El papel de las mujeres en la resolución del conflicto de Casamance, Senegal

Carles Soler

Como en otras violencias olvidadas, poco o nada se habla de Casamance y aún menos del papel de las mujeres en la intermediación y resolución de este conflicto. Hemos tenido la suerte de entrevistar a la activista Seynabou Male Cisse para que nos hable, en primera persona, de cómo se organizaron para ser escuchadas y convertirse en protagonistas en la construcción de la paz. Un proceso que surge desde la base y que recupera el rol tradicional de las mujeres, sobre todo campesinas, para mediar en los conflictos.

 

 

 
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Seynabou, en el centro, en las actividades comunitarias en las que se usa el baile y el teatro para promover la cultura de paz. Foto: © Jonathan Torgovnik/AJWS

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Trabajo comunitario en campos agrícolas de Senegal. Foto: USOFORAL

 

Casamance es una región del sur de Senegal. El proceso colonial europeo hizo que gran parte de ella quedara separada del resto del país por Gambia, en su día colonia inglesa. Esta circunstancia geográfica, sus particularidades históricas y el abandono por parte del gobierno central han ido consolidando una idiosincrasia que aleja a Casamance de sentirse parte de Senegal.

En la década de los setenta, la sequía persistente en la región del Sahel afectó duramente a la economía senegalesa y agravó el abandono en que el gobierno había mantenido la región desde la independencia de Francia en 1960. En este contexto, el 26 de diciembre de 1982, una manifestación pacífica para reclamar al gobierno de Dakar que corrigiera esta situación fue violentamente reprimida. Ello provocó que el MFDC (Mouvement des Forces Démocratiques de Casamance) iniciara una resistencia armada y reclamara la independencia de esta región, convirtiéndose en un «conflicto de baja intensidad» que, en estos 40 años, ha dejado un balance de 5.000 personas muertas y más de 60.000 desplazadas, que han afectado sobre todo a las zonas rurales.

Seynabou Male Cisse, profesora y activista por los derechos de las mujeres y por la paz, afirma que hoy, aunque no ha habido enfrentamientos armados en los últimos años, el conflicto persiste. «Hay pequeños grupos armados y, desde la desaparición del líder del MFDC, Abbé Diamacoune, no existe un liderazgo que aglutine a todas las facciones del movimiento. Pero sigue habiendo robos y escaramuzas, y no hay que olvidar que aún hay minas. El actual gobierno de Senegal tiene raíces en Casamance y es importante mantener ese enlace con los que gobiernan; pero, como dan por terminada la guerra, no sienten la necesidad de negociar. Para mí esto no es positivo. Si hemos estado en conflicto durante 40 años, no podemos dar por resuelto todo lo sufrido de la noche a la mañana».

Seynabou es fundadora y coordinadora del Comité Régional de Solidarité des Femmes pour la Paix en Casamance, conocido como USOFORAL, que en lengua diola significa ‘mano a mano’ (soyons solidaires). Hablamos con ella para conocer mejor el trabajo de esta organización de mujeres, que tuvo un papel importante como mediadora en el conflicto de Casamance.

¿Cómo nace el comité de mujeres y cómo se crea USOFORAL?

En octubre de 1978, cuando llegué a Ziginchor como profesora de historia y geografía, me involucré en la organización de una escuela de autoayuda para ofrecer a niñas, madres solteras y mujeres excluidas del sistema escolar oficial la posibilidad de continuar con sus estudios. Pero queríamos que fuera algo más que impartir clases: queríamos que conectara con la comunidad. Gracias a causeries (‘debates abiertos’) y reuniones con mujeres de estas comunidades, empezamos a tratar temas como el embarazo adolescente o la anticoncepción, entre otros. Sin embargo, en 1983-1984 estas actividades se vieron bruscamente interrumpidas por el enfrentamiento bélico entre el gobierno y el MFDC. Era una guerra de guerrillas en la que salir se volvió muy peligroso y llegaron a prohibirse las reuniones.

