Entrevista a José Esquinas Alcázar

Traducción del artículo de Berta Vidal y Bart Grugeon, publicado en La Directa (en catalán)

José Esquinas Alcázar es una eminencia internacional por su labor en la defensa de los más pobres, la justicia distributiva, el medio ambiente y la biodiversidad. Hijo de campesinos manchegos, trabajó durante más de 30 años para la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, donde ha sido secretario general de varias comisiones. Ha promovido y coordinado numerosos acuerdos, incluido el Tratado Internacional sobre Recursos Genéticos, un logro clave para proteger la biodiversidad. Esquinas defiende una agricultura que integre los conocimientos tradicionales con las posibilidades de las biotecnologías y se muestra muy crítico con el sistema de producción agroindustrial que hoy controla lo que el mundo come.

 

El objetivo principal de la FAO es erradicar el hambre. Has trabajado para esta organización durante 30 años, ocupando cargos de responsabilidad, pero, francamente, no se ha avanzado casi nada en resolver este problema.

Cada día mueren, como consecuencia del hambre, la desnutrición y la pobreza, cerca de 40.000 personas, una cada 2 segundos. Esta cifra, comparada con cualquiera de los grandes males de la humanidad es, sin duda, la mayor tragedia.

Si me preguntas por la FAO…, ¿es realmente tan ineficiente? Yo no lo creo en absoluto, aunque tenga sus defectos como cualquier burocracia. Se debe tener en cuenta que el presupuesto ordinario de la FAO para 10 años es lo que el mundo gasta en armamentos en un solo día. Claro, milagros no se pueden hacer. Esto dice mucho sobre la voluntad política de erradicar el hambre en el mundo.

 
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José Esquinas Alcázar. Fotos: Freddy Davies

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¿Realmente es posible erradicarla? ¿Por qué uno acaba pensando que es algo estructural e inevitable?

Claro que sí. Si hay voluntad política, se puede. Y el problema es más urgente que nunca. Si no somos capaces de combatir el hambre por razones de fraternidad, caridad o solidaridad, por lo menos habrá que hacerlo por egoísmo inteligente… El hambre, la seguridad mundial y la paz están unidas de manera total. En el siglo XXI, en un mundo globalizado e interdependiente, el hambre es enormemente peligrosa. Es una amenaza para la humanidad.

Hoy, nuestra interdependencia hace que lo que ocurre en África, o en Oriente Medio, nos afecte profundamente. Lo que consideramos en occidente los grandes males, la inmigración ilegal, los refugiados, la violencia internacional, o las epidemias que después se transforman en pandemias..., el caldo de cultivo en el que crece todo esto es el hambre y la pobreza. En el año 2008, el precio de los alimentos básicos (trigo, arroz, maíz) se duplicó y hasta se triplicó en 4 o 5 meses. Ese año hubo disturbios callejeros en más de 70 países y en muchos de ellos los gobiernos cayeron. Seguridad alimentaria y seguridad mundial van unidas más que nunca.

¿Por qué el hambre no se ha erradicado hasta ahora? ¿Qué se ha hecho mal?

Cuando buscas las raíces del problema, te topas con la mercantilización de los alimentos. El sistema de producción de alimentos está en una lógica que se basa en producir cada vez más para ganar más dinero, independientemente de que los alimentos lleguen o no a la boca de los consumidores. Hoy producimos el 60 por ciento más de lo que necesitamos y, sin embargo, más de 800 millones de personas pasan hambre. El objetivo no es alimentar a la humanidad, sino maximizar los beneficios. ¡Es un problema de valores!

De niño, cuando me caía un trozo de pan, mi madre me decía: «¡Cógelo, bésalo y cómetelo!». Había unos valores y una ética distintos a los de hoy. Hoy se pierden y desperdician más de 1300 millones de toneladas métricas de alimentos cada año, gran parte de los cuales terminan en la basura. ¡Un despilfarro enorme! Y encima, para producir estos alimentos que no comemos, se está utilizando 28 veces la superficie de España de tierra fértil; la cuarta parte del agua dulce del planeta; y 300 millones de barriles de petróleo. Desde un punto de vista de valores y ética, es absurdo. Desde un punto de vista exclusivamente mercantilista, puede resultar deseable, porque aumenta el PIB y hace crecer la economía. Cuando el objetivo es enriquecerse y no alimentar, tenemos un problema. En este punto estamos.

