Marta SOLER MONTIEL

La crisis del coronavirus nos ha recordado que la agricultura es una actividad esencial y, a la vez, nos muestra las vulnerabilidades de nuestro abastecimiento alimentario en una economía globalizada atrofiada de tanto crecer. Para rearticular en lo local la economía y en especial la alimentación, necesitamos revisar nuestras creencias, valorar y visibilizar, para que florezcan, las alternativas agroalimentarias que están construyendo una economía arraigada en los territorios con justicia social y ambiental. ¿Cómo lo hacemos?

 
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Ilustraciones para el texto «¡Arriba las manos, esto es un mercado!», del Comando Forquilla Ganivet.

Crecer para morir: el círculo vicioso de las exportaciones agroalimentarias

En las últimas décadas, una parte del sector agroganadero local se ha modernizado y se ha insertado en las cadenas globales de valor con una creciente orientación agroexportadora. Esta dinámica, lejos de hacerle ganar valor añadido, lo ha sumido en una profunda crisis económica que se expresó en las manifestaciones del otoño de 2019. Invirtiendo en tecnologías que implicaban costes crecientes además de impactos ambientales, el sector agroganadero, incluida una parte importante de la agricultura familiar, no ha dejado de aumentar sus producciones y sus exportaciones. Sin embargo, Europa vive desde hace décadas un problema estructural de excedentes que empobrece y expulsa a quienes trabajan en el campo. Recordemos que los excedentes han costado mucho dinero a la Unión Europea en el pasado llegando a tener que financiar su destrucción o subvencionar sus exportaciones contribuyendo, paradójicamente, al hundimiento de los precios internacionales. Sin duda, también han contribuido a ello la liberalización de los precios agrarios que han impulsado los acuerdos internacionales de libre comercio y la adaptación a los mismos de las últimas reformas de la PAC.

 
   La defensa de la orientación exportadora de nuestra agricultura no es una solución, sino un círculo vicioso que nos debilita.   
 

Deberíamos empezar a comprender que la defensa de la orientación exportadora de nuestra agricultura no es una solución, sino un círculo vicioso que nos debilita: invertir en profundizar la mecanización y la digitalización agraria implica nuevos costes para aumentar aún más producciones que generan nuevas reducciones de precios pese a los intentos de diferenciación en calidad. Exportamos cada vez más e importamos también más alimentos, lo que nos hace crecientemente dependientes de los mercados internacionales. A la vez, se reducen en número las fincas y aumenta su tamaño, en una dinámica de crecer o morir que termina siendo de crecer para morir. Estos procesos generan fuertes impactos ambientales que están destruyendo nuestra capacidad futura de alimentarnos: creciente consumo de energía tanto en la producción como en el transporte de los alimentos; pérdida de fertilidad del suelo y de biodiversidad, como en el caso de los monocultivos del olivar andaluz; contaminación y agotamiento de los acuíferos, como en los invernaderos de hortalizas en Almería o de la fresa en Huelva; ganadería intensiva con fuerte contribución al cambio climático que desestabiliza la economía de la ganadería extensiva y de las dehesas, por ejemplo, las macrogranjas porcinas, etc. A ello se unen la reducción del empleo y la degradación de las condiciones laborales en el campo, en especial para la mano de obra asalariada jornalera, mucha inmigrante pero también local.

¿Realmente debemos seguir promoviendo las exportaciones agroalimentarias para intentar compensar el déficit de la balanza de pagos y la factura energética? ¿No sería una solución más estratégica relocalizar y reterritorializar una parte creciente de nuestra producción alimentaria y también industrial, incluida la de material sanitario, y moderar así las vulnerabilidades socioeconómicas de una crisis como la actual? ¿No deberíamos, además, bajar el consumo de energía asociado al transporte a larga distancia de los alimentos y otros bienes necesarios para poder mitigar el cambio climático y la crisis energética? Ese es el debate hoy: es necesario y urgente que las prioridades cambien.

Rearticular en lo local los sistemas agroalimentarios: ¿cómo lo hacemos?

