Conversatorio
Conversamos sobre los microconflictos y la cultura de paz, revisando las tensiones y las voces que susurran la armonía de la vecindad y el saber del campesinado.
Laia Batalla
Vivo en la comarca de El Pallars Sobirà, en el Pirineo catalán y trabajo en la Escola de Pastors i Pastores de Catalunya. Nos dedicamos a favorecer el relevo generacional de la ganadería extensiva. Además, soy «neorural» y llevo 13 años en el pequeño pueblo de Llagunes (municipio de Soriguera), que tiene 15 habitantes. Mi hijo de casi 8 años es el único niño del pueblo. Me genera mucha ternura pensar en las dinámicas de convivencia que hay en el pueblo y lo bien acogida que me siento aquí.
Miguel García Rodríguez
Soy campesino y trabajo la agricultura ecológica en mi pueblo, Paredes de Nava (Palencia), cuna de figuras como Jorge Manrique y Pedro Berruguete. A pesar de tener solo 2000 habitantes, es un lugar cómodo para vivir. Tenemos colegio, guardería, instituto y centro de salud, algo que valoro especialmente como padre de dos hijas pequeñas. Estamos en lucha permanente contra la usurpación del patrimonio y el territorio debido a una colonización de grandes multinacionales y fondos de inversión. También estoy involucrado en la recuperación de variedades antiguas de trigo de mi zona y en la creación de un banco de semillas.
Cultura de paz, cultura campesina: ¿qué os viene a la cabeza al asociar estas dos miradas?
Miguel
Creo que hay una diferencia entre el campesinado, que cuida y siente la tierra, y el agricultor que cultiva grandes superficies sin ese vínculo. La cultura campesina tradicional se está perdiendo en los pueblos y, con ella, los valores asociados a la paz, el apoyo mutuo y el sentimiento de comunidad. Pero también en los pueblos tenemos ya una «desconexión brutal». Aquí hay niños que nunca han visto una gallina.
Laia
Lo primero que me ha venido es el apoyo mutuo. No quiero romantizar al campesinado. Al final del día tenía que estar la cosecha y otras muchas cosas más. Se necesitaba a gente. Este apoyo se ha mantenido durante mucho tiempo. Y no es lo mismo vivir en el campo que vivir del campo. Esta desagrarización es lo que nos lleva a una urbanización del medio rural. A pesar de esto, creo que en ecosistemas más pequeños, como es mi caso, la falta de servicios cercanos genera una mayor dependencia de la vecindad y los favores mutuos. Mantenerse en estos pueblos implica una gestión de la convivencia lo más cercana posible, con un objetivo común que antes se relacionaba con la autosuficiencia y ahora con el deseo de tener pueblos vivos. Aunque la convivencia y la ayuda mutua surgieron por necesidad, el contacto social que generan contribuye a mejorar a las personas.
La cultura campesina tradicional se está perdiendo en los pueblos y, con ella, los valores asociados a la paz, el apoyo mutuo y el sentimiento de comunidad.
¿El desarrollo de macroproyectos es uno de los factores que internamente crea tensiones en los pueblos y en la convivencia?
Miguel
Ahora estamos luchando contra las macroplantas de biogás y esto genera mucho conflicto, incluso en los círculos más próximos. Por ejemplo, en algunas familias, el patriarca alquila sus parcelas para instalar placas solares y genera conflictos entre hermanos. Aunque esta decisión afecte al hermano agricultor, el único que ha decidido quedarse en el pueblo, su opinión no se tiene en cuenta. Para mí es injusto que se priorice el beneficio económico sobre el modo de vida de quienes apuestan por el medio rural.
Laia
Aquí es todo muy distinto. La comarca donde vivo, con unos 7000 habitantes, está claramente tensionada por el monocultivo del turismo. El río está sobreexplotado por el rafting; en invierno, las montañas, con las pistas de esquí; en verano, el senderismo, entre otras actividades. Aquí hay una olla a presión y tampoco existe un frente común, pero no se produce una fractura social por este motivo. Mi pueblo forma parte de un municipio con varios pueblos agrupados; hay un sentimiento de pertenencia al pueblo, no al municipio. La gestión es autónoma y hay una figura, una persona importante, que vela por la paz social, lo que facilita que nos centremos en lo que nos une y no en lo que nos separa.
Tenemos una asociación de vecinos que funciona bien, con dinámicas diferentes a las de otros movimientos sociales en los que he participado, teóricamente más transversales, pero en los que a veces los egos o las individualidades dificultaban mucho avanzar. En las reuniones de la asociación de vecinos evitamos discusiones estériles priorizando objetivos concretos para el pueblo, como organizar fiestas (lugares de encuentro y para compartir), caminatas y recuperar bienes comunales.
¿Qué otros conflictos históricos se viven en vuestros pueblos y cómo los resolvéis? ¿Intervienen otras personas mediadoras en este proceso?
Laia
En mi pueblo no hay conflictos internos gracias a la autogestión por parte de las vecinas. En cambio, en el pueblo de al lado, que forma parte del mismo municipio, sí que existen problemas relacionados con el agua, especialmente por su escasez y por las horas estipuladas de riego. A la gente de fuera le cuesta entender este tipo de gestión porque no lo han vivido históricamente.