No obstante, a menudo nos explican que el sistema de producción agroindustrial es la única manera de alimentar a 7 billones de personas. ¿No?

Hay grandes multinacionales y poderosos países que dicen constantemente que es imprescindible producir más alimentos si queremos ser capaces de alimentar a la humanidad en los próximos 20 o 30 años, y que para eso es imprescindible un tipo u otro de tecnología…, pero está más que probado que este modelo agroindustrial, hoy en día, ¡ni siquiera es capaz de alimentar a 7 billones de personas! El 20 por ciento de la población pasa hambre, a pesar de que ya producimos lo suficiente para alimentar a 10 billones de personas, la población que se estima que va a haber dentro de 30 años.

¿Qué hay que cambiar pues?

No se trata de producir más, sino de producir localmente. También, es un grave error pensar que hay recetas únicas para todos los países. Las condiciones agroecológicas y el grado de desarrollo de los países son distintos, los regímenes políticos son distintos, las culturas y las tradiciones son distintas. Por eso, las soluciones son distintas para cada país, y no hay soluciones únicas. Y en esa diversidad no podemos imponer un solo sistema.

¿Apostar por una agricultura local y diversificada puede, pues, erradicar el hambre?

Una agricultura familiar con productos locales permite ser independiente de los mercados internacionales, y de las fluctuaciones de precios, que es lo que impide el acceso a los alimentos a países pobres. La producción local garantiza mantener la soberanía alimentaria: que cada país, región o provincia pueda producir en la medida de lo posible los alimentos que necesita para satisfacer sus necesidades, adaptados a las condiciones locales, y en pequeñas comunidades. Sin soberanía alimentaria no hay soberanía política, ni paz en el mundo.

Es la idea de la producción «glo-cal»: lo global es bueno siempre que sea subsidiario de lo local. Hagamos lo que se pueda a escala local. Si no se puede, pues a escala municipal, y entonces regional, estatal, o europea..., y finalmente a escala mundial. Sería un despilfarro de recursos hacer a escala global lo que se puede obtener en lo local. Pero en un país árido, estaría justificado comprar en el mercado internacional.

¿La agricultura local y familiar es más sostenible que la producción agroindustrial que tenemos actualmente?

La agricultura local, a diferencia de la producción agroindustrial, se basa en la adaptación de las variedades tradicionales de semillas adaptadas a cada región, y no depende tanto de intervenciones tecnológicas agresivas que destruyen los recursos naturales sobre las que se basa la propia producción. Yo soy doctor en genética y creo que la ciencia y las tecnologías son herramientas muy útiles, siempre y cuando respeten los equilibrios ecológicos. Hoy tenemos la capacidad de utilizar tecnologías que pueden causar cambios muy radicales en muy poco tiempo y con consecuencias impredecibles e irreversibles. La recuperación de sistemas biológicos es muy lenta y por eso tenemos que ir con mucho cuidado cuando utilizamos algunas tecnologías.

Defiendes, entonces, una agricultura local basada en la biodiversidad, que use especies tradicionales y en equilibrio con su ecosistema local..., pero ¿eso no supone volver al pasado?

¡No! Tenemos que conseguir la sinergia entre conocimientos tradicionales y nuevas tecnologías. Creo que la agricultura tiene que seguir las normativas de la agricultura ecológica y organizarse sobre una economía circular. Eso es clave en la biología pero también en la agricultura: hay que transformar residuos en recursos y así evitar la acumulación de residuos que tardan mucho en desintegrarse.

Me gusta lo que dice Carlo Petrini, el fundador del movimiento Slow Food, sobre la comida: tiene que ser limpia, buena y justa; «limpia» en su sentido ecológico, sin causar daños a largo plazo al medioambiente; «buena» desde el punto de vista organoléptico y nutritivo; y socialmente «justa». Yo añadiría a esto que tiene que ser local y estacional.

Pero la comida limpia, buena, justa y de proximidad es mucho más cara que la convencional. ¡No es accesible para todo el mundo!

En general, el alimento de la agroindustria es más barato que lo ecológico, pero si tienes en cuenta los daños medioambientales y de salud humana, es más barato el agroecológico. Un estudio reciente muestra que por cada euro que pagas en el supermercado por comprar este alimento agroindustrial más barato, la sociedad tiene que poner 2 euros más en paliar los daños medioambientales y a la salud humana. Entonces, ¿cuál es el precio real?

