Carmen Francisca Aliaga Monrroy

Maíz tierno o elote, palabra que proviene del náhuatl. Foto: Eduardo Villalpando. Observatorio Ukamau Territorio y Dignidad
Abordar el tema de la paz en un momento crítico como el actual, después de haber sido testigos del genocidio, nos presenta un desafío significativo. Es quizá uno de los momentos más pertinentes para repensar lo multifacético de la paz con justicia social, económica, ambiental y climática. En ese sentido, me gustaría proponer algunas reflexiones para pincelar las causas históricas de la violencia descarnada y global que en este momento está haciendo temblar nuestra casa común y, después, discutir algunos otros pensamientos relacionados con los modos de vida que despliegan culturas diversas de paz en la tierra.
No es la primera vez en la historia de la humanidad que la guerra como espectro totalizante amenaza la vida en todas las formas posibles. Tampoco es la primera vez que la indignación popular se moviliza desde la solidaridad y se enfrenta a la violencia global en su faceta más cruel y descarnada. Quizá un aspecto nuevo de este momento de la historia no sea solamente el adjetivo genocida que acompaña la guerra, sino también el inevitable colapso ecológico al que nos ha llevado este orden político económico mundial llamado capitalista.
Incluso las inmensas eólicas, que centellean como espejismos de modernidad, interrumpen el sueño de la milpa, el ganado y los pueblos.
Es indiscutible que los caminos que nos han traído a esta fase de destrucción amplificada tienen responsables identificables. En un ejercicio de justicia epistémica, es importante nombrar las diferentes formas de eliminación sistemática que el orden hegemónico ha podido perfeccionar con el paso del tiempo; el uso de misiles, la industria de la guerra y la destrucción masiva son tan solo una parte. Del otro lado de la verdad, están sembradas en el sur global las sofocadas zonas de sacrificio sobre las cuales se han erigido múltiples formas de industrialización, devastación territorial y ganancias millonarias para una minoría. Ríos que agonizan, infancias con plomo en la sangre y que orinan glifosato, aire que asfixia, pueblos enteros marcados por enfermedades terminales, muertos arrastrados por rebalses mineros o petroleros. Incluso las inmensas eólicas, que centellean como espejismos de modernidad, interrumpen el sueño de la milpa, el ganado y los pueblos. Todas estas son formas de exterminio de una misma guerra: la guerra contra la tierra, que es la guerra contra la vida.
La milpa le enseñó a la humanidad a ser comunidad
Existe un principio central en los modos de vida campesinos; esta certeza está relacionada con la relevancia de la diversidad. Cualquier práctica de trabajo en la tierra requiere de un complejo sistema en el que seres vivos de distintas especies se relacionan para articular una compleja comunidad biológica. Por eso la chacra andina, o la milpa mesoamericana si se quiere ver como un paisaje multidimensional, abarca formas, colores y relaciones múltiples. El maíz necesita del frijol, como de la calabaza; más abajo, los microorganismos se mueven velozmente para la generación de formas diferentes de energía que se componen y descomponen una y otra vez. Esta es la fuente de la vida, es el perfeccionamiento milenario que la humanidad humildemente ha tenido que entender para reproducirse como especie.
La agricultura industrial, en el otro lado de la historia, es una oda a la guerra contra la vida en general y la biodiversidad en particular. Sus principales herramientas hacen honor a su lógica biocida: insecticida, fungicida, herbicida. La tecnología Terminator (tecnologías de restricción del uso genético) es otro caso ilustrativo en el orden de los transgénicos que alude a la destrucción como fin; en su origen carga la penitencia. Las principales compañías productoras de agroquímicos (Bayer, DuPont, Monsanto, Syngenta, entre otras) nacieron produciendo armas químicas para la guerra.
El hambre a la vez es un instrumento de dominación, como lo atestigua el actual genocidio en Gaza. Pero no solo eso, a nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2024 alrededor de 673 millones de personas padecieron hambre.[1] Paradójicamente, la misma organización estima que «la obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas a nivel mundial, con al menos 2,8 millones de personas que mueren cada año como resultado del sobrepeso o la obesidad».[2] Nos encontramos frente a un sistema alimentario mundial que se lucra con la muerte y la salud. Utiliza el hambre como arma de guerra y la obesidad como medio de control social y mercantilización de los alimentos.
La lógica capitalista en la que se inserta el desarrollo urbano e industrial reside en simplificar, homogeneizar y cuadricular los paisajes, la economía, la biodiversidad, la cultura, la alimentación y los procesos productivos. No es una casualidad que la guerra siempre esté acompañada de «orden» y disciplinamiento, censura de cualquier tipo de disidencia y de diversidad; los soldados, como los campos de la agroindustria, renuncian a la vida para convertirse en mercancías. Al contrario, en los ecosistemas la diversidad desempeña un rol fundamental para la proliferación y manutención de la vida. El apoyo mutuo es una constante biológica; el flujo de materia y energía en complejas redes alimentarias sostiene el equilibrio ecológico o la homeostasis ecosistémica. La diversidad a su vez genera estabilidad y capacidad de resistir alteraciones, fortalece entonces la capacidad de resistencia en los ciclos vitales. Algo similar sucede con la agricultura campesina que establece sistemas complejos, cultural y ecológicamente integrados: agroecosistemas.