Era una situación desconocida para nosotras, con una represión feroz, numerosos arrestos y un clima de miedo. Esta realidad nos desbordó y nos preguntamos si solo éramos observadoras o había algo que pudiéramos hacer. Entre amigas y camaradas de izquierdas empezamos a pensar cómo posicionarnos y cómo definirnos, porque no podíamos seguir ignorando lo que ocurría.

Y así fue como la Comisión de Mujeres y Desarrollo de la escuela creó un comité de reflexión con mujeres de diversos orígenes en Casamance que nos condujo a la necesidad de formar un gran foro de mujeres para involucrarse en la construcción de la paz. Vimos que las mujeres rurales, que eran las más afectadas, debían estar al frente. Así se decidió crear en 1999 el Comité Régional de Solidarité des Femmes pour la Paix en Casamance, al que llamamos USOFORAL.

¿Hasta qué punto el colonialismo fue responsable del conflicto de Casamance?

Uno de los hechos políticos que nos han condicionado fue la fragmentación de África sin tener en cuenta las fronteras socioculturales. Personas con la misma cultura se encontraron en lados diferentes de una frontera arbitraria. Esta fragmentación sigue desempeñando un papel clave en los conflictos del continente africano. Eran sociedades tradicionalmente unidas y la colonización las dividió.

 
   Uno de los hechos políticos que nos han condicionado fue la fragmentación de África sin tener en cuenta las fronteras socioculturales.   
 

¿Cuál fue el papel de USOFORAL en el conflicto de Casamance?

En primer lugar, movilizamos a las mujeres rurales, que representan el 70 % de las mujeres de Casamance. Mediante la sensibilización y con representaciones teatrales mostramos que la guerra no era buena para nosotras y que éramos las principales víctimas. Pero, sobre todo, insistimos en que teníamos un papel importante en la mediación. Esta acción comunitaria no supuso dificultades, porque tradicionalmente las mujeres somos mediadoras en los conflictos en el ámbito familiar y comunitario. La tradición, como «dadoras de vida», nos otorga la capacidad de proteger la vida y actuar como mediadoras.

De hecho, fue el propio Abbé Diamacoune, líder del MFDC, quien dijo que las mujeres eran las «bomberas de Casamance». Fue interesante ver la movilización: manifestaciones, oraciones y súplicas tanto a las autoridades gubernamentales como al MFDC, exigiendo el fin de la violencia y que se sentaran a la mesa de negociaciones, incluyéndonos también a nosotras. No fue fácil: para ellos no era el rol de las mujeres.

¿Cuáles son los elementos para el éxito en este proceso?

Para nosotras fue una conquista que, al final, se nos considerara mediadoras y se reconociera nuestro papel. Pero el éxito fue no conformarnos con que este conflicto se resolviera sin más, sino aprovechar esta resolución para adquirir, como mujeres, derechos y espacios.

 
   Debemos trabajar en la construcción de la paz dotando a las mujeres rurales de conocimientos, habilidades y capacidad de movilización y defensa.   
 

Comenzar a hablar hizo que afloraran muchos otros temas de debate: la soberanía alimentaria, la elección de la agricultura que debemos implementar, la propiedad de la tierra… A menudo, en muchas de estas comunidades, la tierra pertenece a la familia, pero la gestionan los hombres; las mujeres no tienen parcelas propias. Por ello optamos por una intervención holística. Debemos trabajar en la construcción de la paz dotando a las mujeres rurales de conocimientos, habilidades y capacidad de movilización y defensa, y garantizar que tengan acceso a la tierra y decidan cómo trabajarla.

Está claro que las mujeres deben movilizarse para la construcción de la paz; pero para que la paz verdadera se consolide y sea sostenible, debe asentarse en una sociedad equitativa. Eso es todo.

Ahora que hablas de la tierra, ¿quién la gestiona?, ¿a quién pertenece?

No es fácil de explicar. Teóricamente la tierra pertenece al estado, que puede y debe cederla a quienes la trabajan. Sin embargo, la gestión de gran parte de las tierras ha sido cedida a la comunidad local (ayuntamiento), a quien se debe solicitar. En principio, es la comisión de tierras quien toma la decisión. Esta comisión debe verificar si la tierra está ocupada o no, pero también investiga a qué familia del pueblo «pertenece» y, si es una familia con muchas tierras, se le hace ver la necesidad de ceder una parte de ella. Es un sistema híbrido: por un lado, el sistema estatal actual tiene el poder de decisión de cesión de tierras y, por otro, el sistema tradicional que permite llegar a un acuerdo.