Disminuir el número de fincas y aumentar la escala y la intensificación, rebajando la mano de obra y dañando el medio ambiente nos hace vulnerables: ¿no tendría más sentido mantener e incluso aumentar el número de fincas, reduciendo la escala, defender el empleo agroganadero, eliminar excedentes y orientar las producciones prioritariamente a los mercados locales con criterios de calidad, sostenibilidad y justicia social?

Una parte del sector agroganadero europeo, hombres y muchas mujeres del campo, está desarrollando ya desde hace décadas nuevas estrategias de reducción de insumos, actualizando saberes tradicionales para el rediseño de los agroecosistemas con innovadores criterios agroecológicos. También están diversificando sus producciones con estrategias multifuncionales, defendiendo los mercados locales y abriendo canales de comercialización en alianza con nuevos agentes rurales y urbanos, representantes de una sociedad activa y comprometida. ¿Qué racionalidad económica necesitamos que guíe a los hombres y las mujeres del campo?: ¿maximizar beneficios y producciones, minimizar el empleo entendido como un coste o generar autonomía económica manejando la biodiversidad con conocimiento campesino y defender un modo de vida con una ética del cuidado? ¿Qué racionalidad económica necesitamos que guíe nuestros hábitos alimentarios?: ¿supermercados desconectados de los límites de la naturaleza o el cuidado y la justicia socioambiental? Todavía tenemos una agricultura familiar y cooperativa campesina que trabaja la tierra cuidándola como modo de vida, buscando la estabilidad y la autonomía, generando vínculos de vida cotidiana con las gentes de sus territorios a quienes alimentan desde la proximidad relacional y física. Este es el sector agroalimentario que necesitamos.

Esta propuesta de soberanía alimentaria no es ni autárquica ni excluyente. Es un cambio de modelo y de prioridades de forma que el comercio internacional sea subsidiario del abastecimiento alimentario y no al revés, primando la proximidad para reducir las vulnerabilidades y la volatilidad de los mercados globales. La crisis del coronavirus nos recuerda que es el momento de preguntarnos hacia dónde caminamos y qué futuro agroalimentario queremos.

Nuevas políticas públicas

Esta transición necesita de políticas públicas a su favor y en este caso debemos poner la atención en la PAC, especialmente ahora que las negociaciones sobre su reforma están abiertas. Toda política pública necesita un modelo de referencia para fijar objetivos y diseñar políticas coherentes y eficaces. La PAC lleva décadas defendiendo formalmente un modelo agrario europeo basado en la multifuncionalidad, la sostenibilidad y la agricultura familiar y cooperativa, pero destinando la mayor parte de las ayudas a explotaciones intensivas agroexportadoras integradas en cadenas globales agroalimentarias. Es el momento de una PAC coherente para la reconversión agroalimentaria que necesitamos.

El debate sobre la PAC no está solo en los instrumentos, ayudas de primer o segundo pilar, sino sobre todo en el para quién y para qué. Estas cuestiones están interrelacionadas porque la forma en que se cultiva, se crían animales y se elaboran alimentos no es solo una cuestión técnica sino también sociocultural, económica y política al mismo tiempo.

Es necesario revertir la actual distribución desigual de fondos agrarios según la cual el 80 % del dinero lo recibe el 20 % de los beneficiarios de mayores dimensiones. La PAC debe dejar de subvencionar, e incluso comenzar a penalizar, las grandes propiedades de tierras y los modelos intensivos agroexportadores que tienen que iniciar urgentemente su reconversión. Este proceso implicará la destrucción de empleo en las industrias de insumos agrícolas, que tendrán que redirigirse hacia otros sectores del sistema agroalimentario o hacia otro tipo de actividades en un proceso general de reconversión económica y productiva para la mitigación del cambio climático. En todo caso, será necesario que mucha más gente trabaje el campo en un proceso de reagrarización y reruralización de la vida. Para ello las condiciones materiales y simbólicas del trabajo en el campo tienen que cambiar.