Debido a una mala nutrición, en la Unión Europea, más del 50 por ciento de la población sufre sobrepeso u obesidad. En el mundo, hoy el número de personas obesas y con sobrepeso duplica al número de hambrientos. Esto tiene un impacto directo sobre las cifras de enfermedades cardiovasculares, diabetes o cáncer, que se han disparado. La Unión Europea dedica 700 mil millones de euros en combatir este tipo de enfermedades; dinero que reciben en parte las grandes compañías farmacéuticas. Si este dinero se dedicase a combatir la causa del problema, mejorando la alimentación, sería completamente distinto. Pero las grandes compañías farmacéuticas y las grandes cadenas comercializadoras de alimentos, como McDonalds o Nestlé, que ofrecen productos con aditivos que te engordan, tienen lobbies poderosos en Bruselas que defienden sus intereses económicos.

O sea, nuestra democracia defiende muy bien los intereses mercantiles y muy poco el interés del planeta y la salud de sus habitantes.

Así es. Pero yo no estoy en contra de esas compañías per se, pero sí en contra de su tamaño. Hoy tres grandes compañías controlan el 70 % de las semillas comerciales en el mundo y el 68 % de los agroquímicos. Y la distribución de alimentos está en manos de 8 grandes multinacionales. ¡Esto me da mucho miedo! Si queremos tener realmente libertad de elección y un mercado donde poder elegir, no puede estar controlado por un pequeño grupo de grandes empresas.

¿Qué propones pues?

El precio de la comida tiene que converger con su valor real, incluyendo las externalidades, como son las consecuencias para el medio ambiente y la salud humana. Creo que la transparencia es el primer paso necesario en esta transición: hace falta mucha más información en las etiquetas de los productos. A medida que haya más información, será más fácil desenmascarar las contradicciones internas del sistema y combatirlas. Esto se puede exigir a escala local, como pasa por ejemplo en Lombardía. Allí la producción de quesos es muy importante, y en las etiquetas hay que poner, por ejemplo, dónde se han producido, de qué raza de vacas o cabras proviene la leche, qué tipo de pastos han comido, y qué tipo de bacterias se han utilizado para la fermentación. Es una manera de obligar a los productores de alimentos a mostrar sus cartas. Este sistema de trazabilidad se puede extender a otros sectores de la alimentación, y con las tecnologías modernas de datos es posible hacerlo, también con información sobre el transporte. Hay que poner, si hace falta, 8 hojas de información en una botellita de Actimel, como con las medicinas. Solo por la obligación de transparencia, el productor será más cauto.

¿Crees que muchos consumidores van a leer esta información?

Paralelamente hay que desarrollar un sistema de semáforos en los productos que nos informen de manera rápida sobre su impacto medioambiental, social y de salud. En el Reino Unido ya se introdujo algo parecido. No es un mecanismo perfecto, pero por lo menos permite dejarte guiar más allá del precio cuando compras alimentos. Así crece la conciencia pública y puede aumentar la presión política: tomates que han cruzado media Europa y que han emitido más CO2 que sus variantes locales, pueden ser tasados por kilómetros recorridos, y lo mismo para comida preparada con aditivos. También se podrían limitar los oligopolios y los monopolios: el legislador puede prohibir, por ejemplo, que el mismo productor tenga una cuota de mercado mayor al 10 por ciento.

¿Crees que estas propuestas son realistas?

Durante mi carrera en la FAO me he ido dando cuenta de que las soluciones no son solo técnicas sino también políticas. Cuando quieres cambiar el marco legislativo, chocas con un lobby poderoso y bien organizado. Esto tiene que ver también con las puertas giratorias entre la política y el mundo empresarial, porque a menudo son las mismas personas que cambian de un lado a otro. ¿Por qué crees que ha costado tanto prohibir la publicidad para el tabaco? Creo que la transparencia es una reclamación muy legítima que se puede exigir a escala local.

Por otra parte, tenemos que ser conscientes de que consumir es un acto político. Cuando consumo una cosa u otra distinta, estoy incentivando un tipo de producción agrícola u otro, un tipo de economía u otro... Es fundamental darse cuenta de que podemos utilizar nuestro poder a través del carro de la compra, transformándolo de forma pacífica en un carro de combate. Tengo confianza en que podemos poner en marcha esta transición. Miguel de Unamuno define la utopía como algo que deja de ser utopía cuando 5 personas creen que es posible, porque a partir de ese momento es una posibilidad. Si tenemos la valentía de soñar la utopía hoy, mañana será realidad.

 


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