Entrevista a Maite Aristegi, baserritarra y activista
Patricia Dopazo Gallego

Maite Aristegi
Maite es abogada, pero sobre todo es campesina y de genealogía campesina. Vivió los años más convulsos del conflicto vasco desde el interior del sindicato agrario EHNE de Gipuzkoa, primero como técnica y luego como secretaria general de la confederación EHNE, en un momento (1986-2002) en el que el modelo industrial arrasaba y las mujeres tenían muy poca visibilidad y voz en el sector. Conversamos sobre sus aprendizajes en esa época de dolor y rupturas.
«Sigo aquí, de donde nunca me he ido», afirma Maite, refiriéndose a su caserío en Bergara (Gipuzkoa). Sigue con la huerta, las ovejas y el agroturismo que lleva junto a su hermano y que añadieron a la vivienda familiar hace veinte años, aunque ya está pensando en un relevo que mantenga y cuide la tierra y la cultura que heredó de sus padres.
Profesora de euskera, abogada, técnica de EHNE, diputada de Amaiur en Madrid, madre, y seguro muchas otras cosas, Maite nunca ha dejado el caserío ni su actividad en él. Desde allí viajaba y allí regresaba, asumiendo responsabilidades y retos propios de una época y un territorio. Hoy, mucho más tranquila, aporta a «una sociedad más justa, que sea antirracista, anticapitalista y desde luego que valore el sector primario como un sector básico» desde la organización feminista de su pueblo, la asociación de desarrollo rural y Etxalde, el colectivo baserritarra por la soberanía alimentaria de Euskal Herria. Mira al futuro con la positividad que siempre le ha caracterizado, consciente de las dificultades, pero también de que «tenemos la fórmula, tenemos la receta perfecta».
¿Qué te sugiere el diálogo entre cultura campesina y cultura de paz? ¿A dónde te lleva?
Me parece un tema superinteresante y muy actual. Me lleva a la infancia, a mis padres, especialmente a mi madre y a la vida en este barrio rural. Hay una frase que ella decía: «Bakea ez da diruarekin ordaintzen» (‘la paz no se paga con dinero’).
Cuando hay un conflicto, buscar la paz es buscar dignidad para ambas partes, proteger los derechos de cada una y la justicia de base.
Nosotros íbamos a casi cincuenta casas repartiendo leche, verdura. No hacía falta un sello de calidad, había que cuidar a esas familias porque había un cariño, una relación. Mi madre me transmitió el amor a la tierra, a este oficio y a este modo de vida, pero sobre todo intentaba ponerse en la piel de los demás y buscar la paz. Porque, claro, en el campo los conflictos son diarios. Decía que para ella las vecinas, los vecinos, eran tanto o más importantes que la familia. Ahí hay un cruce de relaciones que ella vivía desde lo práctico, desde el convencimiento de lo importante que es convivir. Y para eso, muchas veces hay que ceder. Recuerdo cómo dirimía para que hubiera buena convivencia y dignidad en las pequeñas cosas del día a día. Porque cuando hay un conflicto, buscar la paz es buscar dignidad para ambas partes, proteger los derechos de cada una y la justicia de base. Lo mamé de ella y lo he tenido presente toda mi vida.
En la cultura campesina hay mucho de compartir, de intentar llevarse lo mejor posible. Esto está muy relacionado con el modo de ver femenino, aunque no me gusta generalizar, pero en lo que he vivido en mi infancia, en mi juventud, hay un sesgo de género muy importante. La cultura campesina no es flor de un día, es pensar en el futuro, es sostenibilidad, está ligada a un campo duradero, y eso va indisolublemente ligado a la búsqueda de paz.
¿Cuál es el impacto de la llegada del modelo agroindustrial a esta cultura de cercanía que cuida la tierra y la convivencia? ¿Cuánto de cultura de no violencia piensas que tiene el campesinado de forma innata?
La visión campesina es la de una agricultura cercana a la tierra, no como posesión ni acumulación, sino como medio de vida para subsistir quienes vivimos alrededor de ella. Ese es el modelo de agricultura que nuestras madres y abuelas, mantenían por instinto. La tierra hay que cuidarla porque si no la cuido va a sufrir, como un ser vivo, pero también por propio interés, porque si no la cuido bien no me va a dar lo que necesito. Y, así, el modelo productivo pequeño es lo que hace perdurar y mantener la vida.
