al erradicar la desigualdad: las cooperativas de Rolpa curan las heridas de la guerra, las mujeres lideran iniciativas de agroecología y el derecho a la alimentación previene los disturbios provocados por el hambre. Sin embargo, las presiones corporativas persisten, pero nuestro movimiento perdura, demostrando que la paz florece en suelo soberano.