Pongo un ejemplo claro de la importancia de conservar la memoria de una forma de habitar. En Llagunes hay un comunal de bosque que se había perdido y que ahora figura inscrito como titularidad del ayuntamiento. Gracias a varias personas mayores que dijeron: «No, no, esto es comunal del pueblo de Llagunes», hemos emprendido acciones legales, sin que haya conflicto con el ayuntamiento para recuperar este comunal destinado al aprovechamiento de madera por los vecinos y vecinas de Llagunes. Si no hubiera sido por estas personas que tenían clarísimo que esto era comunal, la gente joven no lo hubiera sabido ni disfrutado nunca.
Miguel
La cuestión de la memoria que menciona Laia es fundamental. Aquí, tenemos 1000 hectáreas de terrenos comunales. Hace muchos años era monte; pero, por necesidad, la población lo convirtió en superficie cultivable, que hoy se gestiona con muy poca mano de obra. Pues bien, el ayuntamiento acotó 460 hectáreas para proyectos de energías renovables. La Junta Agropecuaria denunció el caso al Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, ya que no hubo diálogo con el ayuntamiento. El tribunal nos dio la razón de forma contundente, afirmando que los bienes comunales son para el disfrute de las vecinas y no pueden cederse a terceros a cambio de dinero. Pero acto seguido, el ayuntamiento de Paredes lo llevó al Tribunal Supremo, que, ante los grandes intereses y presiones existentes, le dio la vuelta a la sentencia. ¡Desde entonces, en cualquier municipio del Estado español, el ayuntamiento puede acotar un bien comunal para instalar placas solares! Mucha gente del pueblo incluso lo veía bien.
El desapego actual hacia la tierra y los bienes comunales es considerable. En un foro sobre esta sentencia, se mencionó que los arrendamientos que hacen las grandes empresas sobre estas tierras comunales son por 35 o 50 años, lo que se considera «el tiempo de la memoria». Es decir, en 50 años, las personas que lucharon por estos bienes podrían no estar presentes o no tener la capacidad mental para defenderlos, y eso haría que las generaciones futuras no conocieran la lucha ni sintieran apego por esos bienes comunales.
En ecosistemas más pequeños, la falta de servicios cercanos genera una mayor dependencia de la vecindad y los favores mutuos.
¿El uso de la tecnología, como los grupos de WhatsApp, ha transformado las formas de relacionarse en el medio rural? ¿Se generan conflictos o se resuelven a través de esta herramienta?
Miguel
La tecnología ha influido en los pueblos tanto para bien como para mal. Un ejemplo positivo es que las tecnologías, como los grupos de WhatsApp o las reuniones por Zoom permiten comunicarse y organizar eventos que de otro modo no serían posibles.
Tenemos ejemplos de todo tipo. Para mí fue positivo tener un grupo de WhatsApp para coordinar las movilizaciones contra la planta de biogás. Pero, por otro lado, también da lugar a muchos malentendidos, como ocurrió durante las pasadas movilizaciones del sector primario. Empezó a sumarse mucha gente que no era del pueblo y patriotas de Vox que comenzaron a compartir su publicidad fascista, lo que generó conflicto y supuso mi salida del grupo. En otros grupos la tensión llegó con las diferencias políticas respecto al conflicto de Palestina.
Laia
Yo participo en pocos grupos. El de mi pueblo es útil para organizar cenas o partidas de cartas, y facilita que la gente se reúna, especialmente en invierno. No ha sustituido el contacto personal, sino que lo ha favorecido al permitir coordinar encuentros. En los grupos grandes de la comarca que se crearon con las movilizaciones y tractoradas funcionó bien, pero siempre hubo alguna salida de tono. Cuando esto sucedía, se daban toques de atención y se entendía.
Para mí no es un gran medio de conversación ni de resolución de conflictos ni de debate. Los espacios de encuentro para debatir y resolver conflictos son los físicos.
Mejorar la resolución de conflictos se hace imprescindible en este momento en el que impera la cultura de la guerra. ¿Cuál creéis que es la mejor herramienta para caminar hacia la cultura de paz?
Laia
Para mí es importante generar relatos para que las niñas y los niños tengan cultura campesina. Cuando pasas tiempo con la gente y dejas que hablen, aprendes mucho. Por eso creo que necesitamos ir a las escuelas y llegar a lo más profundo, porque necesitamos personas que crean en esto para realmente tejer redes y construir una cultura de paz.
Miguel
Veo claro que hay que ir a los colegios para que sepan que hay otras opciones, mostrando acciones concretas, y educar a niñas, niños y jóvenes en la cultura de paz dentro del contexto de la agricultura ecológica. Debemos transmitir que hay alternativas viables y otras formas de vida. Poca gente sabe que en España está prohibido el intercambio de semillas, por ejemplo. Cuando he tenido la oportunidad de hablar con ellos, he visto que hay mucho desconocimiento. Por eso creo que es fundamental que tengan referentes y que sepan que hay opciones más allá de las que ven en sus familias.
Revista SABC