Si tienes espacios tan grandes que no puedes cuidar bien, si pierdes autonomía y entras en deudas que te superan, ese modelo va a caer.
El modelo agroindustrial es al revés, es la acumulación, y luego ya todo lo que ha venido con el tema de la política agraria y las ayudas mal dirigidas, que han traído el caos, la desaparición y miseria para la mayoría en el campo. Y, si acumulas mucho, si tienes espacios tan grandes que no puedes cuidar bien, si pierdes autonomía y entras en deudas que te superan, ese modelo va a caer. Habría que invertir en maquinaria y en tecnología en función de lo que se puede mantener. Y ahí, tanto por lo que he visto en casa como en el sindicato, la visión de la mujer es mucho más práctica y prudente: «¿De dónde viene esto? ¿Lo podemos controlar o no?». No sé, una visión desde el cariño a la tierra y al futuro. Pero han cortado con todo eso. Es la violencia lo que subsiste en este modelo industrial de acaparación y de pisar al compañero, de pensar que cuantos menos seamos, mejor.
Hablas del papel de las mujeres baserritarras y su filosofía del cuidado, que visualizamos fácilmente en lo cotidiano. Si lo trasladamos al conflicto en Euskal Herria, ¿qué papel jugaron las mujeres baserritarras? ¿Intervino esa cultura del cuidado en el proceso de paz?
Las mujeres intervinieron de una manera bastante oculta, porque a pesar de la importancia de la mujer en el caserío vasco y en todo el sector, partimos de una situación de desigualdad inmensa, sobre todo de cara a lo público y a la hora de tomar decisiones importantes. En el conflicto vasco la mujer ha sufrido mucho en silencio. Ahora están saliendo a la luz documentos, experiencias, que hablan de esto. Un conflicto armado tiene una trastienda muy pesada.
En el conflicto vasco la mujer ha sufrido mucho en silencio.
El fin del conflicto armado ha sido unilateral, impulsado desde aquí, y eso exige una gran empatía, un planteamiento profundo de ponerse en el lugar del otro, de tratar de acabar con el sufrimiento de ambas partes y abrir otras vías para superar el conflicto. Y ahí hay un impulso muy importante de las mujeres en el día a día, en los barrios, en los pueblos. Y a nivel organizativo, también, en el sindicato costaba desbloquear e intentar ir hacia escenarios de paz, y ahí estaban también las mujeres baserritarras aportando.
¿Cómo se situó un sindicato agrario como EHNE en el conflicto vasco?
En EHNE veníamos de un momento de apertura, de relacionarnos más con organizaciones de consumidores, ecologistas, con otros sindicatos de trabajadores, y cada vez era más difícil no posicionarnos en la vida política. Hay que tener en cuenta que entonces el colectivo de presos políticos casi llegaba a las mil personas y eso, con la dispersión de presos, suponía muchísimas madres, hermanas, viajando cada semana a todos los puntos del estado. Era una carga muy importante para ellas. Había que responder. Dimos el paso de implicarnos porque, como organización agraria, era fundamental contar con la sociedad para lograr los objetivos de defensa del sector y de la soberanía alimentaria. Aquel escenario de tantos años de represión, por un lado, y de respuesta violenta por otro era insostenible y había que impulsar vías democráticas. El primer paso fue la participación, recuerdo, en una huelga de hambre por el respeto a los derechos civiles y democráticos de los presos. Fue importante nuestra voz porque, aunque ya cada vez había más mujeres en EHNE, todavía era muchísimo mayor el peso público de los hombres. Pienso que nosotras éramos feministas sin saberlo; no le poníamos el nombre.
La búsqueda de paz exige pasos arriesgados y hace falta tiempo para asimilarlos.