La PAC debe concentrar sus fondos en la agricultura y la ganadería a pequeña escala donde predominan el autoempleo y las racionalidades económicas sociales y cooperativas. La profesión agroganadera tiene que dignificarse y las políticas públicas pueden contribuir a garantizar una renta agraria mínima para todo agricultor o agricultora que trabaje la tierra con criterios agroecológicos y genere empleo de calidad. De la misma forma, los derechos laborales y sociales de quienes trabajan en el campo, libres de discriminaciones raciales o de género, deben estar garantizados por el conjunto de la sociedad; la producción de alimentos ha de considerarse un servicio público esencial.

Las políticas públicas deben garantizar una renta agraria estable capaz de atraer a la juventud y en especial a las mujeres a formas agroecológicas de producir alimentos y a la dinamización de mercados locales. Recordemos que los procesos de despoblamiento rural están, en muchos lugares, asociados a la emigración de las mujeres como resultado de la falta de oportunidades para desarrollar un proyecto de vida autónomo en el medio rural. Para ello son necesarias políticas imaginativas y activas de acceso a la tierra para mujeres y jóvenes a través de bancos de tierra y políticas integrales de reforma agraria destinadas a dinamizar nuevos sistemas agroalimentarios locales. Para ello, las políticas públicas, más allá de la PAC, tendrán que financiar unos servicios públicos de asesoramiento agroecológico, con personal técnico formado para ello, articulados con una investigación participativa al servicio de quien trabaje la tierra, transforme alimentos y los comercialice en el ámbito local.

No se trata de subsidiar actividades económicas que no son viables. Por el contrario, se trata de impulsar un cambio en la forma de producir y comercializar alimentos hacia una nueva economía local próspera y estable. Se trata de favorecer una estabilidad que se asienta en una población local que come cotidianamente alimentos saludables de proximidad con precios asequibles y así garantiza unos ingresos estables para productores y productoras locales que practican una agroecología de bajos insumos y costes.

Necesitamos una nueva PAC para colocar la alimentación en el centro y rearticular las economías locales en torno a ella, ayudas para acompañar la reconversión no solo del modo de producir alimentos, sino también de su comercialización y consumo. La compra pública de alimentos locales en escuelas, hospitales, centros de mayores… junto a la dinamización de canales cortos de comercialización y mercados locales tienen que ser políticas públicas generalizadas en los territorios para esta transición en marcha.

 
   Necesitamos miradas nuevas que vean en lo rural el espacio que nos da la vida, territorios llenos de sabiduría, riqueza y belleza que hay que defender.   
 

La alimentación en el centro

Para colocar la alimentación en el centro y rearticular la economía de nuestros territorios hay que comenzar con un cambio cultural profundo. Necesitamos cuestionarnos los sesgos que se esconden detrás de nuestras miradas hacia lo agrario, lo rural y lo doméstico cuando los vemos como mundos a abandonar, atrasados, sin valor. Necesitamos cuestionar los relatos que nos impulsan a fortalecer unas dinámicas suicidas con mitos de riqueza, progreso, desarrollo, eficiencia, productividad, competitividad y crecimiento, que en realidad implican daño para las personas y para la naturaleza de la mano de pérdidas de empleo, aumento de las desigualdades sociales, empobrecimiento para la mayoría, en especial para quienes trabajan la tierra, y destrucción de unos recursos naturales imprescindibles para la vida.

Necesitamos miradas nuevas que vean en lo rural el espacio que nos da la vida, territorios llenos de sabiduría, riqueza y belleza que hay que defender. Necesitamos ver y sentir el mundo agrario campesino y agroecológico con el reconocimiento y agradecimiento que merecen quienes nos alimentan sin destruir nuestras posibilidades futuras de vida. Necesitamos disfrutar todos, no solo las mujeres, de nuestras cocinas y nuestra comida diaria como parte del cuidado y del cariño compartido con nuestra gente querida. Los cambios que necesitamos solo podrán venir de la mano de una nueva forma de sentir y mirar el mundo agrario, rural y culinario. Nuestra capacidad actual y futura para alimentarnos es lo que está en juego. Es, sin duda, el momento de plantearnos el futuro hacia el que queremos caminar y comenzar a dar los pasos hacia él.

Marta Soler Montiel

Universidad de Sevilla

 



Este número cuenta con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo

fundacion rosa luxemburgo

 

 

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