Aquí la transferencia de tierras a grandes empresas no es tan común como en el norte de Senegal. La amenaza existe, pero también es cierto que el periodo de conflicto ha reducido el interés de estas empresas.

 

«La parenté à plaisanterie», un pacto de paz entre diferentes

En África occidental existe una práctica conocida como parenté à plaisanterie, que también se mantiene en Casamance. Es una especie de hermandad interétnica de carácter sagrado. «Significa que si yo soy tu cousin à plaisanterie (literalmente, ‘primo bromista’), es como si hubiera un pacto de sangre entre nosotros.

Mediante este pacto, dos etnias se autorizan mutuamente a burlarse e incluso a veces a criticarse sin que nadie se enfade. Funciona como un mecanismo de estabilización social: en Senegal es raro ver a dos personas de dos «etnias primas» enfrentarse, cualesquiera que sean los intereses en juego. Al contrario, cuando dos personas descubren que pertenecen a etnias primas, desarrollan espontáneamente una amistad y una solidaridad en nombre de este pacto.

El cousinage à plaisanterie está presente en todos los segmentos de la sociedad senegalesa, incluso en los lugares de trabajo, donde a menudo se aprovecha para desarrollar la solidaridad entre compañeros y facilitar la integración de algunos trabajadores.

«Aquí, en medio del conflicto, se mató a personas por motivos étnicos; pero, en ciertas aldeas, se perdonó la vida a los sereres por ser cousins à plaisanterie de los diolas. De hecho, en un momento determinado, para gestionar la crisis, se trajo a personas de Sine (sereres) para pedir la paz a sus cousins, los diolas. Hay muchas asociaciones que trabajan para recuperar esta tradición y difundirla como una herramienta útil para la resolución de conflictos», explica Seynabou.

 

¿Cómo se transmite a la juventud esta cultura de paz y comunicación no violenta?

Nosotras trabajamos en tres ámbitos: con jóvenes en las escuelas, en organizaciones y en las comunidades. Promovemos la cultura de la paz a través del teatro y lo que denominamos universidades populares. En los pueblos nos encontramos en las plazas donde, tras una obra de teatro, se generan debates en torno a la reconciliación, la cultura de paz, la necesidad de vivir en paz, etc. En el ámbito escolar, nuestro objetivo es integrar la cultura de paz. Alguien dijo que la guerra no está en la mente de las personas y que es en esa misma mente donde deben erigirse las defensas de la paz.

 
    Si las poblaciones han sobrevivido juntas hasta ahora, es porque existía un potencial de paz dentro de estas sociedades y supieron aprovecharlo eficazmente.  
 

Una reflexión: ¿crees que la cultura ancestral, la campesina, tuvo un papel importante en la búsqueda y la construcción de este diálogo de paz?

Cuando trabajamos para difundir esta cultura de paz en las aldeas, nos apoyamos en los pilares de la cultura comunitaria tradicional, como la solidaridad. Para mí, este enfoque ha sido fundamental en el proceso de retorno. En los momentos más duros de la guerra, muchas personas abandonaron sus pueblos para buscar refugio en países vecinos, como Gambia y Guinea-Bisáu. En la sociedad tradicional, al construir una casa, todo el pueblo se presenta y ayuda en lo que se requiera. Es un trabajo en el que participa toda la comunidad y la familia de la casa se encarga de la comida. Para apoyar a quienes regresan, hemos recuperado este trabajo solidario. Intentamos comprar láminas para los techos, movilizamos a la comunidad y preparamos comidas comunitarias.

Si las poblaciones han sobrevivido juntas hasta ahora, es porque existía un potencial de paz dentro de estas sociedades y supieron aprovecharlo eficazmente. Nuestro trabajo consiste en identificar y recuperar estos valores tradicionales positivos y rehabilitarlos para quienes han sido damnificados por la guerra.

Carles Soler
Revista SABC

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