También fue importante la aprobación de un decálogo de lo que serían los puntos a defender por EHNE para impulsar con el resto de la sociedad el proceso de paz. Ahí perdí algunas amistades. Como independentista de izquierdas, y como secretaria general, me veían como una traidora. La búsqueda de paz exige pasos arriesgados y hace falta tiempo para asimilarlos. Después, todos se subieron a ese barco. De todas formas, se mezclaba también con los debates y conflictos sobre qué modelo productivo defender y en su momento esto supuso una fractura importante en EHNE y la confirmación de dos corrientes, una que sigue defendiendo ese modelo campesino, ligado a la tierra, y otro mucho más convencional e intensivo.
A veces en los conflictos, sobre todo en los largos, existe una polarización que paraliza. Por ejemplo, en condenar o no condenar la violencia armada. ¿Cómo se supera o esquiva esto para poder avanzar?
La polarización atravesaba el conflicto. Atravesaba nuestros cuerpos, nuestros trabajos, nuestra vida. A mi familia también le tocó verlo en su crudeza, al tener un hermano y un sobrino que estuvieron presos y fueron torturados. Vives eso en el día a día. Asesinatos, redadas, detenciones… ¿Condenas o no condenas? Represión-violencia, violencia-represión. ¿Qué es antes: el huevo o la gallina? Esa pregunta paraliza y no deja avanzar en lo fundamental: entrar a la raíz de las razones del conflicto y buscar respuestas, vías para que todas las violencias cesen.
Cuando hago memoria, veo que esta actitud es muy masculina. Mantenerse cada uno en su papel, en su sitio. Es lo que vemos ahora mismo en la política general, en el Estado. Las palabras, los insultos, las miradas. Ese enquistamiento es muy masculino. Y al pensar en las mujeres pienso más en el dolor. Veníamos de muchos años de cultura masculina y yo creo que en ese sentido se ha avanzado mucho y se sigue avanzando. La crudeza del conflicto armado cesó, pero el conflicto aún está ahí: aún estamos dando respuesta a sus consecuencias. Está el tema del relato y las aspiraciones de libertad de este pueblo. Aún queda mucho por hacer.
Durante aquella época pudiste participar en las primeras reuniones de La Vía Campesina, además de visitar territorios en conflicto. ¿Cómo alimentó esto tus posicionamientos?
Todo eso te da una mochila con la que tienes que hacer algo. Las relaciones que tenía el sindicato con la Coordination Paysanne Européenne y con La Vía Campesina te abren la perspectiva.
Recuerdo un viaje que hicimos a Alemania, al poco tiempo de entrar en el sindicato. Allí estaban de vuelta de esa política industrial que se intentaba imponer aquí y aquello me reafirmó totalmente en que la solución era el lugar de donde yo venía, el caserío. Y luego, por supuesto, fue muy importante conocer de primera mano el proceso de paz de Irlanda, estar en El Salvador, en Venezuela, en Colombia… Conocer la realidad del campesinado y de las mujeres allá y convencerte aún más de que hay que darle la vuelta al modelo.
Fue muy importante conocer de primera mano el proceso de paz de Irlanda, estar en El Salvador, en Venezuela, en Colombia....
¿Y cómo sitúas a La Vía Campesina en este momento de incertidumbre, de aumento de conflictos y de odio?
La Vía Campesina es la respuesta al problema que tenemos. La respuesta al odio al diferente, al miedo a que me quiten «lo mío», al cambio climático, a cómo tenemos la tierra y a que las personas no pueden vivir en ella por estas prácticas de explotación. Con todo eso no puedes mirar para otro lado.
Creo que la Vía Campesina es una píldora que concentra todo lo que necesitamos y ya estamos tardando en llevarlo a la práctica. El problema es cómo lo hacemos. Pero nos une lo básico, nos une la tierra y el querer vivir en paz, y eso debería ser lo que aportemos al mundo. Trabajar desde lo pequeño, desde lo local, que es lo que yo vivo ahora en mi día a día, pero con esa visión de trasladarlo a nivel mundial.
Y al final es volver a lo que decía mi madre, que con tierra y con recursos todos podemos vivir. Yo es que pienso en aquellas mujeres, mi madre, mis tías…, su manera de cuidar todo. Este ha sido el bagaje más importante para mí. Su vida era el campo. La pena es que tenían que trabajar como mulas y tenían poquísimo espacio y poquísimo tiempo para la diversión. Pero el amor era la base de sus vidas y lo que podría cambiar este mundo.