Astrid Henmark Aguirre

Benalauría. Incendio en Sierra Bermeja en septiembre de 2021. Foto: David Guillén
El verano de 2025 dejó una de las cicatrices más profundas que recuerda la península ibérica. En Castilla y León, Extremadura, Asturias y Galicia ardieron casi 380.000 hectáreas.
Mientras las llamas devoraban montes, pueblos y hábitats enteros, volvía a quedar al descubierto lo que muchas voces repiten desde hace décadas: el abandono del territorio, la falta de gestión forestal, la precariedad de brigadistas y agentes medioambientales.
Ella dormía, exhausta y agotada por los días anteriores. Durmió tantas horas que parecían días. Cuando se despertó, abrió los ojos y, aún tumbada, se sintió algo aliviada del cansancio, pero con los ojos todavía cargados y enrojecidos. Se incorporó, se sentó en la cama y apoyó primero el pie izquierdo y después el derecho. Sintió un latigazo y se acordó de la venda que llevaba puesta en el tobillo y que aún le ardía, aunque no tanto como la pena en el pecho. Notó el suelo de la baldosa frío, suave y liso. Quedó con la mente en blanco y se puso en pie. Se asomó por la ventana y vio un atardecer de tonos rosas, naranjas y rojos. Lo que antes era un regalo para la vista ahora le provocó un llanto desconsolado y un recuerdo doloroso.
Apartó la mirada y encendió la radio, era una noticia que hablaba sobre la flotilla que avanza hacia Palestina. Sonrió, pues en ese momento pensó que aún había gente que se organizaba para romper bloqueos, para abrir caminos de solidaridad y esperanza. «La red humana puede más que los muros», pensó.
Y, sin embargo, junto a la sonrisa, la rabia se le agolpaba en el pecho. El genocidio seguía avanzando, movido por intereses económicos y capitalistas. Sentía que la humanidad se había perdido para siempre.
Pensó en el humo, en la ceniza, en los paisajes arrasados. ¿Será igual allí? ¿Un cielo naranja sepia? ¿El aire convertido en apocalipsis?
Días y días sin una carcajada cercana. Y es que, «cuando la risa se paraliza, ¿a dónde vamos y qué nos queda?», se dijo.
De pronto, la mente se le llenó de recuerdos e imágenes: crujidos, crepitaciones, árboles cayendo, gritos lejanos, humo, más humo..., llanto (para limpiar los ojos de la pena y las cenizas). Días y días sin una carcajada cercana. Y es que, «cuando la risa se paraliza, ¿a dónde vamos y qué nos queda?», se dijo a sí misma.
Todos esos recuerdos estaban ahogándola y robándole el aire que había en su cocina-salón. Sintió la necesidad de salir a dar una vuelta y respirar el aire fresco. Con la chaqueta en la mano por si refrescaba salió en zapatillas de andar por casa y empezó a pasear por su pueblo.
En la calle, tres vecinas miraban hacia la montaña mientras conversaban, reflexivas.
—Mira ese cortafuegos —dijo uno—. Está difuso, abandonado, lleno de maleza.
—Como si aquí no pudiera pasar nada —añadió otra.
Conversaban sobre los incendios acontecidos en León, Extremadura, Ourense, Picos de Europa..., aquellos lugares a los que la desgracia había visitado este verano.
En ese momento se percataron de que ella estaba a su lado y, con mucho amor y tacto, le preguntaron:
—¿Y tú? ¿Qué tal estás? ¿Cómo lo viviste?
—Hemos dejado que descansaras estos días, se te veía agotada cuando llegaste. Te hemos preparado un pisto buenísimo, tienes ahí un par de botes para que estos días no tengas que cocinar.
La muchacha tragó saliva. Sintió el escozor en el tobillo. Y habló.
—Muchas gracias por el pisto. Pues qué os digo... pf... Fue como estar en otro mundo, como entrar a una realidad paralela llena de fuego y desgracia. Respirar fuego. El humo denso lo cubría todo y todo el paisaje se teñía de un naranja sepia que jamás olvidaré. El sol en el cielo se podía mirar directamente, rojo como una bola de fuego, narraba lo que veía desde ahí arriba. La gente corría de sus casas con lo justo, los animales quedaban atrapados o morían en los caminos. Mucha rabia, desidia, cansancio, pena, lamento..., miedo.
El silencio se hizo espeso.
—Dicen que han ardido casi 380.000 hectáreas este verano —añadió—. No es solo el fuego, son las olas de calor, las sequías, el cambio climático. Todo se agrava. Y lo peor es que lo sabemos.
Otra voz se alzó, tímida y áspera:
—Si es que... es una lástima cómo se olvida el territorio y el cuidado de los montes. Aquí también pasa, ya no hay pastoreo, no te dejan limpiar, no te dejan hacer nada..., pues claro. Solo queda matorral seco y combustible para que una sola chispa prenda el monte entero. Y es que lo venimos diciendo quienes lo habitamos.
La muchacha asintió.
—Totalmente. Ecosistemas enteros desaparecen en horas; es una auténtica frustración. Y cada incendio deja unas heridas abiertas y un terreno reventado que tarda décadas en regenerarse, si es que lo hace.
Una tercera vecina levantó la voz:
—Y lo que andáis diciendo: que esto ya se sabe. Hace años que se están pidiendo más medios. Y no os escuchan. Os aplauden cuando el fuego arde, pero os dejan solos en invierno. Fíjate, aquí, aunque no haya ardido, se nota el abandono: los cortafuegos mal cuidados, la maleza subiendo por los caminos. El peligro ya está en casa.
—¿Y qué podemos hacer?
—No basta con llorar por las cenizas. Ni con esperar a que vengan a salvarnos. Somos red, aquí y allá. La misma red que nos sostiene en medio del fuego puede sostenernos en invierno. Podemos cuidarnos, organizarnos, exigir lo que es justo: cuidar cortafuegos, limpiar senderos, volver a meter ganado en los montes. Presionar a las instituciones para que hagan lo suyo.
—Y no olvidar en invierno lo que se sufre en verano —añadió otro.
La muchacha levantó la vista hacia la montaña. Se imaginó cómo sería el cielo en los lugares que ardieron: humo, fuego, naranja sepia. Pero, escuchando a sus vecinos organizarse, también recordó las manos tendidas, el agua compartida, el calor humano en medio del calor de las llamas.
Sonrió, cansada. La herida ardía en el tobillo, pero también algo más ardía en su pecho.
Y pensó: «Este no es un cuento para dormir; es un cuento para despertar».