De una misma milpa o chacra brotan
La diversidad es la maestra de la estabilidad —entendida como las condiciones necesarias para reproducir la vida, es decir, la paz— y enseña a sostener la materialidad, la cultura y la vida comunitaria. Mientras los monocultivos industriales reducen todo a una sola mercancía y tratan de «ordenar» y disciplinar el campo, los policultivos campesinos regalan colores, formas, abundancia y equilibrio. Así se asegura no solo la subsistencia, sino también la revitalización de tradiciones, ritos y goce que dan sentido a la vida comunitaria.
Además de proveer alimentos variados y complementarios, los policultivos ofrecen fibras como el algodón, el ixtle, el henequén de distintos agaves; plantas medicinales y rituales que forman parte de la herbolaria tradicional; forrajes obtenidos de hojas, tallos y rastrojos para la crianza de animales; leña y materiales de construcción como ramas, varas y cañas; semillas que funcionan como reservas genéticas para la siembra, el intercambio que enriquece y el mejoramiento; así como bebidas de profundo significado social y ceremonial, entre ellas el pulque, el aguamiel, el mezcal o la chicha andina, entre otros tantos. Si un cultivo llega a perderse por sequía, plaga u otra adversidad, la diversidad del policultivo actúa como un resguardo: otros productos compensan la falta y aseguran la continuidad de la subsistencia. En contraste, en el monocultivo, la pérdida de la única especie cultivada significa el colapso total de la producción.
La defensa radical de la diversidad es nuestra principal bandera de paz porque solo en diversidad se puede construir comunidad.
Si partimos del principio de ecodependencia e interdependencia como condiciones esenciales, la diversidad es fundamental para comprender la comunidad humana y extrahumana. Por esta razón, los mexicas dicen que la milpa fue quien enseñó a la humanidad a ser comunidad, a reconocer la vulnerabilidad y que los seres dependemos en extremo unos de otros y, por lo tanto, nos necesitamos. Así pues, la defensa radical de la diversidad es nuestra principal bandera de paz porque solo en diversidad se puede construir comunidad. Es lo que defendemos de la devastación, lo único que vamos a heredar a las siguientes generaciones: lazos de solidaridad, cooperación y reciprocidad.
Criar la vida, criar la esperanza, criar la paz
Para finalizar este texto, quiero recordar las sabias palabras de un líder mapuche de la Argentina andina que alertaba acerca de los recortes históricos que solemos hacer. Decía: «No se olviden de que los pueblos de este lado del mundo resistimos a la eliminación sistemática de nuestros modos de vida y la matanza generalizada por más de 500 años de colonización y aún estamos vivos, luchando y celebrando».
Quizá comprender en su amplitud los ciclos largos de la tierra y de la historia humana nos ayude a reconocer las formas variadas de reexistencia que ahora mismo se sostienen. Dicen las y los sabios de los pueblos de donde provengo, que todo lo que existe ha sido criado: las semillas fueron criadas para convertirse en alimento, las siguientes generaciones deben ser criadas, el agua se cría, las plantas se crían, los animales se crían, las y los guardianes ancestrales se crían; al mismo tiempo, todos estos seres tendrán que criar a otros; existe, pues, un principio ontológico de crianza mutua, uywañakuy,[3] para reproducir los ciclos de la vida. Desde miles o quizá millones de trincheras, hoy se está disputando un pacto de paz con la tierra,[4] un pacto necesario, urgente y lleno de modos de vida diversos, unos milenarios y otros que se reinventan. Desde estas trincheras estamos aprendiendo a criar también la paz, criamos la paz con arrullos y cantos, con cuidados y amor, con tenacidad, con luchas, con paros y movilizaciones, pero al mismo tiempo con esperanza radical.
Carmen Francisca Aliaga Monrroy
Ecofeminista, investigadora y educadora popular boliviana. Integrante del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur
[1] UNICEF (2025) El hambre disminuye en el mundo pero aumenta en África y Asia occidental: https://www.unicef.es/noticia/el-hambre-disminuye-en-el-mundo-pero-aumenta-en-africa-y-asia-occidental
[2] Organización Mundial de la Salud (2021) Obesidad: https://www.who.int/news-room/facts-in-pictures/detail/6-facts-on-obesity
[3] Puede traducirse como ‘crianza mutua’ en idioma quechua y aymara en los Andes.
[4] Inspirado en la Declaración de Bogotá del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. https://pactoecosocialdelsur.com/declaracion-de-bogota/
Este artículo cuenta con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo