#Verano2060

Antonia Quijana

 
LaMancha ElviraUzabal 01

 

LaMancha ElviraUzabal 02

Imágenes de diferentes zonas de Castilla-La Mancha a principios del siglo xxi, sin árboles. Foto: ELvira S. Uzábal

 

De cómo la lectura de las añejas aventuras de un caballero andante provocaron en su territorio una hermosa repoblación humana y arbórea.


El Quijote es un libro verde, lleno de árboles e incluso bosques. Cuando caballero y escudero van a visitar a Dulcinea, don Quijote se embosca en la «floresta, encinar o selva junto al gran Toboso» mientras Sancho Panza lleva recado a su amada. Y, de regreso a la aldea, con el caballero derrotado tras su viaje a Barcelona, Sancho Panza simula los últimos azotes, para el desencanto de Dulcinea, dando correazos sobre los gruesos troncos de unas hayas que allí estaban.

¿Hayas en La Mancha? ¿Junto a la aldea del encantado hidalgo? Algunos expertos en botánica sugieren que Cervantes se equivocaba, que en aquellas latitudes tan meridionales, ni entonces ni ahora, podía haber hayas. Pero ¿importa acaso que lo fuesen realmente? ¿No sería lo mismo si hubiesen sido álamos, robles o abedules? Lo significativo del caso es que La Mancha de nuestros dos héroes inmortales no solo estaba cuajada de molinos, ventas o encrucijadas, sino también de árboles, infinidad de árboles. En el Quijote hay álamos, robles, castaños, algarrobos, acebos y sobre todo encinas, muchas encinas, que daban sombra y fruto y largas varas con las que el caballero reparó su quebrada lanza tras arremeter contra los molinos. Nuestro caballero, él mismo, tenía algo de noble, vieja e invencible encina…

Ni el Quijote ni su comentario botánico eran, por supuesto, un tema para mí en aquel lejano 2022 de mis quince años. Y, desde luego, jamás lo hubiese sido sin aquella pregunta que nos planteó un profesor en la clase de Biología: ¿por qué no hay árboles en nuestros pueblos de La Mancha? Como en el aula no hallamos una respuesta satisfactoria, el profesor nos pidió que nos la llevásemos a casa para planteársela a los mayores. Y yo así lo hice. Primero a mi abuelo, que me pareció la persona más apropiada para aquella pregunta tan campestre. Mi abuelo era agricultor y, para mi sorpresa, se tomó la cuestión como una especie de reproche. Me miró con saña, casi con odio, y, chascando la lengua, me espetó: «No los hay porque nunca los hubo y tierra es tierra». Con lo que se quedó tan fresco, y yo pensando que sobre el asunto no quedaba todo dicho.

En el seno de mi familia, el desarbolamiento manchego resultó tener razones muy variadas y peregrinas. Mi mamá, tan cuidadosa como siempre, no quiso meterse en charcos y dijo que era por la sequía. Mi papá, asimismo agricultor, me lanzó una distante mirada de incomprensión y me dijo que me equivocaba, que en La Mancha había viñas y más recientemente olivares, y que ambos entraban en el número de los árboles. Y unas calles más allá, mi tío Manuel, hermano de mi madre, me dio una razón aún más excéntrica. Mi tío, inveterado cazador, era un hombre con mucha trastienda y nunca se sabía si hablaba en serio o de broma. La culpa, dijo él, es del conejo. Los conejos de La Mancha son copiosos y voraces y se comen todos los árboles desde la raíz antes de que puedan medrar. Solo mi abuela, con su sabiduría antigua de mujer de pueblo, me ofreció una explicación que, aunque llamativa, me pareció contener algunos visos de verdad.

–¡El garbanzo! ¡El maldito garbanzo español! —se lamentó mi abuela—. En otro tiempo sirvió para mantener a la mujer atada al puchero y consumió toda la madera y carbón vegetal que podía dar la tierra.

Una veintena de argumentos como aquellos, plausibles algunos, irrisorios otros y parciales todos, quedaron reunidos al día siguiente en nuestra clase de Biología. ¿Podía tener el garbanzo culpa del paisaje estepario de La Mancha? ¿Y la voracidad y buen instinto reproductor de unos conejos? El profesor de Biología, que debía de ser un buenazo y que al año siguiente abandonó para siempre el pueblo llevado de su interinidad, se rio mucho con tanto estrambote, pero también nos dijo que, en realidad, todos eran en alguna medida ciertos y que juntos formaban una verdad con muchas caras: aquella de la deforestación y degradación de las tierras de Castilla y el sur de España. Luego nos leyó algunos fragmentos del Quijote y nos mostró que, al lado de nuestros pueblos, hace tan solo cuatro siglos, aún había bosques y dehesas no lejos de nuestras casas. Las de don Quijote y Sancho Panza. Los árboles perdidos de la Mancha.

Fue aquel mismo día cuando tomé la decisión de plantar árboles. No uno, sino miles a ser posible. Y por supuesto aquí, en la vieja y maltratada Castilla, aquella del campesino que, según Machado, «incendia los pinares», extirpa “los negros encinares” y tala los “robustos robledos de la sierra”. El primer arbolito que planté me lo dio una vecina mía en una maceta. Lo hizo con mucho encomio, porque según ella se trataba de un pino de Sierra Morena. A mí me pareció un milagro y en sus apenas quince centímetros vi el inicio del verdor recobrado de La Mancha. Aquel pino crecería y daría semilla para muchos otros y, en apenas unas décadas, tendríamos un fragante pueblo con olor a pinar. Lo planté en tierras de la familia, en una linde pedregosa donde me pareció que estaría a salvo del arado familiar. A aquel árbol lo cuidé mucho durante casi dos meses, regándolo con una garrafa de plástico que transportaba en la cesta de mi bicicleta. Fue en vano. En algún momento, a mi padre o a mi abuelo debió de parecerles una presencia amenazadora, como el primer invasor de un ejército, e hicieron pasar su arado por donde llevaba años sin hacerlo.

Pero no desistí. Un día se me ocurrió pedir por internet una veintena de esquejes de encina, todos tan diminutos como la palma de mi mano. Pensé durante algunos días dónde plantarlos y, finalmente, lo hice en el escarpado e inculto desmonte de un cerro poco distante, uno de esos retales incultivables que sirven de refugio a las hierbas y los animales silvestres. Varias veces a la semana, emprendía con mi bicicleta excursiones de riego, pero pronto comprendí que, en efecto, el árbol tenía en tierras manchegas enemigos muy poderosos, inclementes como aquellos sabios encantadores que mudaban las cosas de don Quijote trocándoles las apariencias. Los conejos, como había predicho mi tío Manuel, mordisquearon algunos de los tiernos brotes, pero no fue otro sino el propietario del erial quien arrancó uno a uno los vástagos por mí plantados. Lo hizo antes de presentarse en casa y amenazar a mi padre y a mi abuelo como a quienes han querido mover una linde:

–¡La última vez que esa chiquilla pone los pies en mi tierra! ¿Entendido? Si ustedes no le paran los pies, tendré que hacerlo yo.

 
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Imágenes de diferentes zonas de Castilla-La Mancha a principios del siglo xxi, sin árboles. Foto: ELvira S. Uzábal

 

Ambos, padre y abuelo, me echaron un buen réspice aquella tarde, como si, en vez de reverdecer un inculto desmonte, hubiese tratado de incendiarlo. Durante algunos años ya no volví a plantar ningún árbol, pero en mi interior nunca me di por vencida. Estudié Ingeniería agrícola y forestal y, entre clase y clase, leí el Quijote para viajar por La Mancha y soñar con sus árboles. ¿No eran altos y frondosos castaños los que había junto a los batanes? ¿No eran de oscuro tejo las coronas de los pastores que lloraban al malogrado Grisóstomo? ¿Y qué fue de la mucha maleza, cambroneras, cabrahígos y zarzas, que tapaba la cueva de Montesinos? Verdes, amenos y deliciosos prados de hierba, aquellos que se perdieron y en los que solían descansar caballero y escudero…

Lo que vino en los años siguientes ya es conocido por todos, porque forma parte de eso que suele llamarse —con mayúscula— Historia. La gran crisis energética del 2028. La súbita extinción de insectos del 2032, con todas sus terribles consecuencias, entre ellas la guerra del trigo del 34 con su consumación nuclear y la posterior renaturalización de las sociedades comenzada a partir del 2039… Para entonces, yo ya había vuelto al pueblo, para hacerme cargo de las tierras familiares que ya no eran trabajadas por mi abuelo y mi padre, fallecidos ambos en pocos años. Y lo hice, por supuesto, a mi quijotesca manera, haciendo lo que no me habían dejado hacer cuando aún era casi una niña. Eran en total nueve hectáreas y dediqué cinco al cultivo del cereal y las cuatro restantes a un arbolado mixto de encinas, robles, castaños, nogales y alguna otra haya, las mismas que los expertos en botánica ponían en cuestión.

Sacar aquellos árboles adelante fue ardua empresa, porque no es fácil devolver a la tierra lo que le fue arrancado hace cientos de años. Pero medraron y cobraron brío y envergadura, y aquellas tierras, en mitad del páramo abrasador, se convirtieron en una ínsula de verdor. Año a año, a medida que la arboleda cobraba altura, se iban produciendo los milagros: las hierbas silvestres largamente desaparecidas volvieron a las claras, tornaron los insectos sin que nadie los llamara, y con ellos los pájaros y otros muchos animales. ¿Hubiese gustado nuestro don Quijote de aquel bosquete para pasar la noche, cultivando memorias de su amada mientras que su sencillo escudero dormía a pierna suelta? Seguramente sí, pues eran otros muchos andantes los que buscaban la sombra de mis árboles, niños, enamorados, vagabundos de paso, ancianos anhelantes de frescor y sombra.

Al principio, como es natural, muchos me tomaron por loca, una insensata de vislumbres quijotescos, a quien le había dado por los árboles como a nuestro inmortal manchego por las armas y los caminos. Pero como yo había previsto en mis tiernos años, aquellos árboles trajeron otros. Al principio se debió a mis vecinos, que me pedían brotes de encinas para reverdecer huertos, baldíos, lindes incultas y otras tierras de no labranza. Luego, a partir del 39, ya se lo pueden imaginar, todo cambió mucho. La renaturalización de Europa tras una década de luchas y epílogos ecológicos devolvió a las comunidades el interés por el bosque, y la incipiente floresta de mis tierras se convirtió en un lugar de peregrinación para otras muchas personas que querían devolver el verdor perdido al yermo de sus ancestros.

Los desconocidos me buscaban y, como si hubiese más milagro que la tenacidad y la paciencia, me preguntaban cómo hacerlo. Y así fue, en resolución, cómo en los siguientes años me vi viajando por numerosos lugares de nuestra maltratada Castilla para atender a programas de reforestación. Eran viajes para examinar las tierras, elegir las especies idóneas, plantar en comunidad los árboles o custodiar los primeros retoños. También fueron viajes para luchar y poner cerco a los enemigos del bosque: aprendimos a frenar las plagas, a apagar un fuego con otro, a prevenir la erosión, pero sobre todo descubrimos cómo se podía convencer a los lugareños de que aquellos árboles eran algo justo, noble y necesario. En las pausas del trabajo, a veces leíamos el Quijote. Por ejemplo, aquel discurso de don Quijote sobre la Edad de Oro, en la que «a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto». Bonitas palabras fueron estas que don Quijote dirigió a unos cabreros, pues bien sabía el noble hidalgo que no siempre fue la tierra la misma y que el hombre le había restado mucho de la fecundidad y belleza de los orígenes. ¡Oh, y qué sabio debió ser este Alonso Quijano bajo el guerrero de la celada!

Pocos días antes de su muerte, mi madre, aquella mujer tímida que siempre observó con un punto de temor mi quijotesca cruzada por la arboleda, me preguntó:

—¿Cuántos árboles hay ya en La Mancha, hija mía?

Yo no sabía la cifra exacta. Me hubiese gustado llevar la cuenta de todos, pero me limité a dar la cifra oficial:

—Ya son unos cincuenta millones. Y en los próximos años se plantarán muchos más.

—Has obrado un milagro —dijo ella con su voz cansada—. Tu padre y tu abuelo estarían orgullosos si vieran estos bosques. Ellos amaban la tierra, aunque no siempre supieran cómo tratarla.

La Mancha de hoy, la del 2060, cada día se parece menos a la de hace treinta años. Esta es más verde, fresca y alegre que la que nos dejaron nuestros padres. Se parece más a la que vieron don Quijote y Sancho Panza, a quienes no les faltaría sombra y agua para descansar de los rigores del camino. Como el reto es de dimensiones quijotescas, las comunidades campesinas siguen trabajando para extender y acentuar su verdor. Y, entre tanto, los árboles ya dan semilla y fruto para otros muchos que serán plantados por la fértil mano del tiempo. ¡Larga vida a los árboles perdidos del Quijote!


Antonia Quijana

[Pablo Santiago Chiquero]

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